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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 8
Los días posteriores al enfrentamiento en la frontera transcurrieron con una calma pacífica y extraña que Alondra jamás pensó encontrar en el territorio de los lobos. El crudo invierno de la montaña se había asentado por completo fuera de las murallas de la fortaleza, cubriendo los pinos con una gruesa capa de nieve blanca y congelando los senderos de piedra negra. Sin embargo, dentro del hogar de la Manada Roja, el fuego de las chimeneas nunca se apagaba y la calidez humana —o más bien, el ardiente espíritu de los cambiapieles— mantenía el ambiente sumamente acogedor.
Alondra ya no pasaba los días encerrada en sus aposentos privados. Guiada por una curiosidad innata y el deseo de no sentirse una carga inútil, comenzó a recorrer las diferentes áreas del asentamiento. Para su sorpresa, nadie la miraba con recelo. Las mujeres que trabajaban en los telares le sonreían al verla pasar, y los guerreros que entrenaban en el patio de armas detenían sus prácticas un momento para inclinar la cabeza con respeto ante ella. Todos la llamaban la "compañera del Alfa", un título que todavía hacía que sus mejillas se tiñeran de un tierno color carmesí cada vez que lo escuchaba.
Una mañana especialmente fría, Alondra decidió bajar a las cocinas principales para ofrecer su ayuda. En su antiguo hogar en Oakhaven, ella se encargaba de preparar el pan y las conservas para su padre, por lo que el oficio no le resultaba ajeno. Allí se encontró con Martha, la mujer de sonrisa canosa que la había atendido en su primer desayuno.
—Vaya, miren quién está aquí —dijo Martha con una voz alegre, limpiándose las manos en su delantal de lino—. La reina de la fortaleza ha bajado a los dominios del fuego. ¿Se le ofrece algo especial, mi señora?
—Por favor, Martha, dime solo Alondra —pidió la joven con timidez, acercándose a la gran mesa de madera donde descansaban enormes trozos de masa para pan—. No estoy acostumbrada a tantos lujos ni a que me sirvan. En mi pueblo yo trabajaba todos los días. Me gustaría ayudar con la comida, si no te importa.
Martha la miró fijamente por un segundo, detallando los hermosos ojos azules y el largo cabello dorado de la joven, y una expresión de profundo respeto y cariño se dibujó en su rostro arrugado.
—El Alfa ha elegido bien —susurró la anciana mujer lobo, extendiéndole un rodillo de madera y un cuenco con harina—. Una verdadera Luna no solo se sienta en el trono; se preocupa por el alimento de su gente. Ven, ayúdame con estas hogazas. El apetito de los guerreros en invierno es insaciable.
Durante horas, Alondra se sumergió en la faena, amasando, horneando y conversando con las demás mujeres de la manada. A través de sus relatos, aprendió que la vida de los lobos no se basaba en la violencia salvaje que los humanos del valle predicaban. Eran una gran familia que se protegía mutuamente de las inclemencias del tiempo y de los peligros del bosque profundo. El respeto que le tenían a Caleb no nacía del miedo a sus garras, sino de la admiración hacia un líder que siempre ponía la seguridad de su pueblo por encima de su propia vida.
Mientras colocaba la última bandeja de pan humeante sobre la mesa, una presencia magnética y sumamente conocida hizo que el vello de sus brazos se erizara. Alondra se giró instintivamente hacia la entrada de la cocina y sus ojos se encontraron de inmediato con la mirada dorada de Caleb.
El Alfa estaba apoyado contra el marco de la puerta de madera, observándola en silencio con una fijeza devoradora. Llevaba los brazos cruzados sobre su ancho pecho, y sus intrincados tatuajes tribales destacaban bajo las mangas cortas de su chaleco de cuero. Sus labios carnosos estaban curvados en una sonrisa de pura fascinación. Tenía un par de pequeñas manchas de harina en su mejilla bronceada, señal de que Alondra no era la única que había estado trabajando, pero aun así lucía imponente y peligrosamente apuesto.
—Veo que has encontrado la forma de ganarte el corazón de mi manada a través del estómago, mi pequeña luna —dijo Caleb, rompiendo el silencio con esa voz ronca y profunda que hizo que el pulso de Alondra se acelerara al instante.
Los cocineros y ayudantes comenzaron a retirarse del lugar con sonrisas cómplices, dejándolos completamente solos en el amplio espacio iluminado por el calor de los hornos de piedra. Caleb caminó hacia ella con pasos lentos y felinos, acortando la distancia hasta quedar a escasos centímetros. El aroma a tormenta, madera de pino y ozono que emanaba de su piel envolvió a la joven, nublando sus sentidos de una forma embriagadora.
—Solo quería ser útil, Caleb —respondió Alondra, sosteniéndole la mirada a pesar de que el calor de su cuerpo febril la hacía flaquear—. En mi mundo, nadie se queda de brazos cruzados esperando que le resuelvan la vida. Además, Martha me ha enseñado mucho sobre las tradiciones de tu gente hoy.
Caleb extendió su mano grande y callosa, levantándola con una delicadeza extrema para limpiar suavemente un rastro de harina que Alondra tenía justo en la punta de su nariz. El contacto de sus dedos ardientes hizo que una descarga eléctrica recorriera la columna vertebral de la joven, obligándola a soltar un leve suspiro entre sus labios entreabiertos.
—Tu mundo quedó atrás, Alondra —susurró el Alfa, inclinando su rostro esculpido hacia ella, permitiendo que su aliento cálido rozara sus mejillas—. Aquí no tienes que ganarte el derecho a pertenecer. Pero ver la dedicación con la que tratas a mi pueblo solo me demuestra lo que mi lobo ya sabía desde el primer segundo: naciste para ser la reina de esta fortaleza. Naciste para estar a mi lado.
Alondra sintió que los muros que protegían su corazón se agrietaban un poco más. La intensidad con la que Caleb la miraba, combinada con la devoción absoluta que le demostraba día tras día, la estaba arrastrando hacia un abismo de sensaciones completamente desconocidas y maravillosas. Ya no podía negar la atracción magnética que sentía por el imponente guerrero que tenía enfrente.
Caleb esbozó una sonrisa protectora, detallando la timidez y la aceptación en los ojos azules de su compañera. Con un movimiento suave, tomó su mano unida y depositó un tierno beso en el dorso de sus dedos, sellando una vez más esa promesa silenciosa de amor y resguardo que la mantendría unida a él por el resto de sus vidas.