Aurelia era una chica común y corriente, obsesionada con las novelas. Una noche, tras llorar por el trágico destino de su personaje favorito, despierta dentro de la historia y descubre que ahora habita el cuerpo de Aurelia Cassano: la antagonista consentida, hija del jefe de la mafia más temida del país.
El problema es que conoce el final: en la novela original, Aurelia Cassano muere asesinada a los veinticuatro años. Y el causante indirecto de su muerte es nada menos que Arsa Wirayuda, el protagonista masculino: frío, despiadado, irresistible... y el hombre del que la Aurelia original estaba perdidamente enamorada.
Para sobrevivir, Aurelia traza un plan: alejarse de Arsa, evitar los conflictos con la protagonista original y reescribir su destino. Pero la vida dentro de una novela de mafia no es tan sencilla. Entre conspiraciones familiares, enemigos que la quieren muerta, pandillas rivales y secretos oscuros que ni la novela revelaba, Aurelia descubre que cambiar la trama es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Y lo peor de todo: Arsa, el hombre al que debería evitar a toda costa, no deja de acercarse. Con sus ojos negros como la noche, su actitud posesiva y esos momentos inesperados de ternura que derrumban todas sus defensas, Aurelia se enfrenta a la pregunta más peligrosa de todas: ¿puede reescribir una historia de amor sin caer en ella?
Entre peleas callejeras, intrigas corporativas, venganzas implacables y un romance que arde lento pero con la fuerza de un incendio, Aurelia demuestra que ser la villana nunca fue su destino. Tal vez siempre fue la heroína que esta historia necesitaba.
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Capítulo 24
Capítulo 24 — Amante a sueldo
Aurelia entró en el salón de banquetes del hotel donde se celebraba la boda de un socio de negocios de su padre y de Alejandro. Cruzó el umbral del brazo de Valentín. Alejandro no los acompañaba todavía: debía esperar a Benjamín, su asistente, que aún no había llegado.
Benjamín apareció más tarde, en su propio coche. Al principio iba a venir junto con Valentín y Alejandro, pero como Aurelia se sumó al último momento, prefirió reunirse con ellos directamente en el hotel.
La fiesta de esa noche era la boda del hijo mayor de Tobías Jara, socio de Valentín y de Alejandro. El novio se llamaba Arturo Jara, hermano de Karina Jara.
Aurelia se enteró apenas de que iba a una boda de la familia de Karina cuando, durante el trayecto, alcanzó a ver la invitación que llevaban su padre y su hermano.
Aquel enlace, por supuesto, no figuraba en la novela. Es más, ni siquiera se contaba gran cosa sobre la familia de Karina.
Aurelia recorrió la alfombra roja prendida del brazo de Valentín. Todas las miradas del salón se concentraron en la joven hermosa. Muchos se preguntaban quién sería. Algunos pensaban que la chica que acompañaba a Valentín era la amante a sueldo de aquel hombre maduro; otros suponían que se trataba de su futura nuera. Pero la mayoría se inclinaba por la primera idea: Aurelia, la querida de Valentín.
Y es que, hasta entonces, casi nadie conocía la existencia de Aurelia dentro de la familia Cassano. La gente solo sabía que los Cassano tenían un único heredero, Alejandro. Valentín había logrado ocultar a la perfección cualquier dato sobre su hija, para protegerla de sus enemigos.
Apenas un puñado de personas sabía que Aurelia era hija de Valentín, y eran familias de absoluta confianza, como los Moretti o los Jara. Aun así, jamás la habían visto en persona; lo único que les llegaba eran rumores feos sobre ella.
Una vez dentro del salón, varios socios se acercaron a saludar a Valentín. También Tobías, el anfitrión de la boda, fue a recibir al hombre tan temido tanto en el mundo de los negocios como en el de las sombras.
—Papá, voy un momento por ahí. Tengo sed —dijo Aurelia, señalando la mesa de las bebidas. No se sentía cómoda en medio de un corro de adultos hablando de negocios. La Aurelia de verdad no entendía nada de eso, pero la Aurelia de la novela era una eminencia en el mundo empresarial. Por fortuna, esa pericia había quedado grabada en aquel cuerpo. Aunque el alma fuera otra, el cuerpo de Aurelia recordaba a la perfección todo lo relativo a los negocios. Una suerte por la que dar gracias.
Virtudes y carencias por fin conviven bien dentro de un mismo cuerpo.
A Valentín no le hacía gracia dejarla sola en medio de la fiesta, pero tampoco podía desairar a sus socios. Con el corazón en un puño, el hombre maduro soltó a su hija.
—No te alejes de mi vista —dijo, acariciándole el cabello con ternura.
—Mmm. —Aurelia asintió y se apartó de su padre y de los socios.
Tomó un vaso de jugo de la mesa y se lo bebió de un trago, sin un asomo de timidez. Tenía muchísima sed: era la primera vez que pisaba una fiesta de empresarios, un ambiente que le pareció decepcionante, lleno de gente que fingía.
Para sobrellevar los nervios necesitaba beber sin parar, aunque a ojos de los demás pareciera una joven sin modales. A Aurelia le daba igual. Lo único que le importaba era calmar la sed.
—Vaya, vaya, una salvaje suelta por aquí —una voz la apartó del vaso de jugo que acababa de dejar sobre la mesa. Aurelia buscó al dueño de aquellas palabras.
Natalia, Brenda y Mía estaban ya plantadas frente a ella. Aurelia puso los ojos en blanco, fastidiada de verlas. Seguro que ahora viene otro numerito, pensó.
—¿Cómo es que tú pudiste entrar aquí? Esta es una boda de la alta sociedad, solo vienen invitados importantes —dijo Natalia, fingiendo curiosidad. No tenía ni idea de quién era Aurelia en realidad.
—¿O acaso viniste acompañada de alguien? No me digas que viniste con... —Brenda dejó la frase a medias.
—No me digas que con quién, Nat —Mía simuló la misma intriga, aunque por el tono se notaba a leguas que solo querían humillarla.
A Aurelia le daba una pereza tremenda lidiar con ellas. Se dispuso a marcharse para alejarse de aquellas arpías.
—Eh, ¿adónde crees que vas? —Natalia la sujetó del brazo para impedírselo. Aún no había conseguido avergonzarla.
—No tengo ganas de enredarme con ustedes. Quítate —Aurelia trató de apartarle la mano, pero Natalia no la soltó.
—Mejor admite que te da vergüenza que te descubran de mantenida, ¿no? El que entró contigo es tu viejo rico, ¿verdad? —Natalia subió la voz a propósito para que todos los presentes la oyeran.
—No me lo imaginaba: resulta que eres la amante a sueldo de ese vejete —remató Brenda.
—¿Qué? ¿Qué acaba de decir? ¿Mi viejo rico? —Aurelia abrió la boca para chillarles a Natalia y a sus amigas, pero las palabras no le salieron del cuerpo, paralizada por la sorpresa.
—Mírala, Nat. Parece que a Aurelia le da demasiada vergüenza que la descubran aquí —Mía habló como si lo que decía Natalia fuera cierto, basándose en la cara de espanto de Aurelia.
—No me lo creo. Además de quitarle el novio a otra, también eres una mantenida. Qué asco das —Natalia seguía alzando la voz a propósito para que la oyera el mayor número de personas, y lo consiguió: muchos miraban ya a Aurelia con repugnancia.
Aurelia soltó una risita seca. Le habría encantado coserle la boca podrida a Natalia y a sus amigas, que no paraban de soltar disparates.
La gente murmuraba ya sobre ella. La sospecha de que Aurelia era la querida de Valentín se afianzaba por momentos. Pura naturaleza humana: creer solo lo que se ve y se oye, sin molestarse en averiguar la verdad.
A Aurelia le tenía sin cuidado. Tarde o temprano, la verdad les cerraría la boca a todos. Se alejó de Natalia y sus amigas, que ya se sentían vencedoras. No es que no pudiera amordazarlas de inmediato; era que esa noche había llegado del brazo de su padre y su hermano, y no quería avergonzarlos provocando un escándalo.
Recordó su primera vida, cuando un incidente parecido la obligó a montar un alboroto por culpa de quienes la acosaban. El resultado fue que su padre se enfureció y creyó antes a un extraño que a su propia hija. En esta segunda oportunidad no quería repetir el mismo error ni actuar con tal torpeza que avergonzara a su padre y a su hermano. Tenía que cobrarse la revancha con elegancia.
Natalia no estaba dispuesta a dejarla ir tan fácil. La empujó, y Aurelia trastabilló y chocó contra la mesa.
¡Clinc!
El estruendo de un vaso al caer. Aurelia lo había rozado sin querer, y un poco del líquido derramado le salpicó el vestido.
La rabia le hervía por dentro. Con todas sus fuerzas se contuvo para no devolverles el golpe. Pero ellas insistían en hurgar más hondo. Que no las sorprenda, entonces, si me cobro la cuenta con más crueldad.
Aurelia tomó otro vaso, aún lleno de bebida de color, y lo vació de golpe sobre el vestido de Natalia.
—¿Cómo te atreves, zorra? —rugió Natalia frente a ella.
—La zorra eres tú. Tu error fue meterte conmigo. Veamos quién es la verdadera zorra —respondió Aurelia, encendida.
—¿Qué pasa aquí? —una voz grave hizo que todos los presentes volvieran la cabeza.
Natalia sonrió al ver al hombre maduro que se acercaba.
—Papá —exclamó, y se echó a sus brazos.
El hombre al que Natalia llamaba papá observó el estado lamentable de su hija.
—¿Qué te pasó, cariño? —preguntó. Era Sergio Soto, el padre de Natalia.
—Esa zorra, papá. A propósito me echó la bebida en el vestido —contestó Natalia, como si fuera la víctima.
—Es verdad, señor. Aurelia le tiró la bebida a Natalia adrede —terció Brenda, con el aval de un asentimiento de Mía.
—¿Cómo te atreves a hacerle esto a mi hija? ¿De qué familia vienes? Está claro que no te educaron bien —bramó Sergio, furibundo, sin molestarse en averiguar primero qué había ocurrido.