Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 8
El lago del palacio se extendía tranquilo bajo la luz suave de la tarde. El agua reflejaba el cielo claro y las copas de los árboles que lo rodeaban, creando una escena casi perfecta.
—He pensado que podríamos remar un poco por el lago —dijo Lina con una sonrisa luminosa—. Solo nosotras dos.
Irene miró el pequeño bote de madera atado al embarcadero. Su expresión se volvió ligeramente incómoda.
—Su alteza… tal vez no sea una buena idea —respondió con cautela—. No sé nadar.
Lina la miró con aparente sorpresa y luego soltó una risa ligera.
—Oh, no se preocupe por eso. El lago no es profundo. Apenas llega a la cintura.
Aquello no era cierto.
Irene dudó un momento más. Había algo insistente en la actitud de Lina, una presión amable pero firme que apenas dejaba espacio para negarse.
—De verdad no hay problema —añadió Lina mientras ya desataba la cuerda del bote—. Además, quiero conversar con usted tranquilamente.
Sin esperar una respuesta definitiva, prácticamente la tomó del brazo y la guio hacia el bote.
Irene terminó subiendo con cuidado.
El bote se alejó lentamente de la orilla.
Durante los primeros minutos reinó un silencio ligero. Lina remaba con soltura mientras el agua se abría en ondas suaves a cada movimiento.
Luego habló.
—Ezra siempre ha sido muy atento conmigo —comentó con naturalidad—. Desde que éramos más jóvenes.
Irene la miró en silencio.
—A veces era casi excesivo —continuó Lina con una pequeña risa—. Recuerdo una vez que insistió en acompañarme bajo la lluvia solo para asegurarse de que llegara bien a casa. Terminó completamente empapado.
La voz de Lina estaba cargada de una nostalgia delicada.
—También hubo un invierno en que enferm é… —añadió—. Ezra prácticamente no se separó de mi lado.
Sus palabras estaban llenas de detalles que parecían escogidos con cuidado.
Irene escuchaba con una expresión tranquila.
Lina esperaba alguna reacción: celos, incomodidad, al menos una sombra de disgusto.
Pero Irene simplemente asentía de vez en cuando.
Aquello comenzó a irritarla.
—Es curioso —dijo Lina inclinando ligeramente la cabeza—. Algunas personas encuentran extraño que alguien como yo haya llegado a ser princesa heredera.
Sus ojos verdes se posaron con intensidad sobre Irene.
—Después de todo… no nací en una familia noble.
Esperó.
Silencio.
—Imagino que para alguien de su posición eso debe resultar… incómodo.
Irene comprendió entonces.
Ese era el verdadero objetivo de la conversación.
Sonrió con suavidad.
—En absoluto, su alteza.
Lina frunció apenas el ceño.
—¿De verdad?
—Sí —respondió Irene con calma—. Creo que el mérito personal vale más que el origen. De hecho, su historia es admirable.
Las palabras fueron medidas, elegantes… y completamente inútiles para el plan de Lina.
La paciencia de la princesa comenzó a resquebrajarse.
Disimuladamente, Lina lanzó una mirada hacia la orilla.
Allí, entre los árboles, una doncella observaba.
Lina hizo un gesto casi imperceptible.
La doncella asintió y se alejó apresuradamente.
En otro sector del palacio, el príncipe Eliott conversaba con Ezra cuando la doncella llegó corriendo.
Sus ojos estaban rojos, su respiración entrecortada.
—¡Su alteza! —exclamó entre sollozos—. ¡Debe venir rápido!
Eliott se tensó.
—¿Qué sucede?
—La princesa Lina… —dijo con voz temblorosa—. La señorita Irene… la ha insultado. Ha dicho cosas horribles sobre ella.
Ezra frunció el ceño de inmediato.
—¿Qué dijo exactamente?
—Que… que alguien de su origen no merece ser princesa heredera… que la familia real pierde prestigio teniéndola como nuera…
Las palabras salieron atropelladas entre lágrimas.
Eliott palideció de ira.
—¿Dónde están?
—En el lago.
Sin decir una palabra más, Eliott comenzó a caminar con rapidez hacia allí.
Ezra lo siguió.
Cuando llegaron al lago, el bote acababa de regresar al embarcadero.
La escena era extraña.
Lina lloraba desconsoladamente.
Irene la observaba con auténtica confusión.
—Su alteza… ¿qué sucede? —preguntaba Irene—. ¿Se siente mal?
Al ver acercarse a Eliott, Ezra y la doncella, Irene comprendió.
Había caído en una trampa.
Eliott se precipitó hacia Lina y la rodeó con los brazos.
—¿Qué te hizo?
Su mirada hacia Irene era casi asesina.
—¿Qué es lo que tiene que decir al respecto, señorita Blanch? —preguntó con frialdad.
Antes de que Irene pudiera responder, la doncella habló.
—¡Yo lo escuché todo! —dijo señalándola—. La señorita Irene dijo que la princesa no estaba al nivel de ser heredera… que la casa real perdía prestigio por su culpa.
Irene quedó completamente estupefacta.
—Eso no es cierto…
Buscó la mirada de Lina.
Pero la princesa solo sollozaba en el pecho de Eliott.
En ese momento Irene recordó las palabras de Rohan.
“La princesa es impulsiva… y de algún modo siempre termina haciendo lo que quiere. Para quienes la aprecian parece inocente, pero vista desde fuera puede ser caprichosa e imprudente. Por eso tenga cuidado.”
Había subestimado ese consejo.
—¡Cómo te atreves a insultarla y a la casa real! —estalló Eliott—. ¡Esto merece un castigo severo!
De pronto, una mano fuerte atrapó la muñeca de Irene.
Ezra.
La sujetaba con una fuerza que le hizo arder la piel.
Su mirada azul estaba llena de ira.
—¿Por qué dijiste eso?
Irene tardó un momento en reaccionar.
Había estado demasiado sorprendida.
—¿Ni siquiera vas a preguntarme si es verdad? —preguntó finalmente—. ¿Solo vas a asumirlo?
Ezra frunció más el ceño.
—No lo niegues cuando hay testigos.
Algo dentro de Irene se rompió.
Una risa breve y seca escapó de sus labios.
Sabía que algo así podía ocurrir.
Sabía que, ante cualquier situación, Ezra siempre estaría del lado de Lina.
Pero imaginarlo era muy distinto a vivirlo.
Sentía un nudo en la garganta.
Su muñeca temblaba bajo la presión de la mano de Ezra.
Quería llorar.
Pero sabía que en ese momento las lágrimas no servirían de nada.
Ezra abrió la boca para decir algo más.
Entonces—
Un el sonido de ramas crujiendo se oyó detrás de ellos.
Todos se giraron.
Un hombre salto de un árbol.
Era el segundo príncipe.
Erick León.
—¿Erick? —dijo Eliott, visiblemente sorprendido.
Erick León era el segundo príncipe del reino. Entre ambos nunca había existido una buena relación, y su desprecio hacia Lina era aún más evidente. La sorpresa de Eliott no era injustificado, Erick había estado destinado durante más de un año en la frontera sur, como capitán de la caballería encargada de custodiar aquella zona de permanente tensión con el reino vecino. Su regreso no había sido anunciado.
Cuando Lina escuchó su nombre, su cuerpo se tensó de inmediato. Giró ligeramente la cabeza para comprobar si lo que Eliott había dicho era cierto.
Y lo era.
Erick estaba allí.
Justo en ese instante, su mirada se cruzó con la de Lina. El príncipe la observó como si contemplara algo desagradable, casi repulsivo. Luego, una leve sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.
—Qué curioso —dijo con calma— que todo lo que esta doncella afirmó no lo haya dicho esta señorita…
Eliott lo miró con evidente disgusto.
Irene, en cambio, sintió un profundo alivio al comprender que había un testigo inesperado.
—¿Qué? —murmuró Ezra, confundido.
Erick ni siquiera lo miró. Su atención permanecía fija en Lina, y cuando habló su voz se volvió punzante.
—Vamos, santa Lina— dijo con ironía— … ¿vas a decir la verdad o seguirás con esa ridícula actuación?
—¡Ten cuidado con cómo le hablas! —intervino Eliott con firmeza.
Erick soltó una breve carcajada.
—Entonces, si tú no hablas… hagamos que hable tu doncella.
Con un movimiento rápido desenvainó su espada. El metal brilló bajo la luz del atardecer cuando la apuntó directamente hacia la doncella, que cayó de rodillas de inmediato, temblando.
—Veamos cuánto te aprecia tu ama… si prefiere mantener su ridículo espectáculo o salvar tu vida.
El silencio que siguió fue pesado.
—Vas a decir la verdad —continuó Erick con frialdad— o seguirás manteniendo esa mentira. He estado aquí desde antes de que ustedes llegaran. Escuché toda su conversación… desde lo que dijeron en el bote hasta lo que hablaron en la orilla. Y sabes perfectamente que esta señorita nunca dijo algo así.
Su mirada se volvió más oscura.
—Si no hablas en cinco segundos… cortaré la cabeza de esta doncella por dar falso testimonio.
Lina se tensó aún más entre los brazos de Eliott. Sus hombros comenzaron a temblar y los sollozos volvieron a sacudirla, pero no decía una sola palabra.
En ese punto, ni Ezra ni Eliott comprendían del todo lo que estaba ocurriendo.
—¿Qué fue exactamente lo que pasó, Lina? —preguntó Eliott, tratando de mantener la calma—. Habla con claridad para solucionar este asunto.
Pero Lina solo lloraba, inconsolable.
Erick comenzó a contar.
—Cinco…
La doncella comenzó a llorar desesperadamente.
—Cuatro…
—¡Por favor, perdóneme! —suplicó la mujer entre sollozos—. ¡Debí haber entendido mal!
Lina no reaccionó. Ni siquiera miró a su doncella.
—Tres…
La mujer volvió a suplicar, esta vez mirando a Lina.
—¡Mi señora, por favor! ¡Diga algo!
Pero Lina solo tembló más, aferrándose a Eliott.
—Dos…
El filo de la espada descendió un poco más.
—Uno…
Justo antes de que terminara la cuenta, Irene se libro del agarre de Ezra.
—Disculpe, su alteza… —dijo con voz serena, dirigiéndose a Erick.
El príncipe volvió la mirada hacia ella.
Y sonrió.
—¿Sí? —respondió con una amabilidad que contrastaba de manera inquietante con la fría violencia que acababa de mostrar.
—Sé que no soy nadie para decirle qué hacer… —continuó Irene—, pero por favor no le haga daño a esa mujer.
Durante un instante nadie habló.
Entonces Erick bajó la espada.
La guardó con tranquilidad y caminó hacia Irene.
Al detenerse frente a ella, levantó una mano y acarició suavemente su mejilla con el pulgar.
—No solo eres hermosa, señorita —murmuró—. También eres compasiva.
Irene permaneció completamente inmóvil. Su expresión era serena mientras sostenía la mirada del príncipe.
Erick desvió la vista hacia Lina y la doncella.
Su voz, cuando volvió a hablar, tenía un tono tan frío que resultaba escalofriante.
—Si fuera a mí a quien intentaran calumniar de esta forma… cortaría sus cabezas sin dudarlo.
Luego Irene hizo una pequeña reverencia.
—Le agradezco su intervención, alteza. Gracias a usted no ocurrió una injusticia...
Se enderezó con calma.
—Ahora me retiro.
No miró a nadie más. No se despidió de nadie.
Simplemente comenzó a caminar.
Habían avanzado apenas unos pasos cuando Ezra reaccionó.
—¡Espera! —dijo con un tono desesperado, intentando tomar su muñeca.
Pero Irene retiró el brazo con rapidez, evitando que él la tocara.
Ezra se detuvo en seco.
Entonces vio la marca roja que rodeaba el brazo de Irene.
La había hecho él.
Irene no solo había evitado que volviera a tocarla… ni siquiera se volvió para mirarlo.
Ezra sintió que algo dentro de su pecho se contraía con fuerza.
No tuvo el valor de moverse.
Solo pudo observar cómo Irene se alejaba.
Y permaneció allí, inmóvil, sin siquiera poder pronunciar una sola palabra.
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener