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La Alegría De Los Vesinos

La Alegría De Los Vesinos

Status: En proceso
Genre:Comedia
Popularitas:79
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.

NovelToon tiene autorización de Lohendy G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La señora Pérez pierde la memoria

Todo empezó una mañana cualquiera, de esas en que el sol brilla suave y el aire huele a café recién hecho y a flores del pozo de Don Beto. La señora Pérez salió de su casa como siempre, con su delantal limpio, el cabello recogido con esmero y una cesta en el brazo lista para ir a la compra. Pero apenas puso un pie en el pasillo, se detuvo de golpe, miró a su alrededor con expresión extraña, se llevó una mano a la frente y dijo en voz alta:

—¡Dios mío! ¡No sé quién soy!

Las palabras sonaron tan serias y tan tranquilas que todos los vecinos que andaban por allí se detuvieron de golpe. Don Beto, que estaba regando las plantas, soltó la regadera y corrió hacia ella. Doña Eustaquia salió de su puerta de un salto. El Charly bajó las escaleras de dos en dos. En un momento la rodearon todos, preocupados y con los ojos muy abiertos.

—¿Qué dice, señora Pérez? —preguntó Don Beto, tomándola del brazo con cuidado—. ¿Cómo que no sabe quién es? ¡Claro que lo sabe! Usted es la señora Pérez, nuestra vecina amable y querida. ¡Vamos, respire hondo!

Ella lo miró con ojos grandes y confundidos, negó despacio con la cabeza y respondió con voz suave y temblorosa:

—No… no recuerdo nada. No sé cómo me llamo, no sé dónde estoy, no sé quiénes son ustedes. Solo sé que tengo cuatro niños que esperan en casa… y ni siquiera recuerdo sus nombres. ¡Ay, qué vergüenza! ¡Qué desgracia me ha pasado!

La señora Pérez tenía cara de susto, pero también una expresión extraña, como si estuviera pensando en algo más. Sin embargo, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado preocupados.

—¡Esto es grave! —exclamó doña Eustaquia, poniéndose a su lado—. ¡Se le ha borrado la memoria de golpe! ¡Pobrecita! No se preocupe, aquí estamos nosotros. ¡Nosotros le recordaremos todo! ¡No se quedará sin saber quién es!

Y así empezó la jornada más curiosa que se vivió jamás en la calle de los Mangos. Todos se pusieron de acuerdo para ayudarla a recordar.

—Usted es una mujer muy valiente —le dijo Don Beto, sentándola en una silla bajo el árbol de mango—. Vive en el segundo piso, tiene cuatro hijos maravillosos, y hace las empanadas más ricas de todo el barrio. ¡Se las disputan hasta los vecinos de la otra cuadra!

La señora Pérez lo miró, parpadeó y preguntó con voz inocente:

—¿De verdad? ¿Y qué secreto tienen? ¿Qué les pone?

—¡Pues carne, cebolla, huevo duro, un poquito de pimienta y mucho cariño! —respondió Don Beto de memoria—. ¡Así me las ha contado mil veces!

—¡Ah, ya veo… —dijo ella, asintiendo despacio—. Pero no me acuerdo. Cuénteme más.

Entonces se acercó la señorita Lidia y le dijo:

—Usted es la persona más bondadosa que conozco. Siempre tiene una palabra amable para todos, siempre ayuda a quien lo necesita, y cuando alguien está triste, usted le sirve un vaso de agua y le dice algo bonito que le levanta el ánimo. ¡Es como una madre para todos nosotros!

—¿De verdad soy así? —preguntó la señora Pérez, con una sonrisa que intentaba disimularse—. ¡Qué buena persona soy, según ustedes!

El Charly se acercó después y le dijo:

—Y usted siempre me perdona mis errores. Cuando rompo algo, cuando se me cae algo, cuando me equivoco… usted me dice: “No se preocupe, muchacho, que lo importante es intentarlo”. Nadie me ha hablado nunca así. ¡Usted es muy especial!

Y así, uno tras otro, fueron recordándole quién era. Le contaron que era alegre, que era trabajadora, que era paciente, que era generosa. Le recordaron que siempre compartía lo que tenía, que escuchaba sin juzgar, que reía con ganas y que nunca se quejaba. Le hablaron de sus hijos, de su casa, de las tardes que pasaban juntos en el patio, de las lluvias que compartieron, de las risas que se dieron.

La señora Pérez escuchaba a todos con mucha atención, asintiendo, preguntando cosas, mirándolos con ojos brillantes. Y cuanto más le contaban, más se le iluminaba la cara, más sonreía, más parecía alegrarse de aquello que le decían.

Pasó toda la mañana así. Hasta que, al mediodía, cuando ya todos le habían contado lo que pensaban de ella, la señora Pérez se levantó despacio, se sacudió el delantal, miró a todos los vecinos que la rodeaban preocupados… y soltó una carcajada clara y sonora.

—¡Ay, mis buenos vecinos! —dijo, secándose una lágrima de risa—. ¡Ya me acuerdo! ¡Ya lo recordé todo!

Todos se quedaron mirándola, boquiabiertos.

—¿De verdad? —preguntó doña Eustaquia—. ¿Ya recuperó la memoria?

—¡Claro que sí! —respondió ella, con una sonrisa traviesa—. Les confieso algo: no la había perdido. Solo quería saber qué pensaban de mí cuando yo no escuchaba. Quería saber quién era yo para ustedes. ¡Y hoy me han dicho cosas tan hermosas que me han llenado el corazón de alegría!

Hubo un silencio breve. Y entonces, todos se miraron unos a otros y estallaron en risas. Don Beto negó con la cabeza, entre divertido y aliviado.

—¡Vaya mujer! ¡Nos ha asustado a todos de lo lindo!

—Pero miren qué bien ha salido todo —dijo ella, tomando las manos de doña Eustaquia y de la señorita Lidia—. Hoy he aprendido algo maravilloso: que yo soy todo lo que ustedes dicen que soy, porque ustedes me han ayudado a serlo. Que mi bondad, mi alegría, mi cariño… todo ha crecido porque ustedes me lo han dado primero. ¡Gracias por recordarme quién soy!

Desde aquel día, nadie olvidó aquella lección. Descubrieron que todos somos como un espejo: lo que damos, recibimos. Que cuando decimos cosas hermosas de los demás, también nos las estamos diciendo a nosotros mismos. Y que la señora Pérez no necesitaba perder la memoria para saber quién era… solo necesitaba escuchar lo que sus seres queridos tenían en el corazón.

Y cada vez que alguien decía algo bonito de otro vecino, alguien solía decir con una sonrisa: “¿Será que ha perdido la memoria hoy?”, y todos se reían, sabiendo que las palabras hermosas son las que de verdad nos dicen quiénes somos.

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