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Escuchar Al Corazón

Escuchar Al Corazón

Status: Terminada
Genre:Niñero / CEO / Padre soltero / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.

NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La mudanza

El fin de semana pasó volando. Tras despedirme de mi madre —quien lloró de emoción al ver el cheque y me hizo prometer que le mandaría fotos de cada rincón de la mansión—, empaqué lo más importante de mi vida en dos maletas grandes.

El lunes por la mañana, un auto enviado por Carlos me recogió en mi departamento. Al llegar a la residencia Monterrey, Ernesto me recibió con los brazos abiertos y me ayudó a subir mis cosas al segundo piso.

Mi nueva habitación era simplemente espectacular. No era un simple cuarto de invitados; era una suite enorme decorada en tonos crema y madera clara. Tenía una cama matrimonial sumamente cómoda, un gran ventanal con vista al jardín trasero, un baño privado con tina y una puerta conectada directamente con la recámara de Jonathan. Era mil veces más cómoda y espaciosa que mi antiguo departamento.

—Espero que el espacio sea de su agrado, señorita Ariana —dijo Ernesto, dejando las maletas junto al armario.

—Es más que perfecto, Ernesto. Muchísimas gracias por todo —respondí, contemplando el lugar con una mezcla de asombro y timidez.

Puse manos a la obra de inmediato. En un par de horas desempaqué mi ropa, acomodé mis libros en las repisas y personalicé el espacio con un par de fotos de mi madre y mías. Cuando terminé, caminé hacia la habitación contigua para reencontrarme con mi pequeño gigante.

Jonathan estaba en su cuna boca arriba. Al escuchar la puerta abrirse y verme entrar, sus ojitos negros se iluminaron por completo. El bebé comenzó a patalear con una fuerza tremenda y a mover los brazos como un pajarito intentando volar.

Me conecté a su canal un segundo para recibir su bienvenida oficial. La mente del niño se inundó de un hermoso color amarillo brillante y una melodía alegre.

*«¡Humana de flores! ¡Volvió, volvió, volvió!»*, celebraba Jonathan en sus pensamientos, mostrándome la imagen de una enorme pelota de colores rebotando por el techo. *«¡Ya no se va! Ahora el cuarto huele a pastel de vainilla. Quiero jugar a las cosquillas»*.

—¡Hola, mi amor! —me acerqué riendo y lo cargué en el aire, haciéndole pequeñas cosquillas en la pancita que le sacaron una carcajada sonora—. Ya estoy aquí para quedarme.

La rutina de los primeros días como niñera de planta fue sorprendentemente fluida. Jonathan estaba cada vez más tranquilo, comía bien y sus siestas eran largas y reparadoras. El verdadero problema de vivir en la mansión no era el bebé.

El verdadero problema era el dueño de la casa.

Convivir bajo el mismo techo que Carlos Monterrey se convirtió rápidamente en un campo minado para mis sentimientos y para mi propio don. Al estar presente las veinticuatro horas del día, los cruces con él en los espacios comunes se volvieron inevitables.

El primer gran sobresalto ocurrió la noche del miércoles.

Eran cerca de las once y media de la noche. Jonathan dormía profundamente tras tomar su mamadera nocturna. Yo llevaba puesto un pijama muy sencillo de pantalón de algodón y una camiseta blanca holgada. Con el cabello recogido en un tomate desordenado y mis auriculares descansando alrededor del cuello, salí en silencio a la pequeña cocina del segundo piso para servirme un vaso de agua fresca.

Caminé a oscuras por el pasillo, confiada en que Carlos ya estaba durmiendo en su suite. Pero justo al dar la vuelta en la esquina, casi me estrello de frente contra un muro humano.

—¡Ah! —ahogué un grito de sorpresa, dando un salto hacia atrás.

Una mano firme y cálida me sostuvo rápidamente por el antebrazo para evitar que tropezara con mis propios pies.

Era Carlos.

Llevaba puesta una camiseta gris muy cómoda y un pantalón deportivo. Su cabello negro estaba ligeramente húmedo por la ducha y emanaba un delicioso aroma a jabón de menta y madera. Estábamos a escasos centímetros de distancia. Su mano seguía sujetando mi brazo y podía sentir el calor de su cuerpo atravesando la tela de mi camiseta.

—Cuidado, Montiel —dijo él con su voz grave, la cual sonó extrañamente suave en la penumbra del pasillo.

—Perdón... no sabía que estaba despierto —murmuré, sintiendo que un rubor ardiente me subía a las mejillas. Mi corazón comenzó a martillar contra mis costillas con un ritmo descontrolado.

Carlos no me soltó de inmediato. Sus ojos oscuros recorrieron mi rostro, deteniéndose en mis labios por un segundo que pareció durar una eternidad, antes de volver a encontrarse con mis ojos.

En ese instante de cercanía física absoluta, la guardia de mi mente se cayó por completo. Sin los auriculares cubriéndome las orejas, el canal de Carlos se abrió de par en par frente a mí.

Esperaba escuchar su típica estática sobre la empresa, balances financieros o correos pendientes. Pero lo que escuché me dejó sin aliento.

El pensamiento de Carlos era claro, profundo y vibraba con una atracción física innegable que me hizo temblar las piernas.

*«Se ve tan hermosa cuando sonríe... y con el cabello despeinado se ve tan linda y tierna»*, decía la voz en su cabeza, resonando con una calidez envolvente. *«Su piel se ve tan suave... Me dan ganas de...»*.

De pronto, en la mente de Carlos ocurrió un freno de mano violento. Una ráfaga de pánico y frialdad cortó el pensamiento romántico de golpe, como un muro de concreto alzándose en medio del camino.

*«Espera, concéntrate, Carlos»*, se corrigió a sí mismo con dureza, mientras en su cabeza aparecía la sombra de su doloroso pasado. *«Es la niñera de tu hijo. Es una empleada. No puedes volver a cometer el mismo error. No puedes volver a confiar en nadie»*.

Carlos retiró su mano de mi brazo de forma abrupta, dando un paso hacia atrás y recomponiendo su postura. Su rostro volvió a congelarse en esa máscara seria e inexpresiva que solía usar con el resto del mundo.

—Iba por un vaso de agua —dijo él con un tono distante y frío, intentando ocultar la turbulencia que acababa de ocurrir en su mente.

—Yo... yo también —alcancé a responder con la voz un poco temblorosa, apretando las manos detrás de mi espalda para que no notara cómo me temblaban los dedos.

—Pasa tú primero —indicó con un gesto de la mano, sin volver a mirarme directamente a los ojos.

—Gracias —murmuré.

Pasé a su lado a toda prisa, sintiendo el roce de nuestros hombros en el estrecho pasillo. Corrí a la cocina, me serví el agua con torpeza y regresé a mi habitación lo más rápido que me permitieron las piernas.

Cerré la puerta de mi suite, me apoyé contra la madera y me dejé deslizar hasta el suelo. Puse mis manos sobre las mejillas; las sentía arder como si estuviera atravesando una fiebre terrible.

Me puse los auriculares a toda prisa sobre las orejas para bloquear cualquier residuo de ruido mental, pero el verdadero caos ya no estaba afuera. Estaba dentro de mi propia cabeza.

*«Le gusto...»*, pensé, abriendo mucho los ojos en medio de la penumbra de mi cuarto. *«O por lo menos le parezco atractiva»*.

Saber que el gran, frío e inaccesible Carlos Monterrey pensaba que yo era hermosa me produjo un vuelco salvaje en el estómago. Pero al mismo tiempo, recordar la frialdad con la que él mismo se había castigado en su pensamiento me dio una punzada de tristeza. Su miedo a ser herido de nuevo era una prisión gigante.

A partir de esa noche, las reglas del juego cambiaron en la casa.

Cada cena compartida por casualidad, cada cruce en las escaleras al amanecer y cada vez que nos encontrábamos cuidando juntos a Jonathan, se convirtieron en un reto constante. Yo intentaba mantener la distancia profesional que ambos necesitábamos, pero era imposible ignorar la tensión romántica que crecía entre los dos como un fuego lento.

Carlos intentaba ser el jefe estricto, pero sus pensamientos traicioneros hacia mí aparecían en los momentos más imprevistos. Y yo, atrapada en esa red de miradas disimuladas y pensamientos compartidos en silencio, comenzaba a darme cuenta de algo aterrador: me estaba enamorando perdidamente del hombre más complicado de la ciudad.

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Sandra Vielmas
serían 6 meses no un año. porque el niño tenía 6 meses cuando ella se hizo cargo de el...
Sandra Vielmas
muy bonita historia pero muchas inconsistencias con las fechas. Y no me gustó el final
Sandra Vielmas
pues gracias a ese don te salvó de la ruina. cucaracho
Sandra Vielmas
pero autora no ha pasado ni un mes y ya están enamorados🤔
Sandra Vielmas
como le va a explicar ella, como lo supo...
Sandra Vielmas
esta muy lastimado. además apenas son 6 meses...
Sandra Vielmas
Valeria. quien la contactó la amiga de el va a ponerse celosa y será la villana del cuento🤔
Sandra Vielmas
es difícil convivir con alguien que te gusta...
Daiana Martínez
hermosa novela
Luna del Mar
Buena historia
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