La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
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Capítulo 8: El choque de copas y la provocación
El comedor de oficiales del ala norte era un lugar rústico, dominado por el olor a madera de pino quemada, guiso de ciervo y el fuerte tabaco que los soldados consumían para espantar el frío alpino. No era, ni de cerca, un espacio diseñado para una dama de la alta corte, y mucho menos para la hija del Duque. Pero Lucero no era una aristócrata común. Con la astucia afilada que había heredado de su madre Alissa, la joven de veinticuatro años se movía por los pasillos del castillo con la absoluta certeza de que aquel territorio también le pertenecía.
Lucero había pasado los últimos dos días observando el silencioso despliegue de su hermano Theo. Sabía perfectamente que el General de Hierro no ponía a sus rastreadores personales a seguir a cualquiera, y el evidente escrutinio sobre el nuevo capitán transferido de la capital no le había pasado desapercibido. Decidida a desentrañar el misterio por sí misma —y, de paso, a desquiciar un poco el rígido control de su hermano mayor—, Lucero se presentó en el comedor de oficiales escoltando personalmente a dos sirvientes que cargaban pesadas bandejas de plata con embutidos ahumados y jarras del mejor vino especiado de las bodegas privadas del Duque.
La excusa de "revisar las provisiones invernales del cuerpo de mando" fue suficiente para que los oficiales se pusieran de pie de inmediato, enderezando las espaldas y saludando con respeto a la joya del Norte. Todos excepto uno.
El nuevo capitán se encontraba sentado en una mesa rústica al fondo, cerca del calor de la chimenea, limpiando los herrajes de sus botas de montar. Al ver entrar a Lucero con su vestido de lana azul oscuro que contrastaba con las pieles blancas de su capa, el hombre dejó sus herramientas de lado. Se puso en pie con una parsimonia que rayaba en la insolencia hacia el protocolo militar, pero cuando sus ojos oscuros se cruzaron con los de ella, no hubo rastro de la tosquedad propia de los soldados de trinchera.
—Señorita Valerius —dijo el capitán, dando un paso al frente. Inclinó la cabeza con una angulación tan sutil, fluida y exacta que a Lucero le dio un vuelco la sospecha en el estómago. Un simple oficial del ejército regular saludaba con la mano en el pecho o una rigidez de cuartel; aquel hombre acababa de realizar un saludo de etiqueta cortesana que solo se enseñaba en los salones de la más alta aristocracia extranjera.
—Capitán —respondió Lucero, dedicándole una sonrisa felina mientras le hacía una seña a los sirvientes para que dejaran una de las jarras de vino sobre su mesa—. He oído que el entrenamiento bajo el mando de mi hermano ha sido... riguroso estos días. Pensé que los oficiales de la capital agradecerían un calor más refinado que el de la cerveza de cebada.
—Su consideración es tan generosa como oportuna —replicó él, tomando la jarra de plata y sirviendo el líquido oscuro en dos copas de metal con una soltura impecable. Le tendió una a ella, cuidando de que sus dedos enguantados apenas rozaran los de Lucero—. Aunque debo confesar que el frío del Norte se tolera mejor cuando uno descubre que sus castillos esconden tesoros más deslumbrantes que sus minas de oro.
Las palabras flotaron entre ambos, cargadas de una galantería noble y un magnetismo que no encajaba con el uniforme de lana tosca que el hombre vestía. Lucero dio un sorbo lento a su copa, entornando sus ojos oscuros sobre el borde del metal. Su mente, acostumbrada a las intrigas políticas que Alissa le había enseñado a desmenuzar desde niña, empezó a atar cabos a una velocidad vertiginosa. La forma en que sostenía la copa, el tono de voz modulado que no buscaba impresionar sino que asumía el mando por derecho propio, y esa falta absoluta de sumisión ante el apellido Valerius... Este hombre no era un simple capitán transferido por burocracia. Escondía algo enorme, una identidad o un propósito que justificaba que Theo tuviera los puños sangrando de la rabia.
—Es una analogía muy audaz para alguien que acaba de llegar a la frontera, capitán —provocó Lucero, dando un paso hacia la mesa, acortando la distancia física para medir su pulso—. En el Norte, los tesoros suelen estar custodiados por lobos que no dudan en destrozar a los visitantes que confunden la hospitalidad con la debilidad. ¿Está seguro de que sabe en qué terreno está pisando?
El capitán sostuvo la mirada desafiante de la joven, y una sonrisa ladina, cargada de una madurez y un misterio absoluto, se dibujó en sus labios.
—He pisado terrenos mucho más fangosos y peligrosos que este, señorita Lucero. Y por lo general, los lobos suelen reconocer cuándo se enfrentan a alguien que no teme a la oscuridad.
El intercambio de dobles sentidos y la innegable tensión romántica que se había instalado entre la mesa y la chimenea se rompió de la forma más violenta posible.
Las pesadas hojas dobles del comedor de oficiales se abrieron de par en par con un estruendo que hizo que las copas sobre las mesas vibraran. Theo Valerius entró al recinto como un torbellino de invierno. Todavía vestía su coraza de cuero de media tarde, y su rostro, endurecido por la furia, se transformó en una máscara gélida al ver a su hermana menor compartiendo una copa a solas con el hombre que consideraba su mayor amenaza.
Sin pronunciar una sola palabra de advertencia, Theo cruzó el comedor con zancadas pesadas que hicieron que los oficiales presentes se hicieran a un lado a toda prisa. En dos segundos, el Comandante se interpuso físicamente entre Lucero y el capitán, bloqueando por completo la línea de visión del intruso con su imponente y robusta espalda.
El movimiento de Theo fue tan territorial y brusco que su capa militar golpeó el borde de la mesa, y su mano derecha bajó de inmediato, envolviendo con una fuerza asesina la empuñadura de su espada de gala. El metal de la vaina emitió un chirrido sutil, una advertencia clara de que estaba a un milímetro de desenvainar el acero en mitad del comedor.
—Fuera de aquí, Lucero —siseó Theo, su voz grave bajando a un registro ronco y peligroso, sin girarse a mirarla, manteniendo los ojos gélidos clavados fijamente en el rostro del capitán.
—Theo, solo estaba... —intentó replicar Lucero, cruzando los brazos, molesta por la interrupción de su hermano.
—Dije que te vayas a tus aposentos. Ahora —la cortó el General de Hierro, el músculo de su mandíbula vibrando con una tensión destructiva.
Theo dio medio paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal del capitán, su cuerpo entero tenso como la cuerda de un arco lista para disparar. La mirada entre el Comandante y el recién llegado volvió a encender chispas de pura hostilidad en el comedor, mientras Lucero, dando un paso atrás con una sonrisa de absoluta satisfacción, se daba cuenta de que el juego de secretos en el Norte se estaba volviendo deliciosamente peligroso.