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Lo Que El Silencio Esconde

Lo Que El Silencio Esconde

Status: Terminada
Genre:Apocalipsis / Aventura / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:495
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Lo que el silencio esconde

Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.

Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.

Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.

Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.

Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: Lo que nunca debió pasar

Flashback. Casa de la abuela. Verano de 2009. Sótano.

El calor era una bestia que le aplastaba el pecho.

La niña de doce años estaba tendida sobre una manta vieja, en el suelo de cemento. Su ropa interior rosa de fresas ahora estaba manchada. No de sangre. De sudor. De miedo. De algo que no sabía nombrar.

El hombre estaba sobre ella.

No pesaba. Eso era lo peor. Si pesara, sería violencia. Si la golpeara, sería dolor. Pero él no pesaba. Solo la tocaba. Solo la miraba. Solo sonreía con aquella sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Tranquila —susurró—. Va a doler solo un poco.

La niña quiso gritar. Quiso llamar a su madre. Quiso que su abuela, aunque estuviera muerta, bajara las escaleras y lo apartara de una vez.

Pero nadie bajaba.

Nadie bajaba nunca.

El hombre introdujo sus dedos.

No fue rápido. Fue lento. Deliberado. Como quien tiene todo el tiempo del mundo y sabe que nadie va a interrumpirlo.

La niña cerró los ojos. Apretó los párpados con tanta fuerza que vio estrellas. Quiso irse a otro lugar. A cualquier lugar. A su cuarto. A la biblioteca. A las nubes de las que le hablaba su abuela. A cualquier sitio donde aquel hombre no existiera.

Pero no podía.

Porque sus dedos estaban ahí. Dentro. Buscando. Lastimando.

—¿Por qué? —susurró ella, con la voz rota, con las lágrimas rodando por las sienes hasta perderse en el pelo enredado—. ¿Por qué, papá?

La palabra salió sola. No sabía por qué la dijo. Quizá porque necesitaba creer que quien le hacía aquello era alguien que la quería. Quizá porque el horror era tan grande que su mente necesitaba ponerle un nombre conocido.

O quizá porque era verdad.

El hombre se detuvo un instante. La miró. Y entonces hizo algo peor que seguir.

Sonrió.

—Porque eres mía —dijo—. Siempre lo has sido.

Sacó los dedos. La niña sintió un vacío que no era físico. Era peor. Era la certeza de que aquello no iba a terminar nunca.

El hombre buscó en el bolsillo de su camisa. Sacó un cigarro. Un Malboro. Lo encendió con un mechero plateado, chupando hasta que la brasa se volvió naranja.

Aspiró hondo. Dejó que el humo saliera despacio por la nariz.

Y entonces, con la misma calma con la que había introducido sus dedos, apagó el cigarro en el bracito de la niña.

Justo donde la piel es más fina. Justo donde duele más.

Ella quiso gritar. Pero solo salió un gemido. Un sonido animal, ronco, que ni siquiera parecía humano.

El hombre apagó la brasa contra su carne. La oyó chisporrotear. Oyó su propio llanto. Y sonrió.

—Así no te olvidas de mí —dijo—. Cada vez que veas esa marca, te acordarás de quién eres. De quién te hizo.

La niña ya no lloraba. No le quedaban lágrimas. Solo temblaba. Un temblor pequeño, incontrolable, que le sacudía todo el cuerpo.

—No se lo digas a nadie —susurró él, acercando su cara a la de ella—. Porque si lo haces… la próxima vez no será solo un cigarro.

Se levantó. Subió las escaleras. Cerró la puerta del sótano.

La niña se quedó sola en la oscuridad. Con el dolor en su entrepierna. Con la quemadura en el brazo. Con una pregunta que ya no necesitaba respuesta.

¿Por qué papá?

Porque sí. Porque podía. Porque era suya.

Ninguna de esas respuestas consolaba.

Ninguna servía

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