Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.
Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.
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El Expediente
CAPÍTULO 11: El Expediente
Margaret McCormick cerró la puerta de su oficina con un golpe seco. El expediente de la Operación Lavado Blanco tembló en sus manos. Lo dejó caer sobre la mesa de roble como si pesara cien libras.
— Watson venga a mi oficina un momento —dijo Margaret por intercomunicador sin levantar la voz, pero en tono autoritario.
Y en pocos segundos, su asistente apareció en el marco de la puerta.
—Aquí estoy a la orden señora McCormick.
—Necesito todo el historial de los movimientos bancarios, de Alfred McCormick. Y quiero una reunión con el agente a cargo del caso Dragunov, para hoy mismo.
Watson dudó. Era un hombre joven eficiente, pero no un tonto.
—Señora McCormick, usted sabe que no puede estar en este caso, porque su hijo está siendo investigado y eso genera un conflicto de intereses. Su hijo es...
—Sé quién es mi hijo —lo interrumpió ella, determinación—. No estoy en el caso, pero necesito recopilar información. Si más adelante resulta que mi hijo es un criminal, yo misma lo arrestaré y le ponderé las esposas. Pero primero quiero saber si es una víctima o un cómplice.
Watson asintió porque sabía que cuando su jefa se proponía algo, tratar de discutir con ella era inútil.
—A su orden.
El asistente dio media vuelta y salió.
Margaret se quedó sola frente al expediente abierto. La primera página mostraba una foto de Alfred, su único hijo, firmando un contrato con una sonrisa de confianza. Ella no lo había visto sonreír así desde que era niño.
Cerró el expediente porque no podía seguirlo mirando, sin que un fuerte sentimiento de culpa le oprimiera el corazón.
A la mañana siguiente, Margaret se presentó en la oficina del agente especial Derek Vaughn. El oficial Vaughn era un hombre de cuarenta y tantos años, con cara de pocos amigos, y la reputación de no soltar un caso, hasta que no veía correr la sangre. Al verla frente a su puerta, Vaughn no la invitó a sentarse.
—Usted no debería estar aquí, señora McCormick —dijo, apoyado en su escritorio con los brazos cruzados.
—Ya lo sé —respondió ella, sin moverse de la puerta—. Pero ya estoy aquí, y necesito saber si mi hijo es un testaferro consciente, o un idiota útil que la mafia está manipulando.
Vaughn arqueó una ceja, y empezó a tamborilear con los dedos sobre el buró. Era un hombre al que le gustaba la franqueza, aunque no la aprobaba en situaciones comprometedoras como esta.
— ¿Y por qué debería contarle algo, si este caso es confidencial?
—Porque si Alfred es inocente, yo puedo ayudarlo a salir de ese lío antes de que se estrelle. Y si es culpable —hizo una pausa— le prometo que será el primero en caer. ¡Ningún hijo se salva de su madre, cuando su progenitora es una oficial del FBI!
El silencio se hizo denso, y Vaughn se quedó pensativo un largo minuto, evaluando la situación. Luego abrió un cajón, sacó una carpeta delgada, y la deslizó sobre la mesa.
—Siéntese —dijo—. Pero sepa que esto no queda entre nosotros, porque tengo que reportar esta conversación a mis superiores.
—Haga lo que tenga que hacer —respondió Margaret, sentándose—. Porque yo también la voy a reportar.
Vaughn abrió la carpeta.
—Hasta donde sabemos, su hijo no está en la cadena de mando de Dragunov. No da órdenes, no recibe instrucciones directas. Pero puso cincuenta mil en la empresa de Rizzo, otros cien mil en la de Dragunov, y eso lo convierte en un inversionista de la mafia rusa.
— ¿Y los fondos?
—Vienen de paraísos fiscales como Islas Caimán, Panamá, Delaware. El rastro es casi imposible de seguir. Pero podemos demostrar que las empresas, no tienen actividad comercial real. Son fachadas para el lavado de dinero.
Margaret no se permitió temblar, pasó las páginas del expediente con manos firmes, mientras Vaughn intentaba desestabilizarla marcando la situación de su hijo.
— ¿Qué riesgo corre Alfred?
Vaughn levantó dos dedos.
—Solo tiene dos opciones. Una: coopera, devuelve el dinero, y testifica contra Rizzo y Dragunov. Actuando de esa manera le dan inmunidad, o una condena leve. Dos: se niega a cooperar o huye. Ahí hablamos de cárcel federal, y una condena entre cinco y diez años.
— ¿Y la tercera opción? —Preguntó Margaret, con una calma que disimulaba el pánico—. Te pregunto de la nosotros sabemos que existe, pero no está en el manual de actuación del FBI.
Vaughn la miró a los ojos, y por primera vez algo humano apareció en su rostro.
—La tercera opción es que Dragunov se entere de que su hijo está siendo investigado, y decida que es un riesgo seguir vinculado a él. ¡En ese caso el riesgo no es la cárcel, es una bala, y eso usted lo sabe!
Margaret cerró la carpeta, y Vaughn se dio cuenta de que nudillos de su colega estaban blancos. Pero al comprender las razones de su estado, se hizo el desentendido.
—Gracias, agente Vaughn.
Se levantó y caminó hacia la puerta. Vaughn la detuvo con la voz.
—Señora McCormick... si yo fuera usted, lo sacaría del país ahora mismo. Antes de que sea demasiado tarde.
Ella no respondió. Le hizo un gesto de agradecimiento y salió. En el pasillo del FBI, Margaret caminó con la mirada al frente. No saludó a nadie. No respondió a los buenos días. Entró al baño de mujeres, se encerró en un cubículo, y se permitió lo que no se permitía desde hacía décadas, y lloró.
No fue un llanto bonito, de esos que salen en las películas. Fue un llanto seco, ahogado, con la mano tapándose la boca para que nadie la escuchara. Treinta segundos fue lo que se permitió llorando, para desahogarse. ¡Treinta segundos para ser madre, y no un agente del FBI frívola y desalmada! Luego se limpió las mejillas con el dorso de la mano, se miró en el espejo, y se recompuso.
—Los McCormick no lloran —se dijo a sí misma, como se lo había dicho a Alfred cuando era niño—. ¡Los McCormick cumplen con su deber!
Sin embargo por primera vez en su vida, Laura McCormick no estaba segura de cuál era su deber. Cuando volvió a su escritorio, había un mensaje en su teléfono de un número que no tenía registrado, y lo abrió.
"Margaret soy Laura. Necesito hablar con usted sobre Alfred. ¡Es una cuestión de Vida o muerte! Me reuniré con usted mañana al mediodía, en el parqueo del FBI. ¨Por favor no lleve escolta."
Margaret leyó el mensaje tres veces, y luego lo borró. Pero anotó la hora y el lugar en un papel, que guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—O mi nuera es muy valiente —murmuró—, o es muy estúpida.
No sabía cuál de las dos cosas era peor. Esa noche Margaret estaba en su casa minimalista, sin fotos familiares, sin recuerdos, sin nada que la atara al pasado. El expediente seguía sobre la mesa. No había podido cerrarlo cuando el teléfono sonó.
—Mamá —dijo Alfred con una voz, que Margaret no le escuchaba desde la adolescencia. Era una voz rota. Una voz de niño asustado—. ¡Me hace falta hablar contigo, necesito tu ayuda!
Margaret apretó el teléfono contra su oreja. Quería gritarle, quería preguntarle cómo se había metido en ese lío, por qué no investigó antes de invertir, por qué seguía siendo ese niño irresponsable que siempre fue. Pero no lo hizo.
—Ya lo sé, Alfred. Ya lo sé todo.
— ¿De qué hablas?
—Del dinero que pusiste en esas empresas que no son legales. Son una fachada para lavar dinero de la mafia rusa. El FBI tiene un expediente abierto y tu nombre está ahí.
Primero hubo silencio. Luego Margaret escucho un sollozo seco, un sollozo apenas contenido a través del auricular.
—Dios mío Laura tenía razón —susurró Alfred—. Ella me dijo que investigara, que no confiara. Y yo no la escuché.
—Laura es más inteligente que tú —dijo Margaret, y por primera vez en años su voz no fue fría. Fue cansada. Fue una voz de madre—. Eso ya lo sabía desde que la vi en tu boda por video llamada. Pero no importa. Ahora tenemos que sacarte de esto.
— ¿Cómo?
—Mañana voy a Wisconsin. Necesito verte, y de paso hablar con ella.
— ¿Con Laura?
—Sí. Laura es la única de los dos, que tiene la cabeza fría.
Alfred no preguntó cómo su madre sabía, que Laura quería verla. Solo dijo:
—Está bien. Te esperamos.
Margaret colgó y guardó el teléfono. Y por primera vez en su vida, rezó. No sabía bien a quién. Su oración no iba dirigida a ningún dios en particular, solo al vacío.
—Cuídalos —dijo—. ¡Por favor cuídalos!
A la mañana siguiente, Margaret tomó un vuelo privado del FBI hacia Milwaukee. En el avión repasó el expediente una vez más. Las fotos de su hijo; las cuentas bancarias; Los nombres de los mafiosos. Cuando el piloto anunció el descenso, Margaret McCormick se preparó para hacer lo que mejor sabía: enfrentar el peligro de frente. Pero no estaba preparada, para lo que encontró en el parqueo del FBI.
Porque cuando su auto se detuvo frente a la entrada restringida, Laura ya estaba allí. No estaba sola. A su lado estaba un hombre de traje oscuro, que la sostenía del brazo. Tenía una sonrisa que Margaret reconoció al instante. Era Salvatore Rizzo. Y en su otra mano pegada a la espalda de Laura, como una amenaza silenciosa tenía una pistola.
—Bienvenida a Milwaukee, señora McCormick —dijo Rizzo—. Su nuera y yo estábamos esperándola.
Laura no dijo nada. Pero sus ojos fijos en los de Margaret, gritaban una sola palabra: ¡Ayuda!