Aleska es una jovencita ilusionada con su boda, con una vida de amor y felicidad, pero llega la traición, la peor de todas.
Su prometido la vende a mafiosos, ¿la razón?, quiere deshacerse de ella lo más rápido posible, ha conseguido enamorar a una niña rica, la cual quiere que termine lo más rápido con esa pobretona. Pero cuando ella había perdido las esperanzas, algo extraño pasa, ¿una coincidencia?, ¿algo planeado?, nadie lo sabe, o tal vez solo una persona lo sepa.
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Cap. 13 Y tengo mi respuesta.
El primer día, hizo galletas de chispas de chocolate. La receta era de internet. Midió, mezcló, amasó con una concentración feroz, como si el futuro de su alianza dependiera de la textura perfecta de la masa.
El aroma llenó el aire, cálido y reconfortante, un contraste radical con el frío peso del secreto. Cuando salieron del horno, doradas y perfectas, probó una. Estaban deliciosas. Un logro pequeño, mundano, suyo.
Al segundo día, el desafío fue mayor. Buscó en los archivos digitales de la casa (Sofía había creado un perfil completo para ella, que incluía "gustos culinarios"). Encontró una nota: "Drago prefiere platos simples. Borscht (como lo hacía su abuela, no el de restaurante), kotleti (chuletas de pollo empanizadas), syrniki (tortitas de quark). No le gustan los sabores demasiado dulces o elaborados."
No eran instrucciones de Sofía. Era información. Y Aleska decidió usarla.
Empezó con el borscht. Picó remolachas hasta que sus dedos se tiñeron de rojo, un color que le recordó demasiado cosas, pero siguió. Salteó, hirvió, probó. No era para congraciarse con él. No había ni una posibilidad de que él la probara.
Era una prueba para ella misma. ¿Podría aprender algo íntimo sobre este hombre, sobre sus raíces dolorosas y sus gustos sencillos, sin que lo romántico o la obligación nublaran su juicio? ¿O el asco por su pasado envenenaría incluso la remolacha?
El caldo se redujo, espesó, tomó un sabor profundo y terroso. Lo probó. Estaba bueno. Sólido. Como la confesión de él: amarga, pero con sustancia.
El tercer día, hizo los syrniki. Amasó el quark con huevo y harina, formó las tortitas con las manos. Al freírlas, el sonido del aceite crepitante era el único ruido en su mundo.
Su mente, que había estado dando vueltas como una rueda de hámster entre la culpa, la lealtad y el miedo, encontró un punto de quietud en el acto manual, repetitivo. ¿Estaba comprometida con esto?
La respuesta no vino como un rayo. Vino con el primer syrniki perfectamente dorado que sacó de la sartén. Vino con la satisfacción de haber descifrado un código (la receta) y ejecutarlo bien. Comprometerse no era solo aceptar su pasado oscuro.
Era también aceptar la realidad cotidiana de él. Sus gustos simples. Su nostalgia por una abuela que quizás fue lo único bueno del niño Dmitri. Era ver al hombre completo, no solo al monstruo o al salvador.
No puso un plato en su puerta. No lo invitó a cenar. Guardó la comida en recipientes y los dejó en el refrigerador, sin nota alguna. Era una ofrenda anónima a los dioses domésticos, un gesto que existía fuera del pacto de venganza y de la confesión explosiva.
Esa noche, Drago, que había pasado la tarde fuera, llegó tarde. Fue directo a la cocina en busca de agua. Y allí, en la luz tenue de la nevera, vio los recipientes. Reconoció el contenido al instante. Se quedó inmóvil, mirándolos. No tocó nada. Solo cerró la puerta suavemente.
Al día siguiente, cuarto día, Aleska bajó a desayunar. En la isla de la cocina, junto a la cafetera, había un solo syrniki perfectamente recalentado en un plato de porcelana fina, con una cucharada de mermelada de ciruela casera al lado. No había nadie más en la habitación.
No era una disculpa. No era un reclamo. Era un reconocimiento. Él había probado su ofrenda. Y la había aceptado, en el mismo lenguaje silencioso y práctico en que ella se la había ofrecido.
Aleska se sentó y lo comió. Estaba aún más bueno que el día anterior. Mientras masticaba, la decisión que había estado fermentando en su interior durante días, entre harina y calor, se cristalizó.
No era una decisión basada en la emoción. Era una conclusión estratégica, fría y clara como el cristal de la ventana de la cocina:
El enemigo no había cambiado. Valentina y Clarissa seguían ahí, buscando el documento para destruirlos a ambos. Su venganza personal seguía pendiente.
Drago era el aliado más poderoso y ahora el más transparente. Le había dado la herramienta para su propia destrucción. Un enemigo no haría eso. Un socio, sí.
El pasado de Drago era oscuro, pero no la definía a ella. Ella no era Dmitri Vasiliev. Era Aleska Krutoy. Y Aleska Krutoy había sido forjada en un almacén sucio, no en un incendio. Su trauma y su fuerza le pertenecían a ella.
La venganza ya no era suficiente. Había algo más que la unía a Drago ahora. Respeto. Complicidad. Y la aceptación tácita de las sombras del otro, simbolizada en un plato de comida sencilla.
Terminó de comer, lavó su plato y secó sus manos. Luego, con la misma determinación con la que había bajado las escaleras de la boda, fue al estudio de Drago. La puerta estaba entreabierta.
Él estaba de pie, mirando la ciudad, pero se volvió al sentir su presencia. No dijo nada. Solo esperó.
Aleska entró y cerró la puerta a sus espaldas.
—El tiempo ya pasó —dijo, su voz firme, proyectada desde el diafragma, pero sin la máscara de Sofía. Era su voz real.
—Y tengo mi respuesta.
Drago asintió, una vez. Sus ojos estaban serios, preparados para cualquier veredicto.
—Dime.
—Me quedo —declaró Aleska, sin florituras—. No por lealtad ciega. No por gratitud. Y no porque ignore lo que me contaste. Me quedo porque eres el mejor aliado que tengo contra nuestros enemigos. Porque tu verdad, por fea que sea, es ahora mi verdad. Y porque… —Hizo una pausa, buscando las palabras exactas— porque un hombre que guarda un secreto así, y aun así puede apreciar unos syrniki bien hechos, es un hombre con el que se puede librar una guerra. Y ganarla.
Un alivio tan profundo que casi era dolor cruzó el rostro de Drago, seguido de una oleada de ese respeto puro que solo ellos dos compartían.
—¿Y el documento? —preguntó, yendo al grano.
—Es nuestra debilidad —dijo ella.
—Así que deja de serlo. En lugar de esperar a que Valentina lo encuentre, nosotros lo encontramos primero. Y lo destruimos. O lo usamos para tenderles una trampa. Pero dejamos de tener miedo de nuestro propio pasado.