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Ángel De La Muerte

Ángel De La Muerte

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Mafia / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.

¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?



Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: La Hora de las Decisiones

La noche se cerró sobre el motel como una trampa. Kaeil había apagado el portátil para ahorrar batería, pero la imagen de la pantalla seguía grabada en sus retinas: el mensaje enviado, el destino incierto, la espera.

En la habitación, el silencio era incómodo. Elena se había acostado junto al niño en una de las camas, haciéndose la dormida, aunque Kaeil notaba su respiración agitada. Mateo estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, el hacha —no se había separado de ella en ningún momento— cruzada sobre las rodillas. Miraba al infinito con una expresión que Kaeil conocía bien: la mirada de alguien que ha perdido demasiado y no está dispuesto a perder más.

Jessica seguía en la ventana, separando la cortina con dos dedos apenas, observando el aparcamento vacío. Llevaba así más de una hora, sin moverse, como una estatua. Kaeil se preguntó cuántas noches habría pasado así, vigilando, esperando, sola.

—Deberías descansar —dijo en voz baja, acercándose a ella.

—No puedo.

—Yo vigilo un rato.

Ella volvió la cabeza y lo miró. En la penumbra, sus ojos brillaban como los de un gato.

—¿Sabes siquiera lo que hay que vigilar?

—Coches que se acerquen sin luces. Hombres moviéndose entre las sombras. Sonidos que no encajan.

Jessica arqueó una ceja.

—Has aprendido rápido.

—Tengo un buen profesor.

Ella sonrió, pero era una sonrisa cansada. Luego, con un suspiro, se apartó de la ventana y se sentó en el borde de la cama vacía. Kaeil ocupó su lugar, separando la cortina exactamente como ella había hecho.

—No tapes toda la ventana —dijo ella desde atrás—. Deja solo un espacio. Si tapas toda la silueta, te ven desde fuera.

Kaeil corrigió la posición. El cristal estaba frío contra su mejilla.

—¿Crees que vendrán esta noche? —preguntó.

—No lo sé. Si eran los mismos de antes, probablemente estén reorganizándose. El equipo que envía el gobierno no suele ser tan torpe. Esos de la furgoneta... eran mercenarios. Contratados por alguien con prisa.

—¿Crawford?

—O alguien que trabaja para él. Un senador con su poder no ensucia las manos directamente. Tiene gente para eso.

Kaeil asintió, aunque ella no podía verlo. La noche era quieta, solo el viento moviendo las ramas de los árboles al otro lado de la carretera.

—¿Qué pasará cuando todo esto termine? —preguntó de repente.

—¿Cómo?

—Cuando acabemos con Crawford, cuando la historia se publique, cuando Mateo y su familia estén a salvo. ¿Qué pasará contigo?

Hubo un largo silencio. Kaeil oyó el roce de la ropa de Jessica moviéndose en la cama.

—Nunca pienso en eso —respondió ella al fin—. En mi trabajo, pensar en el futuro es peligroso. Te hace descuidar el presente.

—Pero ahora no estás trabajando. Ahora... —Kaeil dudó—. Ahora es diferente, ¿no?

—¿Por qué sería diferente?

—Porque estamos aquí. Hablando. Porque hace unas horas estábamos... bueno, ya sabes.

Otro silencio. Más largo. Kaeil se atrevió a volverse y la vio sentada en la cama, con la cabeza gacha, el pelo rubio cayéndole sobre el rostro.

—No sé qué somos —dijo Jessica en voz baja—. No sé si podemos ser algo. Mi vida no está hecha para... para esto.

—¿Para qué?

—Para querer a alguien. Para que me quieran.

Kaeil sintió que algo se rompía dentro de él. Dejó la ventana y fue a sentarse a su lado. No la tocó, no se atrevió, pero estuvo cerca. Muy cerca.

—Mereces ser querida —dijo—. Mereces algo bueno.

—No sé si lo creo.

—Pues yo lo creo por ti. Hasta que tú puedas creerlo.

Jessica levantó la cabeza y lo miró. En sus ojos, Kaeil vio algo que no había visto antes: vulnerabilidad. Miedo. Esperanza.

—Eres un tonto —susurró ella.

—Ya lo sé.

—Un tonto con un portátil y una mochila llena de secretos.

—Y con una pistola eléctrica que no sirve para nada.

Ella se rió. Una risa baja, ronca, que parecía salir de muy adentro.

—Esa pistola es una mierda, sí.

—Pero tú no. Tú eres increíble.

Se miraron. La distancia entre ellos era de centímetros. Kaeil podía sentir el calor de su cuerpo, su olor, la intensidad de su mirada.

—Kaeil... —empezó ella.

—Lo sé —la interrumpió él—. No es el momento. Hay demasiadas cosas en juego. Pero no quería que pasaras un segundo más sin saberlo. Sin saber que para mí eres importante. Que pase lo que pase, esto ha valido la pena.

Jessica lo miró largamente. Luego, muy despacio, acercó su mano a la de él y entrelazó sus dedos.

—Gracias —susurró.

—¿Por qué?

—Por hacerme sentir que todavía puedo sentir.

Se quedaron así, mano a mano, en silencio, mientras la noche avanzaba. Afuera, el viento seguía moviendo las ramas. En la otra cama, Elena y el niño dormían. En el suelo, Mateo seguía con los ojos abiertos, mirándolos, pero no dijo nada.

El móvil de Kaeil vibró.

Se separaron como si les hubiera dado una descarga. Kaeil sacó el teléfono, miró la pantalla.

—Es Kane —dijo—. El periodista. Responde.

Abrió el mensaje. Era corto, cifrado, pero claro:

"Recibido. Entiendo la urgencia. Propongo reunión en 48 horas. Lugar: Biblioteca Pública de Filadelfia, sección de historia local, 3ª planta. Venid solos. Traed todo. Confirmad."

Kaeil leyó el mensaje en voz alta. Jessica asintió lentamente.

—Filadelfia está a tres horas. Podemos llegar mañana por la noche, esperar un día, y presentarnos a la hora acordada.

—¿Confías en él? —preguntó Mateo desde el suelo.

—No del todo —admitió Jessica—. Pero es la única opción que tenemos.

—¿Y si es una trampa?

—Siempre puede ser una trampa. Pero si Kane quisiera delatarnos, habría llamado a la policía o al FBI directamente. No perdería el tiempo montando una reunión.

Mateo reflexionó un momento. Luego asintió.

—De acuerdo. Filadelfia.

Kaeil tecleó la respuesta: "Confirmado. Estaremos allí."

El mensaje se perdió en la red. La noche siguió su curso.

---

A la mañana siguiente, emprendieron el viaje. La camioneta de Mateo tenía el cristal trasero roto y varios impactos de bala en la carrocería, pero aún funcionaba. Jessica condujo la mayor parte del trayecto, mientras los demás turnaban para vigilar y dormitar.

Elena apenas hablaba. El niño, que se llamaba Daniel, parecía haberse acostumbrado ya a los sobresaltos; jugaba con un cochecito de plástico en el regazo de su madre, ajeno al peligro. Mateo lo miraba a veces con una expresión de ternura y dolor que partía el alma.

—¿Cómo os conocisteis? —preguntó Kaeil en un momento de la tarde, mientras cruzaban los campos de Pensilvania.

Mateo tardó en responder.

—En México —dijo al fin—. Llevaba dos años huyendo, viviendo en la calle, cuando conocí a su familia. Eran de El Salvador, habían cruzado la frontera igual que yo, buscando una vida mejor. Su padre me acogió, me dio trabajo en su taller. Elena y yo... bueno, pasó lo que pasa.

—¿Y cuándo decidisteis venir a Estados Unidos?

—Hace tres años. La situación en México se estaba poniendo difícil. Las pandillas, los extorsionadores... no era lugar para criar a un hijo. Pensamos que aquí podríamos empezar de cero. Con nombres falsos, trabajo duro, pero al menos seguros.

Miró por la ventana, el paisaje que se deslizaba.

—Menuda estupidez, ¿eh? Creer que se puede estar seguro en algún sitio.

—No fue una estupidez —dijo Jessica sin apartar la vista de la carretera—. Fue esperanza. Y la esperanza no es estúpida. Es lo único que nos mantiene vivos.

Mateo la miró, sorprendido.

—No esperaba eso de ti.

—¿Por qué? ¿Porque soy una asesina?

—Porque pareces... no sé. Tan dura. Tan fría.

—La dureza es una coraza —respondió Jessica—. Debajo, todos somos iguales. Todos tenemos miedo. Todos queremos que alguien nos quiera. Todos queremos creer que mañana puede ser mejor.

Kaeil la miró. Hablaba con una honestidad que no le había visto antes. Pensó que quizás, en esos días de huida y peligro, algo estaba cambiando en ella. O quizás siempre había sido así, y solo ahora se atrevía a mostrarlo.

Llegaron a Filadelfia al atardecer. La ciudad se extendía ante ellos con sus luces, sus rascacielos, su tráfico. Encontraron un motel barato en las afueras, pagaron en efectivo y se encerraron a esperar.

El día de la reunión, Kaeil apenas pudo desayunar. Los nervios le retorcían el estómago. Jessica, en cambio, estaba serena. Comió, bebió café, revisó sus armas. Parecía prepararse para una misión más.

—Tranquilo —le dijo al verlo—. Solo es una conversación.

—¿Y si sale mal?

—Siempre podemos matarlos y salir corriendo.

—No es gracioso.

—No es broma.

Kaeil la miró, y ella sonrió.

—Relájate. Iré contigo. Mateo se queda aquí con su familia. Si algo pasa, que huya. Nosotros dos podemos manejar lo que venga.

—¿Seguro?

—Seguro.

Se miraron un instante. Luego, sin mediar palabra, Jessica se inclinó y lo besó. Fue un beso corto, rápido, pero lleno de significado.

—Por si acaso —dijo.

—¿Por si acaso qué?

—Por si acaso no volvemos.

Salieron del motel y tomaron un taxi hacia el centro. La biblioteca pública era un edificio imponente de piedra gris, con columnas y escalinatas. Subieron a la tercera planta sin hablar, sus pasos resonando en el silencio de la sala.

La sección de historia local estaba vacía. Estanterías polvorientas, mesas de madera, olor a papel viejo. Al fondo, junto a una ventana que daba a la calle, un hombre los esperaba.

Era más joven de lo que Kaeil esperaba. Tendría unos cuarenta años, pelo castaño con canas incipientes, gafas de pasta. Vestía una chaqueta de tweed gastada y sostenía un libro en las manos, como un cliente más.

—¿Kane? —preguntó Jessica al acercarse.

El hombre levantó la vista y sonrió.

—Jessica Greys —dijo—. He oído mucho de usted.

—¿Cosas buenas?

—Cosas interesantes. Siéntense.

Se sentaron frente a él. Kane cerró el libro y lo dejó sobre la mesa.

—Antes de nada, quiero ver los archivos.

Kaeil sacó el portátil, lo encendió y se lo mostró. Kane fue desplazándose por los documentos con una expresión que pasaba de la sorpresa a la incredulidad y de ahí a una furia contenida.

—Dios mío —murmuró—. Esto es... esto es enorme.

—Lo sabemos —dijo Jessica—. ¿Puede publicarlo?

—Puedo intentarlo. Pero necesito algo más. Necesito a Mateo. Su testimonio.

—Está cerca. Con su familia.

—¿Su familia? —Kane arqueó las cejas—. No lo mencionaron.

—Porque no sabíamos si podíamos confiar en usted —respondió Jessica sin rodeos.

Kane asintió lentamente.

—Es comprensible. Mire, yo he dedicado mi vida a destapar este tipo de cosas. He recibido amenazas, he perdido amigos, he estado a punto de morir. Si me traen a Mateo, juro por lo que más quiero que haré todo lo posible para que su historia salga a la luz. Pero necesito que confíen en mí.

Kaeil miró a Jessica. Ella lo miró a él. Luego, lentamente, asintió.

—Está bien —dijo Kaeil—. Se lo traeremos. Pero si esto es una trampa...

—Lo sé. Me matará. —Kane sonrió—. No se preocupe. No tengo intención de morir tan pronto.

Quedaron en encontrarse al día siguiente en un lugar distinto, más seguro. Kane les dio instrucciones precisas, un número de teléfono de emergencia, y se despidió con un apretón de manos.

Al salir de la biblioteca, el sol de la tarde calentaba las calles de Filadelfia. Kaeil sintió que, por primera vez en días, podía respirar.

—Parece de fiar —dijo.

—Parece —respondió Jessica—. Pero no bajaremos la guardia.

Caminaron hacia la parada de taxis. La ciudad bullía a su alrededor, ajena al drama que se cocía en sus entrañas. Gente que iba y venía, vidas normales, problemas normales. Kaeil los envidiaba.

—¿Qué piensas? —preguntó Jessica.

—Pienso que ojalá yo fuera uno de ellos. Alguien normal, con una vida normal.

—Las vidas normales también tienen problemas. Quizás no de este calibre, pero los tienen.

—Lo sé. Pero al menos no tienen que mirar por encima del hombro todo el tiempo.

Jessica se detuvo y lo miró.

—Cuando esto acabe —dijo—, podrás tener esa vida. Podrás ser normal.

—¿Tú crees?

—Lo sé. Eres demasiado bueno para este mundo. Demasiado decente. Merezcas algo mejor.

Kaeil sonrió.

—Tú también lo mereces.

Ella no respondió. Pero cuando el taxi llegó y subieron, su mano buscó la de él y no la soltó en todo el trayecto.

De vuelta al motel, los esperaba una sorpresa.

La habitación estaba vacía.

—¿Mateo? —llamó Kaeil en voz baja—. ¿Elena?

Silencio.

Jessica se movió como un rayo, pistola en mano, registrando el baño, el armario, detrás de las cortinas. Nada.

—Han desaparecido —dijo con el rostro pálido.

—¿Cómo? ¿Dónde están?

—No lo sé. Pero mira esto.

Señaló el suelo, junto a la cama. Había un pequeño cochecito de plástico, el juguete de Daniel. Y al lado, unas gotas de sangre.

Kaeil sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor.

—Nos han encontrado —susurró—. Dios mío, nos han encontrado.

Jessica apretó la pistola con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—No —dijo con una voz que daba miedo—. No han ganado. Aún no.

En ese momento, su móvil vibró. Un mensaje de un número desconocido.

"Tenemos a tu amigo y su familia. Si quieres verlos vivos, ven solo. Sin policía, sin periodistas. Lago Harmony, cabaña 7. Tienes hasta medianoche. Si no, empezaremos a enviar partes."

Jessica leyó el mensaje en voz alta. Luego miró a Kaeil.

—No pienso ir sola —dijo él.

—Tienes que hacerlo. Es lo que piden.

—Que se joda lo que piden. Voy contigo.

—Kaeil...

—No. No me digas que me quede. No puedo. No después de todo. No después de... —se interrumpió, la voz quebrada—. No después de ti.

Jessica lo miró largamente. Luego, muy despacio, asintió.

—De acuerdo. Vamos juntos. Pero prométeme una cosa.

—Lo que sea.

—Que si las cosas se ponen feas, huyes. Sin mirar atrás. Vives para contar la historia.

—Jessica...

—Prométemelo.

Kaeil dudó. Luego, con el corazón encogido, asintió.

—Te lo prometo.

Salieron del motel y se perdieron en la noche, hacia el lago Harmony, hacia la trampa, hacia lo que fuera que les esperaba.

En el asiento trasero del taxi, Kaeil apretó la mano de Jessica y rezó en silencio. No sabía a quién. No sabía cómo. Pero rezó.

1
Maria Laura Perez
Excelente
magali cangana
Hermosa historia que nace de la Vida, te muestra como un encuentro se transforma en un amor fuerte capaz de superar las adversidades con las que se encuentran en el camino, amistades que se prolongan en el tiempo capaces de transformarse en una gran familia amorosa, fuerte y leal. Felicitaciones autora sigue escribiendo más historias tan atractivas como esta.
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