los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)
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XXIII. Operazione Marshmallow (Un piano da idioti)
Narrado por: Dante
Como observador en las sombras de la familia Veraldi, he visto planes de invasión más simples que lo que este trío de herederos estaba cocinando en el salón de billar. El aire estaba cargado de una tensión eléctrica. Matteo, con esa frialdad quirúrgica que lo caracteriza, movía los hilos invisibles de una operación que no buscaba territorio, sino la estabilidad emocional de la mujer que mantenía a flote el imperio: su hermana Alessandra.
—La situación es insostenible —sentenció Matteo, ajustándose los lentes con un gesto que denotaba una paciencia al límite—. Alessandra se está convirtiendo en un animal herido. Y un animal herido con el poder de una General es un peligro para los negocios y para nuestra propia supervivencia.
—¡Lo sé, joder! —exclamó Enzo, arrojando el taco de billar sobre la mesa. Su camisa de seda estaba desabotonada hasta el pecho, mostrando la pantera negra de su hombro—. Se la pasa torturando idiotas y follándose a la niña de los Conor. Si el viejo puertorriqueño se entera, vamos a tener una guerra antes del desayuno.
—Por eso mismo —intervino Lorenzo, ajustándose sus cadenas de oro—, necesitamos a la joyera. Giulia es el único cable a tierra que tiene Ale. Si no las juntamos pronto, la General va a terminar incinerando Milán.
Matteo asintió, su mirada gris gélida fija en un punto inexistente. El plan estaba trazado: Lorenzo se quedaría en la mansión para asegurar el perímetro y preparar el "terreno neutral". Enzo, a pesar de sus quejas constantes y sus ganas de mandar a todo el mundo al infierno, aceptó ser el chofer del vehículo blindado más discreto que tenían. Él sería el encargado de la extracción rápida.
—Yo iré al departamento —dijo Matteo—. Soy el único que puede hablar con ella sin que llame a la policía a los cinco segundos. Enzo, mantén el motor encendido a dos cuadras. Lorenzo, si ves que la General regresa antes de tiempo, inventa un incendio o una redada, me da igual.
(La Emboscada en el Apartamento)
Enzo aparcó el coche negro con un frenazo que hizo chirriar los neumáticos. Matteo bajó con la calma de un ejecutor, su traje gris perfectamente planchado contrastando con el grafiti de la zona. Subió las escaleras del edificio de Giulia, preparando el discurso de "conciliador", pero cuando llegó a la puerta, algo no cuadraba. No se oían ladridos. No se oía la música suave que Giulia solía poner mientras trabajaba sus piedras.
Tocó tres veces. El sonido de unos pasos firmes se acercó y la puerta se abrió de par en par.
No era Giulia. Era Martina. La mejor amiga, la estudiante de medicina que supuestamente estaba a miles de kilómetros en Estados Unidos. Se veía cansada, con ojeras marcadas, y lo miró con una desconfianza que podría haber cortado el acero.
—¿Tú qué haces aquí? —escupió Martina, cruzándose de brazos—. ¿Alessandra te mandó para terminar de destrozar lo poco que queda de este lugar?
Matteo, lejos de amedrentarse, sonrió con una arrogancia encantadora, apoyando una mano en el marco de la puerta.
—Vaya, Martina. No sabía que habías vuelto tan pronto de tu aventura americana. ¿El sueño americano no era tan dulce como el café italiano? —dijo él, bajando el tono de voz a uno sugerente—. Estás más... afilada. Me gusta.
Martina lo miró con un asco tan genuino que Matteo casi pudo sentirlo.
—No me hables así, Veraldi. ¿Acaso harás como si yo fuera una de tus putitas fáciles? —soltó ella, dando un paso atrás pero sin cerrar la puerta—. Ahorrate el coqueteo de manual. No soy Giulia y no me dejo impresionar por un apellido manchado de sangre.
Matteo soltó una carcajada seca y entró al departamento sin esperar invitación. Se ajustó el reloj de arena en su muñeca, notando la ausencia de Alejandro, el perro hiperactivo.
—Está bien, bajemos las armas —dijo Matteo con una calma fingida—. He venido a hablar. Vengo a buscar a Giulia porque mi hermana está insoportable y, para ser honestos, creo que tu amiga no está mucho mejor.
Martina suspiró, cerrando la puerta y apoyándose en ella. Su postura se relajó solo un poco.
—Regresé hace dos días. No me gustó el lugar, no era para mí y no iba a perder mi tiempo en un sitio que me hacía sentir miserable —explicó ella, mirando de reojo el espacio vacío del salón—. Giulia no está. Salió con el perro, con Alejandro. Ese animal tiene más energía que una central nuclear; si no lo saca a correr dos horas, termina comiéndose los muebles.
Matteo se sentó en el sofá, cruzando las piernas con elegancia.
—Escúchame, Martina. El plan es simple en teoría, pero complicado en ejecución. Queremos una reconciliación. Alessandra se cortó el pelo, se volvió una psicópata y está metida en un lío con una heredera de Puerto Rico que no le conviene. Necesitamos que Giulia regrese a la ecuación. Queremos que ese... "amorcito lésbico", como lo llaman ustedes, funcione de una vez por todas para que mi hermana deje de usar el sótano de la mansión como un matadero.
Martina se quedó en silencio, procesando la información. La idea de que Alessandra estuviera fuera de control no le sorprendía, pero que los gemelos estuvieran moviendo cielo y tierra para buscar a Giulia sí era una novedad.
—¿Y qué te hace pensar que ella querrá volver? —preguntó Martina con escepticismo—. Ale la lastimó.
—Porque se aman, Martina. Y en nuestro mundo, el amor es una debilidad que solo se cura con la presencia del otro —respondió Matteo, levantándose—. Ayúdame a convencerla. Si Giulia vuelve, Alessandra recuperará la cabeza. Si no... bueno, el próximo cargamento de armas podría terminar explotando en el lugar equivocado. ¿Me vas a ayudar a montar la trampa o te vas a quedar ahí mirando con asco mi traje?
Martina miró hacia la ventana, pensando en su amiga y en el perro que probablemente estaba saltando en algún parque cercano. El juego de los Veraldi era peligroso, pero la soledad de Giulia era una enfermedad que ella no podía curar con medicina.
—Habla. Te escucho. Pero si esto sale mal, le diré a Giulia que me forzaste —cedió Martina, sentándose frente a él.
El plan estaba en marcha. Los diálogos se extendieron durante horas, trazando rutas, horarios y palabras clave. Mientras tanto, en algún lugar de Milán, un Golden Retriever corría ajeno a que su nombre y el destino de su dueña estaban siendo negociados por los herederos del imperio más temido de Italia.
El descenso desde el departamento de Giulia fue un ejercicio de tensión contenida. Matteo caminaba un paso por delante, con la rigidez de un hombre que ha calculado cada variable pero que aún teme que el caos arruine su ecuación. Martina lo seguía, con su bolso al hombro y una expresión que oscilaba entre la resignación y la curiosidad científica. Sin embargo, cuando llegaron a la acera, el aire pareció congelarse para ella.
Junto al vehículo blindado, apoyado con una indolencia que rayaba en lo insultante, estaba él.
Era la viva imagen de Matteo: la misma estatura, el mismo cabello oscuro y denso, la misma estructura ósea tallada en mármol. Pero ahí terminaban las similitudes. Mientras Matteo era un bloque de hielo, este hombre era una hoguera. Llevaba una camisa de seda color burdeos, peligrosamente desabotonada, y una sonrisa ladeada que prometía problemas y diversión a partes iguales.
—¿Qué pasa, hermanito? ¿Te perdiste en el camino o es que la doctora te dejó sin palabras? —la voz de Enzo era más profunda, más raspada por el tabaco y el cinismo.
Martina se detuvo en seco, sus ojos abriéndose con una sorpresa genuina. Miró a Matteo y luego a Enzo, procesando la existencia del gemelo espejo. Pero no fue solo el parecido lo que la impactó; fue la energía. Hubo una conexión instantánea, una chispa de reconocimiento entre la intensidad rebelde de Enzo y la naturaleza directa y sin filtros de Martina.
—Vaya... —murmuró Martina, arqueando una ceja—. Así que hay dos. ¿Este también viene con el manual de arrogancia o es el modelo defectuoso?
Enzo soltó una carcajada vibrante que pareció eco en toda la calle. Se acercó a ella con paso felino, ignorando la mirada gélida de su gemelo.
—Soy el modelo mejorado, bella —respondió Enzo, tomándole la mano con una caballerosidad burlona—. Soy Enzo. El que de verdad sabe cómo disfrutar de la vida mientras este aburrido cuenta granos de arena.
Matteo sintió una punzada de celos ácidos que le recorrió la espina dorsal. No era solo que Enzo estuviera invadiendo su terreno; era la forma en que Martina, que hace un minuto lo miraba con asco, ahora esbozaba una sonrisa genuina ante el descaro de su hermano.
—Súbanse al auto. Ahora —ordenó Matteo, su voz más cortante que nunca—. No tenemos tiempo para esto.(El Viaje: Entre Risas y Veneno)
El trayecto hacia la mansión Veraldi fue un campo de batalla psicológico. Matteo se sentó en el asiento del copiloto, manteniendo la mirada fija en la carretera, con la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse. En la parte trasera, Enzo y Martina habían establecido un canal de comunicación que excluía al gemelo menor por completo.
—Así que, medicina, ¿eh? —decía Enzo, girándose un poco en el asiento del conductor para mirarla por el retrovisor—. Debes tener un estómago de acero para aguantar tanto muerto. A mí me gusta más causar el trabajo que analizarlo, pero respeto el oficio.
—Y tú debes tener un ego de acero para andar por ahí con esa camisa —replicó Martina con una risita—. ¿No te da frío o es que necesitas que todo el mundo vea la pantera?
—Es para facilitar el acceso, doctora. Nunca se sabe cuándo alguien va a necesitar un chequeo de emergencia en el pecho —coqueteó Enzo, lanzándole un guiño que hizo que Martina rodara los ojos, pero sin borrar la sonrisa de sus labios.
Matteo escuchaba cada risa, cada comentario sutil, y sentía que el control se le escapaba de las manos. Él había sido el estratega, el que había ido a buscarla, el que había aguantado sus insultos. Y ahora Enzo, con su encanto de matón sofisticado, se estaba llevando el crédito y la atención.
—¿Puedes concentrarte en el camino, Enzo? —escupió Matteo—. Estamos en una misión, no en una cita de Tinder.
—Relájate, hermanito. La doctora y yo solo estamos intercambiando conocimientos culturales —Enzo volvió a mirar a Martina—. Dime, ¿es cierto que las castañas son más peligrosas que las rubias? Porque mi hermana Ale se volvió loca por una, y ahora yo tengo curiosidad.
—Depende de quién las trate de domar, Veraldi —contestó Martina, inclinándose hacia adelante, quedando peligrosamente cerca del asiento de Enzo—. Algunas no necesitamos ser domadas, solo que nos sigan el ritmo.
La atmósfera en el coche era una mezcla de coqueteo descarado y una hostilidad silenciosa por parte de Matteo. El gemelo analítico se sentía, por primera vez, fuera de su elemento. Mientras Enzo y Martina bromeaban sobre la ironía de sus vidas, Matteo se daba cuenta de que el plan de reconciliación para su hermana estaba empezando a generar sus propias complicaciones.
Cuando los muros de la mansión Veraldi aparecieron en el horizonte, Matteo solo podía pensar en una cosa: necesitaba sacar a Martina de la influencia de Enzo antes de que su propio temperamento gélido terminara por estallar. Pero Enzo no se lo iba a poner fácil; él ya había decidido que la amiga de la joyera era el juguete más interesante que había entrado en esa casa en meses.
La puerta se abrió y Lorenzo ya los esperaba en la entrada, pero la dinámica del grupo había cambiado para siempre. La guerra por el corazón de la General seguía en pie, pero una nueva batalla, más íntima y cargada de celos, acababa de estallar entre los gemelos espejo.