VOLVER A AMAR - TEMPORADA II
Ella creció creyendo que el amor era resistencia, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.
Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y necesaria de su vida: irse.
Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.
Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.
Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.
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CAPÍTULO 24
Días después estaba parada frente al café, tomando aire antes de entrar. Cada músculo de mi cuerpo estaba alerta, lista para la actuación más importante de mi vida. Esta era una estrategia arriesgada, pero necesaria. Debía mantener la calma; todo dependía de cómo manejara esta conversación. Avancé con una sonrisa que parecía despreocupada, mientras mi corazón latía con fuerza, consciente de que Octavio estaba ahí, apenas a unos metros.
Él estaba sentado en una mesa del hotel exclusivo donde se celebraría la conferencia para empresarios. Tomaba un café, con su postura rígida intentando proyectar seguridad, su traje impecable, su sonrisa coqueta tratando de impresionar a la mesera que lo ignoraba con profesionalidad. Yo no sentí miedo; al contrario, cada fibra de mi ser estaba lista para enfrentar este juego.
—Hola, Octavio— dije con voz suave, mediendo cada palabra. —Qué coincidencia encontrarnos aquí, parece que está yendo mejor.
Octavio arqueó una ceja, sorprendido, con un gesto que traicionaba su incomodidad.
—Samantha…— respondió, con cortesía forzada.
Asentí, dejando que él percibiera que yo tenía el control de la situación. Mi mirada era fija, confiada, pero en mi interior cada segundo contaba.
—¿Puedo sentarme?— pregunté, tomando asiento frente a él. —Tengo una duda muy grande que atraviesa mi cabeza. Sé que estás peleando la custodia de Emiliano, él tiene siete años, así que lo concebiste aún cuando estábamos juntos. Me exigiste que no tuviéramos hijos hasta que estuviéramos estables, pero no tuviste cuidado y la embarazaste. ¿Esperabas poder aprovechar eso para que se casaran?— pregunté con aire a reproche, tan ensayado que esperaba que no se diera cuenta.
Octavio tragó saliva, y sus palabras empezaron a traicionarlo. Sus manos se movían inquietas sobre la mesa, como si buscara un sostén que no existía.
—Fue un accidente, ni siquiera tenía idea de que era millonaria— respondió, intentando sonar seguro, pero el temblor en su voz lo delataba.
—¿Si hubieses sabido que era millonaria, entonces el pequeño no hubiese sido un accidente? Nunca fui importante, ¿verdad?— pregunté, dejando entrever el dolor y la ira contenida, como si la traición aún ardía dentro de mí, aunque esa página la voltee hace mucho, y en mi corazón solo había amor para mi familia.
—Samantha, tú siempre fuiste especial, cuando tenga a Emiliano, podríamos estar juntos— balbuceó, visiblemente nervioso.
—No entiendo, te importa tu hijo o no, creo que su familia paterna podría confiar en ti, si renunciaras al dinero, y que se lo den cuando Emiliano cumpla la mayoría de edad— dije, bajando un poco la voz, midiendo cada sílaba.
—Sí… bueno… claro… Solo quiero asegurarme de… que tenga todo… lo que le corresponde…— dijo y su voz se tensaba, su mirada ya no buscaba intimidarme, sino justificar lo injustificable. Era evidente que lo que le interesaba realmente era la herencia.
—Claro— susurré, suavizando la voz, hablando como un niño pequeño. —Sería terrible que alguien viera a Emiliano solo como un medio para obtener dinero. Él merece alguien que lo cuide y piense en él primero.
Tomé su mano un instante, aunque por dentro quería gritar, sabía que era estrategia, pero su cercanía era asqueante. Su piel estaba fría, su pulso acelerado; su mirada buscaba algún control que ya no tenía.
—¿Por qué me traicionaste?, ¿porque no tenía dinero?, yo ahora tengo dinero, y todavía puede crecer— dije mirándolo directamente a los ojos, dejando que mi reproche y mi poder se sintieran en el aire.
—Pero no se compara con el dinero de los Belaúnde, lo que le dejó la madre y lo que dejarán los abuelos— respondió Octavio, titubeando, incapaz de sostener la mentira más tiempo.
—¿El dinero? ¿o el niño?— pregunté, dejando que la incredulidad, el desconcierto y la confusión se mezclaran en mi voz.
Octavio palideció y vaciló. Sus manos se movían nerviosas, su intento de recuperar el control era evidente.
—Sí… sí, solo quiero que nada le falte…— balbuceó, intentando recomponerse, pero ya era tarde. Su máscara se había caído, y habíamos conseguido exactamente lo que necesitábamos su motivación era la herencia, no Emiliano, grabada en video y en audio.
Por un instante, sonreí con calma, satisfecha, mientras la vibración del auricular me recordaba que Leonardo estaba escuchando y aprobando cada movimiento. Todo había salido como lo planeamos, Octavio había revelado su verdadera motivación sin darse cuenta.
—No te molesto más, creo que nunca fui suficiente para ti— susurré, levantando la mano suavemente y soltándola con elegancia.
—Samantha… después de que tenga a Emiliano, hablaremos, Leonardo no te conviene— dijo Octavio, intentando imponer su última amenaza, pero su voz era débil, vacía, casi patética.
No dije nada más. Me levanté con paso firme, enderecé los hombros y caminé hacia la salida. Por dentro, sentí la satisfacción tranquila de quien ha ganado sin levantar la voz. Lo que necesitaba estaba hecho, la evidencia que sustentaría nuestro punto en el juicio. Emiliano estaba seguro, la verdad estaba de nuestro lado, y nuestra familia era inviolable.