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Juez De Sombras

Juez De Sombras

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Posesivo / Mafia / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?

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Capitulo 13

El espejo del vestidor de la mansión devolvía una imagen que Lilian apenas reconocía. Llevaba un vestido de seda color esmeralda, cortado al bies, que fluía sobre sus curvas como veneno líquido. El escote en la espalda bajaba hasta el inicio de sus nalgas, exponiendo la piel que, apenas unas horas antes, había estado contra el suelo de hormigón del gimnasio. Killian apareció detrás de ella, su presencia inundando la habitación.

No dijo que estaba hermosa; Killian no perdía el tiempo en cumplidos superficiales. En su lugar, deslizó una mano por su garganta y abrochó un collar de diamantes que se sentía como un grillete de lujo.

—Recuerda quién eres —murmuró él al oído de ella, su aliento erizando el vello de su nuca—. Para ellos, sigues siendo la niña perdida, la hija del Juez que sobrevivió a un trauma. Para mí, eres la llave que abrirá la caja fuerte de tu padre. Recupera esos documentos sobre la red de trata. Si los obtenemos, no solo lo destruimos a él, sino a todo el consejo que lo protege.

Lilian asintió.

La gala benéfica se celebraba en el Museo de Bellas Artes, un lugar que ella había frecuentado desde que tenía cinco años. Al cruzar el umbral, el olor a perfume caro, champaña y flores frescas la golpeó con la fuerza de un insulto. Era el olor de la hipocresía.

Caminó por el salón principal con la barbilla en alto. Los susurros la seguían como moscas. "Pobre Lilian", decían algunos. "Mírala, parece que no ha roto un plato", decían otros. Se encontró de frente con Sofía y Ricardo, antiguos "amigos" que solían veranear con ella en los Hamptons.

—¡Lilian, querida! Qué milagro —exclamó Sofía, fingiendo una preocupación que no llegaba a sus ojos gélidos—. Nos dijeron que habías pasado por algo... terrible. ¿Cómo está tu padre? El pobre hombre ha envejecido diez años desde tu desaparición.

Lilian sintió un asco físico que le revolvió el estómago. Ricardo la miraba con una lascivia mal disimulada, mientras sostenía una copa de cristal que probablemente costaba más que la vida de cualquiera de los hombres que trabajaban para Killian. En ese momento, Lilian comprendió la diferencia: los hombres de Killian eran monstruos que no fingían ser ángeles, mientras que estos "filántropos" eran demonios que se ponían esmoquin para ocultar la sangre en sus manos.

—Mi padre está como siempre, Ricardo —respondió Lilian , su voz suave pero con un filo que hizo que el hombre parpadeara—. Protegiendo el orden... o lo que él cree que es el orden.

Se alejó de ellos antes de que el impulso de estamparles la copa en la cara se volviera incontrolable. Se deslizó hacia el ala privada, donde se encontraba la oficina del director, utilizada esa noche por su padre como base de operaciones. Gracias a las instrucciones de Killian, sorteó las cámaras y forzó la cerradura con una destreza que la asustó a ella misma. Los documentos estaban allí, en un sobre lacrado con el sello personal del Juez. Al tocarlos, sintió que sostenía el corazón podrido de su pasado.

Al salir por la puerta trasera del museo para encontrarse con el transporte de Killian, una sombra se separó de la pared. Era Martínez, el jefe de seguridad de su padre, un hombre que la había visto crecer y que siempre la había mirado con una mezcla de sospecha y desprecio.

—Señorita Lilian —dijo él, bloqueando el paso—. Su padre me pidió que la vigilara de cerca. No esperaba encontrarla robando documentos privados. ¿Qué cree que está haciendo?

Lilian sintió el pánico inicial subir por su garganta, pero recordó la voz de Killian: La rabia te hace previsible. La inteligencia te hace letal. Respiró hondo y cambió su postura. Dejó caer el sobre en el suelo y se acercó a Martínez con un paso vacilante, dejando que una lágrima falsa rodara por su mejilla.

—Martínez, por favor... me obligaron —sollozó ella, dejando que el tirante de su vestido esmeralda cayera ligeramente, exponiendo su hombro—. Killian me tiene amenazada. Pensé que si le daba esto, me dejaría libre. Ayúdame.

Martínez, un hombre que creía saberlo todo sobre la debilidad femenina, bajó la guardia. Una sonrisa condescendiente apareció en su rostro mientras guardaba su arma. Se acercó a ella, rodeándole la cintura con un brazo pesado.

—Siempre fuiste una niña tonta, Lilian. Ven conmigo, el Juez sabrá qué hacer contigo.

—Tienes razón —susurró ella, su rostro a milímetros del suyo—. Siempre fui tonta por creer que hombres como tú merecían vivir.

En un movimiento que parecía coreografiado por el mismísimo diablo, Lilian sacó el estilete que Killian había ocultado en su liguero. No dudó. Enterró la hoja en la base del cráneo de Martínez, justo donde la columna se une al cerebro, tal como Killian le había enseñado en las sombras del gimnasio. El hombre ni siquiera tuvo tiempo de gritar; sus ojos se abrieron desmesuradamente antes de que la luz se apagara en ellos.

Lilian lo sostuvo mientras su cuerpo se volvía pesado, guiándolo hacia el suelo para que no hiciera ruido. Sus manos estaban manchadas de un rojo oscuro y denso que contrastaba violentamente con el verde de su vestido. Se quedó allí un segundo, mirando el cadáver. No sintió el asco que esperaba. Sintió una liberación eléctrica. Había matado al perro guardián de su padre. Había matado a la niña que fue.

Cuando entró en el despacho de Killian en la mansión, todavía llevaba las manos manchadas. Estaba temblando violentamente, pero sus pupilas estaban dilatadas y su respiración era rápida, superficial. Killian se levantó de su silla al verla. El sobre con los documentos estaba sobre el escritorio, pero su mirada estaba fija en la sangre en la seda esmeralda.

—Lo hiciste —dijo él, su voz cargada de un reconocimiento sombrío.

—Trató de detenerme —respondió Lilian , su voz quebrada pero fuerte—. Me llamó tonta. Me tocó. No podía dejar que volviera a llevarme con él.

Killian se acercó y la tomó por las muñecas, elevando sus manos manchadas. Lilian no se alejó; se inclinó hacia él, buscando su calor, su validación. El temblor de su cuerpo no era de miedo, era la euforia de haber cruzado una frontera de la que no se vuelve.

—Ya no hay vuelta atrás, Lilian —murmuró Killian, sus ojos ardiendo con una mezcla de orgullo y una lujuria animal—. Has manchado tus manos con la sangre de su imperio. Ahora eres mía por derecho de guerra.

Él la empujó contra la pared de madera del despacho, sus manos atrapando las de ella sobre su cabeza, manchando el papel tapiz de lujo con el residuo de Martínez. El encuentro fue explosivo, cargado de una urgencia que no habían sentido antes. Lilian lo buscaba con una desesperación nueva; quería que él borrara la sensación de la piel de Martínez con la suya. Quería que la reclamara de una forma que no dejara espacio para la duda.

Killian la poseyó allí mismo, con una fuerza implacable que respondía a la violencia que ella acababa de desatar. Cada embestida era un sello, cada beso una marca de propiedad. Lilian gritó su nombre, enterrando sus uñas en sus hombros, sintiendo cómo la adrenalina del asesinato se transformaba en el clímax más devastador de su vida.

En ese despacho, rodeados de secretos robados y el olor metálico de la muerte, Lilian se dio cuenta de que Killian tenía razón. La rabia era previsible, pero la entrega total era poder. Mientras él la sostenía contra su cuerpo sudado y fuerte, ella supo que el Juez ya no tenía una hija. Tenía una enemiga que conocía todos sus secretos y que no tenía miedo de mancharse las manos para verlo arder.

—Dime quién eres ahora —gruñó Killian contra su cuello, marcando su piel con sus dientes.

—Soy la que va a enterrar a mi padre —respondió ella, cerrando los ojos y dejándose caer en la oscuridad bendita de su abrazo—. Y soy la única mujer que volverás a ver en tu cama, en tu guerra y en tu trono.

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*Soy Tu Dueña*
Escribes muy lindo
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