Sinopsis
Emilia Velázquez, una joven universitaria apasionada por las novelas románticas, descubre que le quedan pocos meses de vida y acepta la oferta de una misteriosa hechicera para reencarnar en el mundo de su novela favorita, ocupando el cuerpo de Ester, la villana destinada a la desgracia. Mientras lucha por adaptarse a un reino lleno de conspiraciones, magia, dragones ancestrales y peligros ocultos, intentará cambiar un destino que no le pertenece. Sin embargo, todo se complica cuando un extraño encuentro con el príncipe dragón Derek provoca un intercambio de cuerpos que amenaza con alterar el equilibrio de ambos mundos para siempre.
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Escritura Capítulo 8: La verdad que no podía contar
El silencio entre Eduardo y yo se volvió insoportable.
La luna iluminaba el balcón, pero sentía como si toda la oscuridad del mundo estuviera sobre nosotros.
Porque él había hecho la pregunta correcta.
La única pregunta que podía destruirlo todo.
—¿Qué recuerdas realmente, Ester?
Sus ojos verdes no se apartaban de los míos.
No había enojo en su voz.
Había curiosidad.
Y algo más.
Desconfianza.
Yo quería responder.
Quería decirle todo.
Quería gritar:
"¡No soy quien crees! Soy Emilia. Vengo de otro mundo. Leí tu historia. Sé lo que va a pasar".
Pero ¿qué ocurriría si lo decía?
¿Me creería?
¿O terminaría encerrada por pensar que estaba loca?
Bajé la mirada.
—Recuerdo cosas.
Eduardo esperó.
—Pero no todo.
Era la mentira más cercana a la verdad.
Su expresión no cambió.
—¿Por eso no recuerdas el bosque?
Asentí lentamente.
—Sí.
Él se quedó en silencio.
Como si estuviera intentando unir piezas.
—Ester...
Su voz fue más suave.
—Antes de desaparecer en el bosque, discutiste con alguien.
Mi corazón dio un golpe.
Eso no estaba en el libro.
—¿Con quién?
pregunté.
Eduardo apartó la mirada.
—Eso esperaba que me dijeras tú.
Me quedé inmóvil.
Entonces él tampoco lo sabía.
La historia estaba cambiando porque incluso los personajes desconocían la verdad.
—¿Qué pasó realmente?
pregunté.
Eduardo apretó la mandíbula.
Parecía debatirse entre responder o guardar silencio.
Finalmente habló:
—Te encontraron cerca del río.
Mis ojos se abrieron.
—¿El río?
Asintió.
—Estabas herida.
Sentí un escalofrío.
Porque en el libro decían que Ester había escapado después de intentar atacar a alguien.
Pero ahora...
Ella era la víctima.
—¿Quién te encontró?
Eduardo tardó en responder.
—Yo.
La sorpresa me dejó sin palabras.
—¿Tú?
Él asintió.
—Escuché un ruido en el bosque. Cuando llegué, estabas sola.
Hizo una pausa.
—Y sostenías el collar.
El mismo collar.
La pieza que había iniciado todo.
—¿Y por qué no dijiste eso antes?
Eduardo me miró.
Por primera vez parecía incómodo.
—Porque antes de perder el conocimiento dijiste algo.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué dije?
Sus ojos se clavaron en mí.
—Dijiste mi nombre.
El corazón comenzó a latirme más rápido.
—¿Y?
Eduardo apartó la mirada.
—Después dijiste...
El viento movió mi cabello.
—"No dejes que él me encuentre".
Mi piel se erizó.
—¿Él?
Repetí.
Eduardo asintió.
—Eso es lo que intento descubrir.
Nadie habló.
Porque ambos entendimos lo mismo.
Alguien había estado persiguiendo a Ester.
Y esa persona seguía cerca.
Muy cerca.
A la mañana siguiente desperté con una sensación extraña.
Por primera vez desde que llegué a este mundo...
Me sentí realmente Ester.
No porque olvidara a Emilia.
Sino porque comprendí algo.
Esta vida no era una historia escrita.
Era real.
Las personas de aquí sufrían.
Tenían miedo.
Amaban.
No eran personajes.
Eran personas.
Y si quería cambiar el destino de Ester...
Tenía que dejar de verla como una protagonista de un libro.
Era una chica que había sufrido.
Y ahora yo tenía la oportunidad de descubrir por qué.
Lina entró a la habitación.
Traía un vestido oscuro y elegante.
—Señorita, debe prepararse.
La miré confundida.
—¿Para qué?
Su expresión se volvió nerviosa.
—La reunión con los nobles.
Claro.
El juicio.
Aunque nadie lo llamara así.
Me levanté.
Mientras Lina me ayudaba a arreglarme, miré mi reflejo.
La chica del espejo parecía segura.
Pero por dentro seguía siendo Emilia.
Una chica que extrañaba a sus padres.
Una chica que había muerto.
O al menos...
Eso creía.
Porque una pequeña parte de mí seguía preguntándose:
¿Mis padres sabrían que ya no existía?
¿Habrían podido despedirse?
Una punzada de tristeza atravesó mi pecho.
Pero no podía detenerme.
Ahora tenía una nueva vida.
Una que debía proteger.
Cuando salí de la habitación, el pasillo estaba lleno de sirvientes que bajaban la mirada al verme.
No por respeto.
Por miedo.
Ester realmente había dejado una huella terrible.
Al llegar al salón principal, las enormes puertas se abrieron.
Y allí estaban.
Los nobles.
Los consejeros.
Mi padre.
Harold.
Al verlo sentí algo inesperado.
Mi corazón se aceleró.
No por miedo.
Por una sensación cálida.
Como si mi alma reconociera algo.
Él levantó la mirada al verme.
Y durante unos segundos no habló.
Después caminó hacia mí.
—Ester...
Su voz se quebró.
Y entonces hizo algo que nadie esperaba.
Me abrazó.
—Gracias a los dioses estás viva.
Me quedé inmóvil.
Porque en ese instante entendí algo.
Todos en este mundo podían pensar que Ester era una villana.
Pero había alguien que todavía creía en ella.
Su padre.
Y quizás...
esa era la primera persona que debía salvar.
Pero antes de poder responder...
Una voz fría rompió el momento.
—Qué conmovedor.
Todos se giraron.
Una joven estaba en la entrada.
Hermosa.
Elegante.
Con una sonrisa perfecta.
Pero sus ojos no tenían calidez.
La reconocí inmediatamente.
Mi sangre se congeló.
Porque ella era la persona que en el libro provocaba la destrucción de Ester.
La verdadera enemiga.
Y ahora estaba frente a mí.
—Así que la villana despertó.
Sonrió.
—Qué lástima.
Porque esta vez...
No pienso fallar.