Jeremy aceptó una propuesta laboral que le garantizaba el éxito profesional; el único problema era que lo llevó a la ciudad donde vivía Alisson, su primer y más grande amor, con quien las cosas no habían terminado nada bien hace diez años atrás. Al llegar no esperó encontrarse con la noticia de que su ex había fallecido el día anterior.
Asistió al funeral para despedirse como no pudo hacerlo antes, cuando puso una rosa en el ataúd, no pudo evitar derramar una lágrima; y eso fue suficiente para crear la conexión. Al llegar a su departamento, mientras terminaba de bañarse y limpiar el espejo empañado, vio a través del mismo el rostro de Alisson; acababa de toparse con el fantasma de su ex.
Ahora Alisson le pide ayuda para atrapar a su asesino, porque le asegura que ella no se mató, aunque no recuerda quien lo hizo. ¿Podrá Jeremy descubrir la verdad de la muerte de Alisson? ¿Podrá descubrir la verdadera razón de su separación?
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7. No tengo a nadie más
Alisson no tuvo una respuesta inmediata. Sus ojos se mantuvieron en los de él, pero algo en su expresión se tensó, como si la pregunta abriera una puerta que había estado evitando. La cocina, con ese silencio eléctrico y antinatural que solo se produce a las tres de la mañana, pareció encogerse alrededor de ellos.
El zumbido del refrigerador, antes un ruido de fondo monótono, se volvió ensordecedor, un recordatorio constante de que el mundo seguía funcionando mientras la realidad de Jeremy se desmoronaba.
Ella no parpadeaba. La luz amarillenta de la lámpara de la pared incidía en su perfil, resaltando la pálida perfección de su piel, esa textura que parecía porcelana pero que no ofrecía calor alguno.
Jeremy observó cómo su garganta se movía al tragar saliva, un gesto humano, visceral, que contrastaba violentamente con la intangibilidad que su mano había comprobado momentos antes. Esa pequeña contracción muscular, el leve ascenso y descenso de su clavícula bajo el suéter gris, fue lo único que hacía la escena una realidad que él reconocía.
Si cerraba los ojos, podría haber creído que estaban de nuevo en su viejo apartamento, hace diez años, cuando no llegaban ni a los veinte, habiendo escapado de la familia y sus prohibiciones, discutiendo sobre la renta o la falta de café, discusiones triviales que ahora parecían un lujo inalcanzable.
Pero no cerraba los ojos. No podía permitirse el lujo de la ceguera, ni siquiera por un segundo.
Cuando habló, su voz fue más baja. El tono perdió esa cualidad etérea y resonante que a veces adoptaban las voces en sus pesadillas, y se aterrizó en algo dolorosamente terrenal.
- “No me suicidé”, dijo Alisson.
Jeremy no reaccionó de inmediato. Sus dedos, que aún descansaban sobre la fría encimera de granito, se tensaron hasta que las puntas se pusieron blancas. El granito era un recordatorio físico, sólido y frío, de que él estaba vivo, de que su cuerpo funcionaba, mientras que la mujer frente a él era una anomalía física.
El eco de la frase pareció recorrer la cocina, asentarse en las paredes, filtrarse en el aire que hasta ese momento había intentado mantener bajo control. "No me suicidé". No eran solo palabras; eran cargas de dinamita explosiva detonadas en el santuario de su negación.
Jeremy recordó los titulares de los periódicos, que leyó antes de ir al funeral, según los periodistas el informe policial señalaban "Depresión severa", "Historial de inestabilidad", palabras fáciles, cajas ordenadas donde meter el caos de una vida perdida. Pero Alisson estaba ahí, desafiando la certezas del forense con una simple declaración.
- “Eso dicen”, respondió él en automático. La defensa verbal brotó de sus labios antes de que su cerebro pudiera procesarla. Era la respuesta de alguien que había pasado demasiado tiempo racionalizando lo irracional, alguien que necesitaba que las reglas del universo se mantuvieran firmes, aunque solo fuera por inercia.
- “Se equivocan”, replicó ella. No hubo gritos, ni golpes de pujo en la mesa. Solo una certeza plana, inamovible, como una losa de cemento cayendo sobre el suelo.
Jeremy la observó en silencio. Se frotó los ojos con el dorso de la mano, sintiendo la rugosidad de la barba no afeitada, la arenilla del cansancio acumulado durante días. Su mente, acostumbrada a buscar patrones en el caos de su trabajo, intentaba encajar esta pieza. Si no fue suicidio, entonces fue algo más. Algo que implicaba violencia, intención, malicia. Algo que requería un autor.
- “¿Y quieres que haga qué con eso?”, preguntó finalmente.
La pregunta colgó en el aire, cargada de cinismo y agotamiento. No era una pregunta retórica; era un límite. Estaba trazando una línea en la arena, diciendo "hasta aquí llega mi locura".
Alisson dio un paso hacia él. Esta vez, aunque no había contacto posible, la cercanía se sintió. El aire alrededor de ella pareció bajar unos grados, una ráfaga de frío sobrenatural que le erizó la piel de los brazos a través del pijama de raso.
Podía oler el aroma de su perfume, o tal vez era solo el recuerdo del perfume, algo dulce, quizás vainilla, una fragancia que se había quedado atrapada en las fibras de su memoria olfativa y que ahora su cerebro generaba para completar la ilusión.
Estaba lo suficientemente cerca como para que él pudiera ver los detalles del iris de sus ojos, el anillo de color alrededor de la pupila que se dilataba y se contraía microscópicamente, una respuesta biológica que un fantasma no debería tener.
- “Quiero que encuentres quién lo hizo”, pidió Alisson.
La solicitud cayó con el peso de una sentencia. Jeremy soltó una risa breve, incrédula, un sonido seco que rebotó en los armarios vacíos. La risa no tenía alegría; era una válvula de escape para la presión que le estaba explotando en el pecho.
- “Claro”, dijo él, moviendo la cabeza de un lado a otro. “Porque lo lógico cuando tu ex aparece muerta es que vuelva como fantasma y te contrate. ¿Qué sigue? ¿Voy a salir a cazar vampiros en mi tiempo libre? ¿Quizás exorcizar el sótano del edificio?”
- “No te estoy pidiendo un favor”, la voz de ella cortó su sarcasmo.
- “¿Ah, no? (Jeremy se cruzó de brazos, un gesto defensivo, intentando cerrar su postura) Porque se parece sospechosamente a un favor. Un favor gigante, imposible, ilegal y completamente loco”, manifestó Jeremy.
Alisson no se inmutó ante su hostilidad. Su mirada se mantuvo firme, y por un momento, Jeremy vio detrás de la fachada de la aparición fantasmal a la mujer que había conocido. Vio la terquedad que lo había fascinado y exasperado por igual en el pasado. Vio la determinación que la llevaba a trabajar el triple turno cuando faltaba dinero, la misma que la empujaba a defenderlo cuando nadie más lo hacía.
- “No tengo a nadie más”, dijo Alisson.
La frase no fue dramática. No fue suplicante. No hubo lágrimas, ni temblor en la voz, ni manos extendidas pidiendo ayuda. Fue peor. Fue directa. Fue el disparador de un arma descargada en una habitación cerrada. Fue una declaración de soledad absoluta, un desierto visto desde arriba.