romance, contrato, amor, diversión
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CAPÍTULO 6: El sindicato de la empanada
Alexander Zenith intentaba concentrarse en una videoconferencia con inversores de Dubai, pero había un sonido de fondo que no lo dejaba vivir. Era un ritmo metálico, como si alguien estuviera usando las ollas de la cocina industrial del piso 50 como instrumentos de percusión.
—Mr. Zenith? Is everything alright? —preguntó el inversor desde la pantalla, confundido por el eco de una bachata lejana que se filtraba por el micrófono.
—Yes, perfectly fine. Just some... structural adjustments —mintió Alexander, cerrando el puño bajo la mesa.
En cuanto terminó la llamada, Alexander salió de su oficina como un huracán. Cruzó el pasillo hacia el área de descanso y la cocina, esperando encontrar a Elena practicando con la cafetera bajo la supervisión de Liam. Lo que encontró fue algo muy distinto.
La impecable cocina de acero inoxidable, diseñada por arquitectos alemanes, parecía ahora una sucursal de un mercado popular. Había servilletas por todos lados, el olor a café de cápsula había sido reemplazado por el aroma intenso de café colado en tela, y lo peor: Elena estaba subida en una banqueta, dirigiendo a tres empleados de limpieza y a dos recepcionistas.
—¡Eso es, Roberto! Dale con ritmo, que si no la masa no crece —gritaba Elena, aplaudiendo—. Y tú, Mariela, no le tengas miedo al queso. ¡En esta empresa son todos muy tacaños con el relleno!
—¡Elena! —el grito de Alexander hizo que todos se pusieran firmes. Roberto, el encargado de mantenimiento, casi deja caer un rodillo improvisado hecho con una botella de vino premium.
Elena se giró, con una mancha de harina en la mejilla y una sonrisa que no mostraba ni un ápice de arrepentimiento.
—¡Epa, jefe! Llegó justo a tiempo. Estábamos haciendo un "ajuste de clima organizacional", como dicen en los libros esos que usted lee. Aquí la gente está muy estresada, todos con la cara larga. Les estoy enseñando que una empanada bien frita soluciona cualquier crisis financiera.
Alexander caminó hacia ella, ignorando las miradas aterrorizadas de sus empleados, que empezaron a escabullirse uno a uno.
—¿Un ajuste de qué? Elena, te dije que vinieras a aprender a usar la máquina de espresso, no a montar un restaurante clandestino en mi oficina. ¡Mira este desastre! Hay harina hasta en los sensores de humo.
—Ay, no exagere, "Don Amargado". La máquina esa hace un café que parece agua sucia con espuma. Yo traje mi colador de tela, el que nunca falla. Y mire —señaló a los empleados que huían—, por primera vez en el día, Mariela se rió. ¡La tenía usted trabajando como un robot!
Liam apareció por detrás, aguantándose la risa mientras sostenía una empanada a medio comer.
—Alex, tienes que probarlas. Tienen un ingrediente secreto que Elena llama "amor de vecindad", pero yo creo que es solo mucho ajo.
—¿Tú también, Liam? —Alexander miró a su socio con traición—. Se supone que debías vigilarla, no unirte a la insurgencia gastronómica.
—Es que es imposible decirle que no, jefe —dijo Elena, bajándose de la banqueta y acercándose a Alexander con un plato—. Mire, esta se la hice especialmente a usted. Sin mucho picante, para que no le salgan más arrugas de las que ya tiene por fruncir el ceño.
Alexander miró el plato. La empanada estaba perfectamente dorada, crujiente, y el olor era, admitiéndolo muy en su interior, glorioso. Pero su orgullo era más fuerte.
—No voy a comer eso. Elena, esto es una oficina de nivel mundial, no una feria de comida. Limpia todo esto ahora mismo. Y tú —señaló a Liam—, llévala a su puesto y asegúrate de que no tenga acceso a nada que pueda freírse o hervirse.
Elena suspiró, fingiendo tristeza.
—Está bien, está bien. Qué desperdicio de talento. Por cierto, jefe, mientras hacíamos la masa, Roberto me contó que el aire acondicionado del piso 48 hace un ruido raro. Dice que es el rodamiento. Como usted no habla con nadie, seguro no se había enterado.
Alexander se quedó callado. Era cierto, no tenía ni idea del problema en el piso 48.
—Yo me encargo de los mantenimientos técnicos, Elena. Tú encárgate de... de no quemar el edificio.
—Como diga, capitán —respondió ella, dándole un saludo militar burlón. Pero antes de irse, se acercó y le susurró—: Se le olvidó decir "gracias" por el café que le colé. Está en su escritorio. No es de cápsula de plástico, es de verdad.
Elena se alejó tarareando, dejando a Alexander con un nudo de irritación y una curiosidad que odiaba. Caminó de regreso a su oficina, entró y cerró la puerta. Allí, sobre un posavasos de mármol, había una taza de cerámica con café humeante.
Alexander miró a ambos lados, se aseguró de que nadie lo viera a través de los cristales y probó un sorbo. Sus ojos se abrieron de par en par. Era el mejor café que había probado en su vida. Tenía cuerpo, tenía alma y, sobre todo, no sabía a oficina.
—Maldita sea —susurró Alexander, tomando otro sorbo—. Ahora voy a tener que admitir que el colador de tela funciona.
Pero su momento de paz fue interrumpido por un mensaje en su teléfono. Era de Vanessa.
"Alexander, querido. Me enteré de que tu 'prometida' fue vista hoy entrando a tu edificio con una bolsa de papel grasienta y vestida como si fuera a limpiar el metro. ¿Seguro que es una Davenport o es que los estándares de Londres han caído por los suelos? Mañana iré a almorzar contigo. Quiero conocer mejor a esa... joya."
Alexander dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. La guerra no había terminado. Vanessa venía a inspeccionar el desastre, y Elena, con su harina en la cara y su bachata, era el blanco más fácil del mundo.