Alexander Sterling Blackwood lo tiene todo: poder, una fortuna incalculable y el control absoluto de un imperio empresarial. Es el Alfa dominante más poderoso del país, pero también el más solitario. Desde la noche en que su esposo murió en un trágico accidente de tránsito, su mundo se tiñó de gris. Para sobrevivir al dolor, Alexander congeló sus instintos, sepultó su aroma a madera de sándalo quemada y whisky, y se escondió detrás de una armadura de hielo y supresores, convirtiéndose en una “sombra" fría que mantiene a todos a distancia… incluido a su hijo Alistair, de apenas cinco años, un cachorro omega que crece en el silencio de una mansión vacía, ansiando desesperadamente un abrazo de su padre.
Liam Miller es un Omega puro que solo busca un empleo estable para reconstruir su vida. Tras sufrir la dolorosa traición de su exnovio, quien lo engañó con su mejor amigo, Liam llega a la imponente Mansión Sterling con el corazón lastimado, pero con la firme intención de salir adelante.
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Capítulo 8: La evaluación medica.
La llegada del doctor de la familia Sterling supuso el primer examen real para Liam desde que había asumido el cargo de cuidador. Pasadas las diez de la mañana, un elegante sedán se detuvo frente a la mansión. De él descendió el doctor Harrison, un hombre beta de avanzada edad, cabello canoso y una expresión afable que denotaba los más de veinte años que llevaba cuidando de la salud de los Sterling.
Liam lo recibió en el vestíbulo principal, manteniendo una postura pulcra y profesional, a pesar del trago amargo que todavía sentía en la garganta tras la fría confrontación matutina con Alexander.
—Buenos días, doctor . Soy Liam Miller, el cuidador de Alistair. Pase, por favor —saludó Liam con una reverencia educada.
El médico le devolvió la sonrisa, ajustándose las gafas mientras caminaba a su lado hacia el ala este.
—Buenos días, joven Miller soy el doctor Harrison. El señor Sterling me llamó muy temprano desde su oficina, sumamente específico con que realizara un chequeo exhaustivo al joven Alistair tras una crisis febril anoche. Debo confesar que me sorprendió su llamada; Alexander no suele dejar cabos sueltos, pero rara vez interviene de forma tan directa en los asuntos médicos del niño.
Liam tragó saliva, manteniendo su aroma a lavanda en un tono neutro y calmado para no transmitir sus tensiones internas.
—Fue una noche difícil, doctor, pero afortunadamente la fiebre cedió tras administrarle el medicamento que el señor trajo de su despacho —explicó Liam de manera objetiva mientras abría la puerta de la habitación infantil.
Alistair estaba sentado en su cama, jugando tranquilamente con unos bloques de madera. Al ver entrar al doctor Harrison, el cachorro se encogió un poco, pero al mirar a Liam, sus ojos se iluminaron y su aroma a vainilla recuperó su dulzura natural. Liam se acercó de inmediato a la cama, sentándose al lado del niño y pasando una mano afectuosa por su espalda para darle seguridad.
—Hola, pequeño campeón. Vamos a dejar que el doctor Harrison te revise un momento para asegurarnos de que todo esté perfecto, ¿de acuerdo? Yo voy a estar aquí mismo, sosteniendo tu mano.
El doctor Harrison observó la escena en silencio antes de sacar sus instrumentos de la maleta médica. Con movimientos y profesionales, revisó la temperatura del niño, auscultó sus pulmones y examinó sus reflejos. Durante todo el proceso, Liam se mantuvo como un pilar de apoyo: distraía a Alistair con pequeñas bromas cuando el estetoscopio frío tocaba su pecho y le daba palabras de aliento.
El médico, siendo un beta, no poseía la agudeza olfativa de un alfa o un omega para detectar la intensa vibración del lazo de destinados que había sacudido la casa horas antes. Para él, lo que ocurría en esa habitación era simplemente una consulta pediátrica impecable. Lo que sí pudo notar, gracias a su experiencia, fue el cambio radical en el bienestar psicológico del cachorro.
—Bueno, Alistair, estás fuerte como un roble —declaró el doctor Harrison con una sonrisa, guardando sus implementos—. Los niveles hormonales están estables. Como supuso tu padre, solo fue un pico de crecimiento en tus instintos omega. Estás perfectamente sano.
El niño sonrió, aliviado, y abrazó de inmediato a Liam por el cuello, escondiendo su rostro feliz en el hombro del mayor. Liam lo estrechó con fuerza, dejando escapar un suspiro de alivio que inundó la habitación de una sutil fragancia a miel.
El doctor Harrison caminó hacia la puerta y le hizo una seña a Liam para hablar un momento en el pasillo.
—Joven Miller, quiero felicitarlo —dijo el médico en voz baja una vez que salieron del cuarto—. He atendido a Alistair desde el día en que nació. Tras la pérdida de su madre... de la pareja del señor Sterling, el ambiente en esta casa se volvió terriblemente lúgubre. El niño siempre se mostraba retraído, asustado de su propio entorno y con un aroma debilitado por el estrés. Hoy he visto a un niño completamente diferente. Tiene color en las mejillas, confía en usted y sus instintos están madurando con una salud que no había visto en años. Su presencia le está haciendo un bien incalculable a esta familia.
Liam sintió que una oleada de gratitud le recorría el cuerpo. Después de haber sido pisoteado por su ex y tratado con desprecio por Alexander esa misma mañana, las palabras del doctor eran el bálsamo que necesitaba para reafirmar su valor.
—Muchas gracias, doctor Harrison. Hago lo mejor que puedo por él.
—Se lo haré saber al señor Sterling en mi informe de esta tarde —concluyó el médico con un asentimiento respetuoso—. Tenga por seguro que Alexander estará muy satisfecho, aunque no sea un hombre de muchas palabras. Que tenga un buen día, Liam.
A las cuatro de la tarde, en el último piso del edificio corporativo Sterling, Alexander escuchaba el reporte a través de la línea telefónica de su escritorio. Su rostro se mantenía impasible, pero sus dedos apretaban el bolígrafo de oro con una fuerza desmedida.
—En resumen, Alexander, el niño está impecable —decía la voz del doctor Harrison al otro lado de la línea—. El joven Miller está haciendo un trabajo excepcional. La salud emocional del cachorro ha dado un giro de ciento ochenta grados gracias a él. Es el cuidador más competente y devoto que has contratado jamás. Te sugiero que lo mantengas cerca; Alistair lo necesita.
—Entiendo, Harrison. Gracias por el informe —respondió Alexander con su habitual tono seco antes de colgar.
Al quedarse solo en la inmensa oficina, Alexander dejó caer el bolígrafo sobre el escritorio y se reclinó en su sillón de piel, exhalando un suspiro pesado. Las palabras del médico resonaban en su cabeza como un eco persistente. Intentó evocar la rabia y la culpa que lo habían dominado por la mañana, intentó convencerse de que Liam era una molestia para su estricta rutina profesional, pero la verdad biológica y los hechos eran imposibles de ignorar.
Ese omega, el mismo que había echado de su presencia con palabras tan duras pocas horas antes, estaba salvando a su hijo del abismo de la soledad.
Alexander cerró los ojos por un instante y, por primera vez en cinco años, la imagen del trágico accidente de su pasado no vino a su mente. En su lugar, el recuerdo de la calidez de la lavanda y la miel de la noche anterior inundó sus sentidos, recordándole que, por mucho que intentara esconderse detrás de su armadura de hierro, el destino ya había comenzado a mover sus piezas dentro de la Mansión Sterling.