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EN LA FRONTERA DEL DESEO

EN LA FRONTERA DEL DESEO

Status: En proceso
Genre:Omegaverse
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: Donde el hielo se quiebra

El paso de rocas era una herida abierta en la montaña.

Dos paredes irregulares de piedra se estrechaban hasta formar un corredor natural por donde apenas podían avanzar dos caballos a la vez. El viento se colaba con un silbido agudo, arrastrando polvo y un olor rancio que hablaba de tránsito constante. Era un punto perfecto para emboscadas. Demasiado perfecto.

Severin alzó el puño, ordenando alto.

El destacamento se detuvo en silencio. Rhydian avanzó unos pasos por delante, observando las marcas en el suelo: huellas recientes, arrastres, restos de cuerda deshilachada.

—No vienen solo de paso —murmuró—. Se detuvieron aquí.

Severin asintió. Sus ojos grises recorrían las alturas del paso, los salientes de roca desde donde una flecha podía caer sin aviso.

—Se prepararon para un intercambio —dijo—. O para un ataque.

No tuvieron que esperar mucho.

Un grito ahogado resonó desde lo alto del paso. Luego, el caos.

Rocas sueltas comenzaron a caer, obligando a los soldados a dispersarse. Dos figuras armadas surgieron desde una grieta lateral. Detrás de ellas, otras empujaban a un grupo de omegas maniatados, usándolos como escudo improvisado.

Rhydian sintió que la sangre le ardía.

—¡No disparen! —gritó, antes de que alguien tensara un arco.

Se lanzó hacia adelante sin pensarlo, aprovechando la confusión. Una mano lo sujetó del brazo con fuerza.

Severin.

—No seas estúpido —dijo con voz baja y cortante—. Te matarán antes de que llegues a ellos.

—Si no me muevo, los matan a ellos —replicó Rhydian, zafándose—. No me pidas que sea cobarde.

Severin apretó la mandíbula. Por un segundo, su control pareció resquebrajarse.

—Te pido que no seas un mártir inútil —dijo—. Confía en mí.

Rhydian dudó. No porque confiara ciegamente en Severin, sino porque, por primera vez, escuchó algo parecido a urgencia en su voz.

—Entonces muévete —escupió—. Porque no pienso quedarme quieto.

Severin se movió.

Lo hizo con una precisión aterradora. Dio órdenes cortas, gestos mínimos. Dos soldados flanquearon por la derecha. Otros distrajeron a los mercenarios con una lluvia de piedras desde abajo, sin apuntar a los omegas. Severin avanzó por el flanco izquierdo, aprovechando un ángulo muerto del paso.

Rhydian siguió su estela.

Cuando uno de los mercenarios intentó arrastrar a un omega como escudo, Rhydian se lanzó contra él, chocando con fuerza suficiente para hacerlos rodar por el suelo. El golpe le sacó el aire, pero no lo soltó. Rodaron entre polvo y piedras hasta que Rhydian logró clavar el codo en la mandíbula del hombre.

Un segundo mercenario alzó el arma.

No llegó a bajarla.

Severin apareció detrás de él como una sombra y lo derribó con un movimiento seco. No fue brutalidad gratuita. Fue eficiencia letal.

El enfrentamiento duró poco. Demasiado poco para lo que estaba en juego.

Cuando todo terminó, el paso de rocas quedó cubierto de cuerpos inconscientes y armas abandonadas. Los omegas rescatados temblaban, algunos lloraban en silencio. Rhydian se arrodilló frente a uno de ellos, un muchacho apenas mayor que un niño, con la piel marcada por cuerdas.

—Ya pasó —dijo, con voz firme pero suave—. Respira. Estás aquí.

El muchacho se aferró a su manga como si Rhydian fuera lo único sólido en ese mundo quebrado.

Severin observó la escena desde unos pasos atrás.

Algo en su expresión había cambiado.

No era compasión abierta. No era ternura. Era… incomodidad. Como si ver a Rhydian sostener a alguien en medio del caos le recordara una dimensión humana que él había aprendido a ignorar.

Cuando Rhydian se puso de pie, Severin lo enfrentó de inmediato.

—Te dije que esperaras.

—Y te dije que no lo haría —replicó Rhydian—. ¿Vas a castigarlo con silencio ahora?

Severin abrió la boca para responder… y la cerró.

Por un instante, su frialdad habitual vaciló.

—Pudiste morir —dijo al final, en voz baja.

Rhydian lo miró fijamente.

—Y tú pudiste dejar que se los llevaran.

El silencio entre ambos fue un choque.

—No lo habría permitido —dijo Severin.

—No lo sé —respondió Rhydian—. A veces, tu forma de no permitir las cosas se parece demasiado a no involucrarte.

Los ojos grises se oscurecieron.

—No me juzgues por no sentir como tú —dijo Severin—. Yo actúo. Aunque no lo entiendas.

Rhydian respiró hondo.

—No te juzgo por no sentir. Te juzgo por fingir que no te importa.

Severin no respondió. Se dio la vuelta para dar órdenes a los soldados, pero sus hombros estaban tensos, rígidos de una forma que no era habitual en él.

Y Rhydian comprendió, con una claridad inquietante, que había tocado una grieta real en el hielo del Enigma.

El problema de las grietas…

es que, una vez abiertas, ya no vuelven a cerrarse igual.

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"katu azul"
buenoooooo que comience la diversión /Scream//Scream//Scream/
pryz
Estos dos son lentos
pryz
No puedo con estos dos
pryz
Repito son tontos
pryz
Ya empezamos con los celos 🤭
pryz
Tontos los dos
pryz
Estos son tontos o se hacen
pryz
Se siente en el corazón pero lo que se usa para pensar es la cabeza amigo
Rosario Simental: no me gusta leer en pausas se pierde el interés. ponganlas completas y seguiré siendo su fiel lectora. gracias
total 1 replies
pryz
Asi se habla sin pelos en la lengua
pryz
Vamos bien, no se deja
pryz
Quw manera de decir me gustas
pryz
Ok vamos bien, nada de protas tontos
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