En el Reino Ígneo, el fuego lo es todo: poder, honor y destino. Pero Magma, la princesa heredera, nació sin una sola chispa en sus venas. Rechazada por su propio reino y atrapada bajo el peso de una corona que no cree merecer, crecerá escuchando la leyenda de la Hija del Viento… una princesa que cambió el mundo con su libertad. Cuando una tragedia destruye su vida, Magma deberá convertirse en la reina que todos necesitan, aunque el fuego dentro de ella amenace con consumirlo todo. Porque algunas leyendas no nacen para gobernar. Nacen para arder.
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Capítulo 8: El chico que caminó entre mareas
La biblioteca permaneció completamente en silencio.
Magma no respiraba.
El heredero del agua seguía de pie entre las sombras del fondo, empapado por la lluvia, observándola como si hubiera estado esperando aquel momento desde hacía mucho tiempo.
Las pequeñas llamas suspendidas entre las estanterías parpadeaban nerviosamente.
El fuego lo sentía.
Y no le agradaba.
Magma cerró lentamente el libro antiguo frente a ella.
—¿Cómo entraste aquí?
La voz salió más firme de lo que realmente se sentía.
El desconocido avanzó apenas un paso.
Las gotas de agua caían desde su ropa oscura y, extrañamente, ninguna tocaba el suelo. Pequeñas corrientes flotaban alrededor de él como si el agua se negara a abandonarlo.
—Tu castillo tiene demasiados secretos para estar tan mal protegido.
Magma sintió irritación inmediata.
Bien.
Prefería la rabia antes que el miedo.
Las llamas cercanas crecieron apenas unos centímetros.
—¿Vienes a terminar lo que empezaste en la costa?
Los ojos azules del muchacho recorrieron lentamente la habitación.
—No empecé nada.
—Mis padres están muertos.
El silencio cayó entre ambos.
La tormenta rugió afuera del castillo.
Él bajó apenas la mirada.
Y eso fue suficiente para que Magma entendiera algo horrible:
sabía más de lo que estaba diciendo.
El fuego alrededor de las lámparas comenzó a agitarse violentamente.
—Habla.
El heredero del agua levantó nuevamente la vista hacia ella.
—No vine a pelear contigo.
—Entonces eres peor negociando amenazas de lo que crees.
Eso consiguió algo inesperado.
Una pequeña sonrisa.
Breve.
Cansada.
Y por alguna razón eso irritó todavía más a Magma.
—¿Te parece divertido?
—No.
Su expresión desapareció tan rápido como llegó.
—Pero esperaba que fueras distinta.
La frase la tomó por sorpresa.
—¿Distinta a qué?
Él la observó unos segundos.
Como si estuviera decidiendo cuánto revelar.
—A ellos.
El fuego dentro de Magma reaccionó otra vez.
Porque entendía perfectamente a quién se refería.
A los reyes.
A los nobles.
Al Reino Ígneo.
A las personas que destruyeron el Reino del Agua.
Ella apretó la mandíbula.
—No fui parte de esa guerra.
—Pero llevas su corona.
Las palabras golpearon más fuerte de lo esperado.
Magma sintió algo incómodo dentro del pecho.
Culpa.
Aunque ni siquiera sabía exactamente por qué.
El muchacho comenzó a caminar lentamente entre las estanterías de la biblioteca. Sus dedos rozaban algunos libros antiguos mientras hablaba.
—Crecí escuchando historias sobre el Reino Ígneo.
—Déjame adivinar. ¿Somos monstruos?
Él levantó apenas una ceja.
—¿Quieres la respuesta honesta?
Magma sostuvo su mirada desafiante.
—Siempre.
El heredero del agua se detuvo frente a una de las ventanas enormes de la biblioteca. La lluvia golpeaba el cristal detrás de él mientras relámpagos iluminaban parcialmente su rostro.
Era mayor que ella.
Quizá unos veintidós o veintitrés años.
Y tenía algo extraño en la mirada.
No parecía odio exactamente.
Parecía cansancio.
—Mi pueblo no hablaba del fuego como monstruos —dijo finalmente—. Hablaban de ustedes como personas aterrorizadas.
Magma sintió el orgullo arder inmediatamente.
—¿Y eso justifica atacar mi reino?
El muchacho giró lentamente hacia ella.
—¿Crees que ustedes fueron los primeros atacados?
La pregunta destruyó el aire entre ambos.
Las llamas de la biblioteca crecieron peligrosamente.
Magma podía sentir el calor escapando de su piel.
—No sabes nada sobre mí.
—Sé que acabas de perder a tus padres.
Ella dejó de respirar un instante.
Porque la forma en que lo dijo…
no sonó cruel.
Sonó sincera.
Y eso fue muchísimo peor.
Magma apartó la mirada rápidamente.
No iba a llorar frente a él.
No frente a alguien del agua.
El silencio se volvió pesado entre ambos.
Hasta que él habló otra vez.
—¿Cómo te llamas realmente?
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Todos te llaman “princesa”, “heredera” o “reina”. Quiero saber tu nombre.
La pregunta la tomó completamente desprevenida.
Porque tenía razón.
Últimamente nadie parecía verla como persona.
Solo como símbolo.
Magma tragó saliva.
—Magma.
Los ojos azules del muchacho permanecieron sobre ella unos segundos más.
Y algo en la forma en que pronunció su nombre hizo que el corazón le golpeara extraño dentro del pecho.
—Magma.
No sonó como burla.
Ni miedo.
Ni respeto obligado.
Sonó como si realmente quisiera recordarlo.
Ella odió un poco eso.
Porque hacía demasiado tiempo que nadie decía su nombre así.
—¿Y tú? —preguntó antes de pensarlo demasiado.
Él dudó apenas.
—Kaien.
Magma sintió que el nombre encajaba perfectamente con él.
Frío.
Suave.
Peligroso.
Las llamas alrededor comenzaron a estabilizarse lentamente.
Y ambos parecieron notar el cambio.
Kaien observó las pequeñas corrientes de fuego suspendidas alrededor de Magma.
—Tu vínculo despertó hace poco.
No era pregunta.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque todavía intentas controlarlo con miedo.
Eso tocó algo sensible dentro de ella.
—No le tengo miedo.
Kaien la observó directamente a los ojos.
—Entonces ¿por qué el fuego tiembla cada vez que tú lo haces?
El silencio la golpeó de lleno.
Porque era verdad.
Magma apretó los puños intentando contener el calor creciendo bajo su piel.
Él seguía mirándola como si pudiera ver todo lo que intentaba esconder.
La inseguridad.
La presión.
El miedo de no ser suficiente.
Y eso la enfurecía.
—No viniste aquí solo para hablar.
Kaien caminó lentamente hacia la mesa donde estaba abierto el libro de las guerras elementales.
Sus ojos recorrieron la ilustración de las cinco figuras elementales.
—Los reinos están despertando otra vez.
Magma sintió el estómago tensarse.
—¿Qué significa eso?
Él levantó la mirada hacia ella.
Y por primera vez pareció realmente serio.
Más serio que antes.
—Significa que si el equilibrio elemental volvió a romperse…
la guerra que destruyó el mundo hace siglos comenzará otra vez.
Un trueno estremeció el castillo entero.
Las llamas de la biblioteca se apagaron de golpe.
Y en la oscuridad momentánea, Magma escuchó voces acercándose por el corredor exterior.
Guardias.
Kaien también los escuchó.
Magma dio un paso hacia él instintivamente.
—Espera—
Pero el heredero del agua ya estaba retrocediendo hacia las sombras.
La lluvia comenzó a moverse alrededor de él otra vez.
—Nos volveremos a ver, reina del fuego.
El corazón de Magma se aceleró extrañamente.
—¿Eso es una amenaza?
Kaien sostuvo su mirada unos segundos más.
Y entonces dijo algo que la destruiría lentamente durante días:
—Todavía no lo sé.
Las puertas de la biblioteca comenzaron a abrirse.
Y justo antes de desaparecer completamente entre agua y oscuridad…
Kaien sonrió apenas.
Luego el océano lo tragó otra vez.