Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 23
Esa mañana, Abril estaba en la cafetería.
Solía sentarse en la misma mesa. La del fondo. La que nadie quería. Allí nadie la molestaba. Allí podía leer, comer, existir sin que nadie le recordara que sobraba.
Pablo la vio desde la entrada.
La observó un momento. El cabello suelto. La cabeza inclinada sobre un libro. Una sonrisa pequeña, de esas que nacen solas.
Respiró hondo.
Caminó hacia ella.
—Hola —dijo, deteniéndose frente a su mesa.
Abril levantó la vista. Sus ojos se abrieron con asombro. Pablo. El chico popular. El del equipo de fútbol americano. El que todas querían. Ahí, parado frente a ella, mirándola como si ella fuera la única persona en el lugar.
—Hola —respondió ella, con una voz que intentaba sonar tranquila, pero sus manos apretaron el libro con fuerza—. ¿Qué tal?
Pablo dudó un segundo. Las manos le temblaban dentro de los bolsillos del pantalón.
—¿Me puedes dar tu número? —preguntó.
El silencio se hizo breve. Solo un segundo. Pero a él le pareció eterno.
Abril lo miró. Buscó burla en sus ojos. No encontró nada. Solo a él. Solo a Pablo, con una expresión que ella no sabía interpretar.
—Sí —dijo, y sonrió.
Le dio su número.
Pablo lo guardó en el teléfono con dedos torpes. Algo le ardía en el pecho. Algo que no era nervios. Algo peor.
Vergüenza.
Abril se quedó sentada, sorprendida, emocionada, sin saber qué hacer con las manos ni con la sonrisa que se le había instalado en la cara.
—Genial —dijo Pablo, forzando una sonrisa—. Te escribo.
Se dio vuelta.
Y caminó hacia la salida.
Cuando estuvo lejos, cuando nadie podía verlo, Pablo se apoyó contra una pared y cerró los ojos.
Las manos le temblaban.
Todo le temblaba.
—No, no puedo —susurró—. No puedo hacerle daño.
El eco de sus propias palabras rebotó en el pasillo vacío.
Apretó los puños.
Abrió los ojos.
Y siguió caminando.
Porque necesitaba el dinero.
Porque necesitaba irse de su casa.
Porque necesitaba ser libre.
Y para eso, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa.
O eso creía.
Esa noche, Pablo estaba sentado en su habitación.
El teléfono descansaba sobre la mesa de noche, la pantalla apagada, el número de Abril guardado en sus contactos como una bomba de tiempo.
Llevaba una hora mirándolo.
"Escribele", pensó. "Haz lo que tienes que hacer."
Pero sus dedos no se movían.
Cada vez que intentaba escribir algo, la imagen de Abril sonriendo en la cafetería aparecía en su cabeza. Esa sonrisa genuina, sin filtros, sin miedo. La sonrisa de alguien que no esperaba nada de nadie y que, sin embargo, le había dado su número como si fuera lo más natural del mundo.
Pablo apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos.
—Es solo una apuesta —se dijo en voz baja, como si convencerse a sí mismo fuera posible—. Solo es dinero. Solo es mi futuro.
Pero no funcionaba.
"¿Y ella?", preguntó una voz dentro de él. "¿Qué va a ser de ella cuando termines con la broma?"
Pablo apretó los dientes.
Tomó el teléfono.
Escribió: "Hola, soy Pablo. ¿Cómo estuvo tu día?"
Miró el mensaje. Lo leyó tres veces. El corazón le latía con fuerza, como si estuviera haciendo algo prohibido.
Y lo estaba.
Pero no por la razón que creía.
Presionó "enviar".
Del otro lado de la ciudad
Abril estaba en su cama, leyendo un libro, cuando el teléfono vibró.
Vio el nombre. "Pablo".
Sus ojos se abrieron.
"Hola, soy Pablo. ¿Cómo estuvo tu día?"
Lo leyó una vez. Dos veces. Tres.
Se quedó mirando la pantalla, sin saber qué hacer. Él, el chico popular, el guapo, el que todas querían, le estaba escribiendo. A ella. A la gorda. A la invisible.
Sus dedos temblaron mientras respondía.
"Hola. Normal. Leyendo. ¿Y el tuyo?"
Parecía una respuesta tonta. Cortante. Pero no sabía cómo hacer esto. Nadie le escribía mensajes bonitos. Nadie le preguntaba por su día.
El teléfono vibró de nuevo.
"Largo. Pero ahora mejor."
Abril sonrió.
Sonrió como no lo hacía desde hacía mucho tiempo.
Y en su habitación, completamente sola, se permitió sentirse especial.
Aunque fuera solo por un rato.
En la habitación de Pablo
Pablo vio el mensaje de Abril. Sonrió sin querer.
—Mejó —dijo en voz alta, riéndose de sí mismo—. ¿Largo pero ahora mejor? Qué idiota.
Pero no podía negarlo.
Escribirle se sentía bien.
Demasiado bien.
Guardó el teléfono bajo la almohada, como si pudiera esconder lo que estaba sintiendo. Apagó la luz. Cerró los ojos.
Pero antes de dormir, una última imagen apareció en su mente.
No era el millón de dólares.
No era su habitación vacía.
No era el rostro enojado de su padre.
Era ella.
Abril.
Sonriendo por un mensaje suyo.
Y esa noche, Pablo durmió mal.
No por los gritos de sus padres.
No por el miedo.
Por la culpa.
La culpa de saber que, aunque ese mensaje había sido sincero, al final todo era una mentira.