"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 3: El Guardián de la Cerca
El sol de la tarde comenzaba a teñir de naranja los campos de trigo que rodeaban la casa de Bianca. Ella estaba afuera, intentando arreglar una de las tablas sueltas de la cerca, golpeando con un martillo oxidado más por descargar su rabia que por habilidad.
— Deja eso, Bianca. Te vas a lastimar las manos.
La voz era familiar, cálida y profunda como el suelo que pisaban. Bianca no necesitó voltear para saber que era Santiago. Él saltó la pequeña división de madera con la agilidad de quien conoce cada piedra del camino. Santiago vestía su ropa de trabajo: una camisa de cuadros gastada y jeans manchados de tierra, con los brazos curtidos por las jornadas en la cosecha.
Se conocían desde que tenían cinco años. Él había sido quien le enseñó a trepar árboles y quien le sostuvo la mano en el funeral de su madre sin decir una sola palabra, porque el silencio entre ellos siempre había sido suficiente.
— Puedo sola, Santiago —dijo ella, aunque se detuvo. Sus manos, ahora finas y cuidadas por las cremas que Elena le obligaba a usar, temblaban ligeramente.
— Sé que puedes sola con todo el mundo, pero conmigo no tienes que hacerlo —Santiago le quitó el martillo con suavidad y, en dos golpes certeros, fijó la tabla—. He visto el coche negro que vino esta mañana, Bianca. El pueblo es pequeño y la gente habla. Dicen que has encontrado un trabajo de oficina en la ciudad... pero nadie trabaja en oficinas que mandan choferes armados a las seis de la mañana.
Bianca sintió una punzada de dolor. Santiago la miraba con esos ojos claros llenos de una honestidad que ella ya no podía permitirse. Él estaba enamorado de ella desde la adolescencia, un amor de cartas guardadas y flores silvestres dejadas en el porche, un amor que ahora le parecía un lujo de otra vida.
— Es un trabajo importante, Santiago. Pagan lo suficiente para que mis hermanas no vuelvan a pasar hambre. Eso es lo único que importa ahora.
— Lo que importa es que te estás apagando —él dio un paso hacia ella, acortando la distancia. El olor de Santiago era a tierra húmeda y sol, un contraste violento con el perfume metálico de Don Andrés—. Si es por dinero, yo puedo trabajar doble turno en la molienda. Puedo ayudarte con las niñas, tú lo sabes. No tienes que cargar con esto tú sola en esa ciudad que no conocemos.
Bianca lo miró y, por un segundo, estuvo a punto de romperse. Quiso echarse a sus brazos y llorar, pedirle que la escondiera, que la sacara de allí. Pero entonces recordó el sobre de Don Andrés. Recordó que la hipoteca de la casa estaba pagada con dinero que no era suyo. Recordó que Andrés no aceptaba devoluciones.
— No, Santiago —dijo ella, recuperando su máscara de firmeza—. Tu bondad no paga las medicinas de Clara ni los estudios de Lucía. Quédate lejos de esto. Por tu propio bien... no hagas preguntas.
— Bianca... —él intentó tomar su mano, pero ella la retiró como si el contacto quemara.
— Vete, Santiago. Por favor.
Él la observó durante un largo minuto, con una mezcla de tristeza y una sospecha que empezaba a transformarse en miedo. Finalmente, asintió y se alejó por el sendero, deteniéndose un momento para mirar hacia atrás.
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La Sombra en el Camino
Bianca entró en la casa y cerró la puerta con llave. Se apoyó contra la madera, respirando agitadamente. No vio que, desde el final del camino, un segundo coche negro —el de los hombres de Andrés— vigilaba cada uno de sus movimientos.
Andrés Urrieta no solo había comprado su tiempo; había comprado su entorno. Y Santiago, con su amor puro y sus manos de trabajador, acababa de ponerse una diana en la espalda sin saberlo.
Esa noche, cuando Bianca se preparaba para subir al coche que la llevaría al club, se miró al espejo. Ya no era la niña del pueblo. Se puso el collar de cristal que brillaba bajo la luz tenue.
— Perdóname, Santiago —susurró al vacío—. Pero para que ustedes vivan en la luz, yo tengo que ser la sombra.