Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."
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Capítulo 7: El Juego de las Sombras
El sol de Neo-Luxor se filtraba a través de las láminas de oro del solárium privado de la Torre Ra, proyectando sombras alargadas que parecían rejas sobre el suelo de mármol. Amara permanecía sentada en un diván de terciopelo azul, vestida con una túnica de seda ligera que apenas rozaba su piel todavía sensible. En su regazo descansaba un libro de historia antigua, pero sus ojos no veían las letras; veían el rostro de Dario en la penumbra del muelle.
—Su té, señora Al-Mansur —dijo una voz joven.
Era Yusuf, el guardia que le había entregado el mensaje en la gala. Al dejar la bandeja de plata sobre la mesa de cristal, sus dedos rozaron la mano de Amara con una rapidez calculada. En ese instante, dejó un pequeño objeto envuelto en una servilleta de lino.
—Él dice que el sol quema, pero el mar siempre espera —susurró Yusuf antes de retirarse a su posición junto a la puerta, recuperando su postura rígida de estatua.
Amara sintió un vuelco en el corazón. Con manos temblorosas, abrió el envoltorio. Dentro había una pequeña caracola de mar, desgastada y blanca, un recuerdo de los días en que hablaban de escapar a la costa. Era una prueba real de que Dario no era un espejismo de su desesperación. Estaba allí, en las entrañas de la Ciudad del Sol, arriesgando su vida por ella.
De repente, el aire en la habitación cambió. No hubo sonido, pero Amara supo que él estaba allí. Maximilian entró con la elegancia depredadora que lo caracterizaba. Ya no vestía el traje formal, sino una túnica de seda gris oscuro que resaltaba sus brazos fuertes y su pecho marcado. Su barba estaba perfectamente delineada, pero sus ojos café la recorrieron con una suspicacia que la hizo encogerse.
—Te ves mejor hoy —dijo él, caminando hacia ella. Se detuvo a centímetros del diván, su sombra cubriéndola por completo—. El color ha vuelto a tus mejillas. ¿Es el aire del solárium o hay algo más que te anima, Amara?
Ella cerró el puño alrededor de la caracola, ocultándola entre los pliegues de su vestido.
—Es simplemente que he aceptado mi realidad, Maximilian. No tiene sentido luchar contra el dueño de la ciudad.
Maximilian se sentó a su lado, tan cerca que ella podía oler su perfume de sándalo y tabaco caro. Él tomó su mentón con suavidad, obligándola a mirarlo. Sus dedos largos recorrieron la mandíbula donde días atrás había impactado su bofetada. Ahora solo quedaba una sombra casi invisible, pero el recuerdo quemaba entre ellos.
—Me gusta cuando eres razonable —murmuró él, su voz volviéndose baja y ronca—. He cancelado mis reuniones de la tarde. Quiero que pasemos tiempo juntos. Quiero que aprendas a disfrutar de lo que significa ser mi esposa, sin el drama de las huidas ridículas.
Él se inclinó, buscando sus labios. Amara no se apartó, pero mantuvo sus labios cerrados, fríos. Era un beso de hielo contra fuego. Maximilian soltó un gruñido de frustración y se separó apenas unos milímetros.
—Sigues siendo una pared de cristal, Amara. Pero recuerda algo: el cristal se puede calentar hasta que se derrita… o se puede romper hasta que no quede nada. No me obligues a elegir la segunda opción.
—Ya elegiste la segunda opción la noche de bodas, Maximilian —respondió ella con una voz que no tembló.
Él apretó la mandíbula, su orgullo herido luchando contra el deseo que sentía por ella. Se levantó bruscamente, sus manos grandes cerrándose en puños.
—Mañana saldremos de la ciudad. Vamos a mi retiro en el desierto. Allí no habrá distracciones, ni guardias indiscretos, ni recuerdos de empleados mediocres. Solo tú y yo.
Maximilian salió de la habitación sin mirar atrás. Amara abrió la mano y observó la caracola. El retiro en el desierto era una sentencia; allí estaría totalmente aislada. Si quería escapar, si quería ver a Dario, tenía que hacerlo esa misma noche, bajo el mismo sol que Maximilian creía poseer.