¡Advertencia! Está novela es poli amor. Si no desea leer este contenido detengase y no insulte por favor. Ya está advertido.
El héroe y el villano comparten un único amor dulce y posesivo hacia la extra de una historia.
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Capitulo 8
La clase de etiqueta y modales se realizó en el salón grande del ala norte, donde colocaban mesas largas con candelabros para simular cenas formales; los profesores insistían en cómo sostener los cubiertos, cómo inclinar la cabeza al saludar, cómo caminar sin arrastrar los pies, incluso de encender las velas.
Bonnie cumplía cada instrucción sin esfuerzo. Todo normal.
Hasta que dejó de serlo.
Bonnie estaba inclinándose un poco para acomodar la servilleta cuando sintió calor muy cerca de su hombro, demasiado cerca; antes de entender qué pasaba, escuchó un chisporroteo seco, luego un olor fuerte, desagradable, el sonido pequeño del fuego tomando algo que no debía.
Alguien gritó.
— ¡Fuego!
El calor subió por su nuca, rápido, agresivo.
Instinto puro.
Bonnie se levantó de golpe y se llevó la mano al cabello.
— ¡No te muevas! —gritó Bastian desde su mesa.
Varias sillas cayeron, pasos apresurados, una jarra de agua volcándose; alguien le cubrió la cabeza con un paño húmedo, otro tiró más agua sin cuidado.
El olor a quemado se hizo más intenso.
Cuando todo se apagó, el salón quedó en silencio, solo respiraciones agitadas y el goteo del agua cayendo al suelo.
Bonnie parpadeó varias veces.
El cabello, su cabello, caía en mechones chamuscados sobre la mesa.
Tocó las puntas. Ásperas, irregulares.
Una parte estaba casi pegada al cuero cabelludo.
El profesor habló alterado.
— ¿Quién acercó tanto la vela?, ¿qué estaban haciendo?, esto es inaceptable.
Elinor dio un paso atrás.
— Yo… fue un accidente, mi mano chocó con la mesa, no quise.
Su voz temblaba, pero no sonaba arrepentida, sonaba molesta.
Bonnie la miró directo. La enfermera llegó rápido, la revisó.
— No hay quemaduras graves, pero el cabello está muy dañado, habrá que cortarlo, no se puede salvar así.
Bonnie asintió.
— Está bien.
— ¿Está bien? —repitió la enfermera—, niña, te lo van a cortar casi todo.
— Crece otra vez.
La mujer la observó con sorpresa.
— Eres más fuerte de lo que pareces.
Mientras tanto, al otro lado del salón, Bastian había perdido la calma.
Caminó hasta Elinor sin disimular la rabia.
— ¿Qué hiciste?
— Te dije que fue un accidente.
— Estabas demasiado cerca.
— No fue mi culpa.
— Casi la quemas.
— Solo es cabello, vuelve a crecer. ¿No?
Calister llegó detrás de su hermano, con el rostro tenso.
— ¿Solo cabello?, ¿eso es todo lo que tienes que decir?
— ¿Por qué me hablan así?, parece que hubiera matado a alguien.
— Pudiste hacerlo —respondió él.
Elinor los miró a los dos, herida en el orgullo.
— ¿Desde cuándo les importa tanto ella?, es solo Bonnie.
Bastian apretó los puños.
— Es nuestra compañera.
— No mientas —gritó Elinor—. Les gusta, por eso la defienden.
Nadie respondió.
Ella perdió el control.
— ¡Me los quitó a los dos!, antes siempre estaban conmigo, ahora solo la miran a ella, hablan con ella, caminan con ella, ¿qué tiene que yo no tenga?
Esa confesión salió demasiado directa. Bastian retrocedió un paso.
— ¿Entonces sí lo hiciste a propósito?
— Yo…
— ¿Sí o no?
Elinor bajó la mirada.
Calister chasqueó la lengua.
— Qué patético.
— ¡No me hables así!
— La lastimaste por celos.
— ¡Cállate!
— Das asco —murmuró él.
Esa palabra dolió más que un grito.
Cuando terminaron de cortar el cabello, Bonnie se miró en el pequeño espejo de la enfermería; quedaba corto, irregular, casi rapado en algunas zonas.
Pasó la mano por su cabeza.
— ¿Te duele? —preguntó la enfermera.
— No.
— ¿Estás segura?
— Sí, gracias por ayudarme.
Al salir, los gemelos la estaban esperando.
Los dos hablaron al mismo tiempo.
— Bonnie, yo…
— Oye, nosotros…
Se miraron entre ellos.
Bastian respiró hondo.
— Lo siento, debimos estar más atentos.
— No fue su culpa —respondió ella.
Calister frunció el ceño.
— Igual, si la hubiera visto acercarse…
— Calister, no cargues con cosas que no hiciste.
Él desvió la mirada.
— Molesta.
— ¿Qué?
— Me molesta que actúes tan tranquila.
— ¿Prefieres que grite?
— Prefiero que digas que te duele.
Bonnie lo observó un momento.
— Me duele, claro que me duele, pero llorar no va a cambiar nada.
Calister apretó los labios.
Entonces miró alrededor para asegurarse de que nadie los veía, levantó la mano y murmuró algo bajo, apenas audible.
Una luz suave apareció en sus dedos.
Bastian abrió los ojos.
— ¿Magia?
— Cállate —susurró Calister.
Acercó la mano al cuero cabelludo de Bonnie.
El ardor disminuyó, la piel dejó de sentirse tirante.
— Solo sé lo básico —murmuró—. Para heridas pequeñas.
— ¿Desde cuándo haces eso? —preguntó Bastian.
— Hace meses.
— ¿Y no me dijiste?
— Porque te ibas a burlar.
— No me burlaría.
— Sí lo harías.
Bonnie habló con calma.
— Gracias, de verdad.
Calister carraspeó.
— No es nada.
— Sí lo es.
Él se rascó la nuca, incómodo.
— Quiero entrar a la torre de magos, no quiero el trono, no sirvo para eso.
Bastian lo miró sorprendido.
— Pensé que competías conmigo por ser rey.
— Competía porque todos esperaban eso.
— Idiota.
— Idiota tú.
Bonnie sonrió apenas. Esa tarde la acompañaron a casa.
Su padre abrió la puerta y al verla se quedó inmóvil.
— Bonnie… ¿qué pasó?
Ella intentó restarle importancia.
— Un accidente en clase.
Bastian habló antes.
— No fue un accidente.
Calister apretó los dientes.
— Esa Elinor lo hizo a propósito.
El padre cambió el gesto.
— Entren, cuéntenme todo.
Escuchó cada detalle sin interrumpir.
Al final, golpeó la mesa.
— Nadie toca a mi hija y se queda tranquilo, voy a demandar a su familia.
— Papá, no es necesario —dijo Bonnie suave.
— Sí lo es, no te voy a dejar desprotegida.
Ella bajó la mirada.
En el fondo, eso era exactamente lo que necesitaba.
Días después, la noticia corrió por toda la academia; la familia de Elinor pagó una suma enorme por daños y la enviaron a un reformatorio lejos de la capital.
Desapareció sin despedirse.
Los gemelos empezaron a pasar por la casa de Bonnie con frecuencia.
A veces llevaban dulce carisimo, otras libros, otras solo excusas.
— Vinimos a devolver esto —decía Bastian, aunque no hubiera nada que devolver.
— Mentiroso —murmuraba Calister—. Solo querías venir.
Se sentaban los tres en el jardín. Ya no había rivalidad.
Se sentían como un pequeño equipo.
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Muchas gracias por leer no olviden dejar su me gusta y su comentario ❤️.
Es que debieron de buscarla mucho ante de que todo se volviera una locura 🤭🤭🤭🤭😭😭
Siempre de los digo a mis hijos 🤣🤣🤣