Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.
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Pieza clave
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...ANNE MORETTI...
Han pasado tres días, pero para mí el tiempo se detuvo bajo aquel árbol.
Sigo suspendida de la academia, y por primera vez en mi vida, agradezco el castigo. No podría cruzar esos pasillos sin sentir que las paredes se cierran sobre mí, sin ver el fantasma de Tristán en cada esquina, riéndose de cómo me convertí en lo que él siempre dijo que yo era: una loca. Me paso las horas encerrada en la habitación de la mansión del abuelo, bajo las sábanas, sintiendo un frío que no se quita ni con la calefacción al máximo.
La conciencia no me deja dormir. Cada vez que cierro los ojos, escucho el sonido del metal entrando en la carne, ese sonido visceral que me persigue hasta en mis sueños. Me miro las manos constantemente; aunque me las he restregado hasta que la piel me arde, sigo viendo el rastro de la sangre de Tristán bajo mis uñas.
Me siento una estúpida. Una maldita hipócrita.
Toda esa fachada de rudeza que intenté construir frente a Nate, frente a la familia, toda esa dureza que le grité a la cara para convencerme de que era una depredadora... se desmoronó en el momento en que solté el cuchillo. Creí que matarlo me devolvería el alma, que me haría sentir poderosa, pero solo me dejó un vacío negro y podrido.
Ahora entiendo que el abuelo no me estaba "fortaleciendo", me estaba envenenando. Me convenció de que el mundo se divide en cazadores y presas, y yo, en mi desesperación por no volver a ser una víctima, salté de cabeza al abismo. Pero no soy como Manuelle Moretti. Yo no tengo el corazón de piedra.
La paranoia me está consumiendo. Cada vez que escucho un auto llegar a la finca, salto de la cama pensando que es la policía, o que el padre de Tristán viene a cobrarse mi vida. Siento que Nate me mira con lástima, y eso me duele más que su enojo. Lo arrastré conmigo al infierno. Él, que quería ser diferente, que quería estar lejos de la mierda de la familia, ahora es cómplice de un asesinato por mi culpa.
No hay marcha atrás. No importa cuánto rece o cuánto llore, el suelo del bosque tiene un secreto que me pertenece y la tierra no olvida. Me voy a quemar en el infierno por mi imprudencia, por creer que podía jugar a ser Dios y decidir quién vive y quién muere.
Escucho pasos en el pasillo. Alguien se detiene frente a mi puerta. Me encojo más bajo las cobijas, apretando los dientes para que no me castañeen.
—¿Anne? —es la voz del abuelo, suave pero con ese filo de autoridad que siempre me hace temblar—. Es hora de bajar a cenar. No puedes esconderte para siempre de tu propio capullo.
Cierro los ojos con fuerza.
—No tengo hambre, abuelo... —mi voz sale apenas como un hilo, ahogada por las cobijas.
Me pego a la almohada, cerrando los ojos con fuerza. No puedo bajar. No puedo sentarme a esa mesa de caoba pulida, bajo la luz de los candelabros, y fingir que no tengo las manos manchadas de tierra y sangre. Si me mira a los ojos, verá el cadáver de Tristán Holmes reflejado en mis pupilas. Me verá rota, y no puedo permitir que el arquitecto de mi propia destrucción note que su obra maestra se está cayendo a pedazos.
Escucho el pomo de la puerta girar. El peso de sus pasos sobre la alfombra es lento, deliberado. Me hundo más en la cama, fingiendo un sueño pesado, pero el corazón me retumba en los oídos como un tambor de guerra.
Siento el colchón ceder. Y entonces, algo que no esperaba: su mano.
El abuelo Manuelle, el hombre que me enseñó que la debilidad es una enfermedad mortal, me aparta el cabello del rostro con una suavidad que me hiela la sangre. Su mano está fría, pero su gesto es... ¿tierno? Es algo que nunca le había notado, una faceta que no encaja con el monstruo que dirige este imperio.
—Mírate, hija... estás pálida —su voz suena extrañamente baja, despojada de su habitual tono de mando.
Siento sus dedos apoyarse en mi frente. Yo trato de no temblar, de no apartarme de su toque como si fuera una brasa ardiendo.
—¿Te sientes bien? —pregunta, y por un segundo, juraría que hay una chispa de preocupación real en sus ojos—. Tienes fiebre. Estás ardiendo, pequeña.
No es fiebre. Es la culpa quemándome las entrañas desde adentro. Es el recuerdo de los gritos de Tristán que me sube por la garganta como ácido. Pero él no puede saber eso.
—Solo es un resfriado, abuelo... —susurro, evitando su mirada—. Me duele el cuerpo.
—Te traeré algo para esa fiebre, quédate tranquila. Vuelvo enseguida —dice, levantándose.
Se queda un momento de pie junto a la cama, observándome en silencio. Esa mirada analítica me aterra; es como si estuviera intentando descifrar si mi enfermedad es del cuerpo o del alma. Luego, sale de la habitación con una rapidez impropia de su edad.
Me quedo sola en la penumbra. El silencio de la mansión se vuelve insoportable. Me siento una traidora por recibir sus cuidados cuando lo que realmente merezco es estar en una celda. Pero lo que más me asusta no es la policía, ni el infierno... es que el abuelo esté siendo bueno conmigo justo ahora. Como si supiera que he cruzado el umbral, como si estuviera premiando el secreto que todavía no le he contado.
El abuelo regresó a los pocos minutos con una bandeja de plata. El tintineo de la porcelana contra el metal era el único sonido en el cuarto. Me ayudó a incorporarme y me entregó una taza humeante.
—Lo siento, Anne —dijo de repente, sentándose al borde de mi cama—. Creo que tal vez te saturé demasiado estos días. Me recuerdas mucho a tu madre Isaline cuando tenía tu edad. Cuando se enfermaba, le gustaba que le preparara té de limón y miel. Todavía recuerdo esos tiempos cuando vivíamos todos juntos, como una familia, junto a tu abuela Clarissa.
Me quedé helada con la taza entre las manos. Era la primera vez que escuchaba una nota de nostalgia real en su voz. Casi nunca me hablaba así; ese tono suave solía reservarlo para mis primos o incluso para Nathaniel, aunque Nate lo odie a muerte por cómo me ha tratado a mí. Aproveché ese momento de vulnerabilidad, esa grieta en su armadura de hierro, para preguntar lo que siempre había sido un tabú.
—Abuelo... ¿por qué la abuela Clarissa decidió dejarte?
Manuelle desvió la mirada hacia el techo, guardando un silencio sepulcral, haciéndose el loco mientras acomodaba los frascos de medicina.
—¿Está muy caliente la bebida? —preguntó, intentando desviar el tema.
Solté una risita seca, aunque me dolía el pecho.
—No evada la pregunta, abuelo. Mínimo hizo algo muy malo para que ella se fuera.
Él suspiró, un sonido pesado que parecía cargar con décadas de arrepentimiento o cinismo, no estaba segura. Finalmente, sus hombros cedieron.
—Le hice mucho daño a Clarissa —confesó con voz ronca—. Desde el nacimiento de las gemelas... no estuve presente. No las conocí sino hasta tres años después. Ella ya me había dejado antes porque la engañé con la que era su mejor amiga, Aina... la madre de Cassian.
Abrí los ojos de par en par. La historia familiar era un nido de serpientes mucho más enredado de lo que imaginaba.
—Después volví con Clarissa —continuó él, mirando sus manos nudosas—, pero Aina estaba embarazada de Cassian. Los problemas siguieron, y aunque traté de estar tranquilo con tu abuela, lo volví a arruinar una y otra vez. Otras veces a escondidas... y de uno de esos deslizamientos nació tu tío Gabriel.
Asentí lentamente, sintiendo una mezcla de lástima por mi abuela.
—La abuela Clarissa aguantó mucho —susurré—Demasiado.
En un parpadeo, el abuelo tierno desapareció. Sus facciones se endurecieron, se puso serio y se levantó de la cama con una rigidez militar. La mención de su culpa fue el interruptor que apagó su humanidad.
—Si necesitas algo, no dudes en llamar —dijo, dándome la espalda—. Ojalá te recuperes pronto, Anne. Hay unos asuntos del negocio que resolver y ya es hora de que aprendas cómo se resuelven realmente.
Cerró la puerta tras de sí con un golpe seco. Me quedé sola con el té enfriándose. El abuelo acababa de confesar que destruyó a la mujer que amaba por puro egoísmo, y ahora esperaba que yo hiciera lo mismo con mi propia vida. El mensaje era claro: la culpa es un lujo que los Moretti no podemos permitirnos.
Me hundí de nuevo en las sábanas. Mañana tendría que levantarme y "aprender" a ser como él.
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...NATHANIEL DEVERAUX ...
Ha pasado un mes desde aquella noche en el bosque. Un mes desde que el sonido de la pala golpeando la tierra se convirtió en la banda sonora de mis pesadillas.
Mentiría si dijera que me siento mal por lo que le pasó a Tristán. No puedo fingir una piedad que no tengo. Era un abusador, un hostigador que caminaba por el mundo con la impunidad que le regalaba el dinero y las influencias de su padre. El mundo es, técnicamente, un lugar más limpio sin él. Sin embargo, no me siento orgulloso. Hay una diferencia abismal entre saber que alguien merece un castigo y ser tú quien sostiene la linterna mientras su cuerpo desaparece bajo cal viva. Mi conciencia me molesta cada noche, recordándome que ahora comparto un vínculo de sangre y secreto con el lado más oscuro de los Moretti.
He tratado de llevar mi vida normal en la universidad. Libros, clases de ingeniería, café amargo y fingir que mi mayor preocupación es el próximo examen parcial. Me alejé de Anne. No por odio, sino por pura supervivencia mental; verla a ella era ver el reflejo de lo que hicimos. Ella estaba de acuerdo; supongo que el silencio era el único refugio que nos quedaba a ambos.
Pero hoy, la burbuja de normalidad ha estallado.
Caminaba hacia el estacionamiento, pensando en qué cenar, cuando dos hombres con gabardinas grises y esa mirada cansada de quien ha visto demasiada mierda me cortaron el paso. No necesitaban identificarse para que yo supiera quiénes eran.
—¿Nathaniel Deveraux? —preguntó el más alto, cruzándose de brazos.
—Sí. ¿Pasa algo? —traté de mantener la voz firme, pero sentí un frío repentino en la nuca.
—Detectives Varga y Rossi —dijo el otro, mostrando una placa que brilló bajo el sol de la tarde—. Quisiéramos hacerle unas preguntas sobre el paradero de Tristán Holmes. Su familia denunció su desaparición formalmente hace semanas y, según los registros de algunas cámaras y de algunos testigos, usted fue una de las últimas personas en tener un altercado con él.
Me quedé helado, pero forcé una sonrisa de desconcierto, la máscara perfecta del estudiante ejemplar.
—¿Tristán? Pensé que se había ido de fiesta a Ibiza o algo así. No es raro en él desaparecer —dije, tratando de que mis manos no temblaran dentro de los bolsillos.
—Ya —Rossi entornó los ojos, analizando cada milímetro de mi expresión—. Pero resulta que su auto apareció abandonado en la zona de parqueaderos de un supermercado. Casualmente, ese día Anne Moretti y usted señor Deveraux se encontraban esa tarde con el. ¿Le importa si hablamos en la comisaría, o prefiere que lo hagamos aquí, frente a todos sus compañeros?
El corazón me dio un vuelco.
El interrogatorio en la comisaría fue un juego de resistencia mental. La luz blanca del techo me hacía doler la cabeza mientras el Detective Rossi me lanzaba preguntas como dardos.
Al cabo de una hora, la puerta se abrió de golpe. Mi padre, Liam, entró con esa aura de autoridad. Liam no necesitó gritar; su sola presencia y la mención de sus abogados fueron suficientes para que los detectives cerraran sus carpetas. Sin pruebas directas, sin rastros de sangre y con una versión coherente, no tenían nada para retenerme.
Rossi suspiró, cerrando su libreta. Sabían que sin un cuerpo o un rastro de sangre en mi auto, no tenían nada más que conjeturas basadas en disputas colegiales.
—Pueden irse, Deveraux —dijo el detective Rossi con evidente frustración—. Pero no se alejen mucho de la ciudad.
Al salir al pasillo de la comisaría, el corazón me dio un vuelco. Anne estaba allí, sentada en un banco de madera, viéndose más pequeña y pálida de lo que recordaba. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, el muro de hielo que habíamos construido para distanciarnos este último mes se derrumbó.
Nos acercamos el uno al otro y, sin decir una palabra, nos tomamos de las manos. Sus dedos estaban congelados y temblaban ligeramente. Al cruzar el umbral de la salida, bajo el sol de la tarde que se sentía extrañamente ajeno, nos detuvimos y nos abrazamos con desesperación. Era el abrazo de dos hermanos que comparten el mismo secreto oscuro.
—Tranquila —le susurré al oído, aunque yo también sentía el vacío en el estómago—lo hiciste bien.
Mi padre se detuvo frente a nosotros, cruzándose de brazos, observando nuestra reacción con ojos de halcón. Él no es estúpido; sospechaba que algo había pasado.
—¿Qué está pasando aquí? —la voz de Liam cortó el momento. Nos miraba con una preocupación genuina—. Ustedes dos no se han hablado en semanas y ahora parecen estar ocultando algo más que una simple pelea. Nunca los había visto así de unidos... ni así de aterrados.
Anne se tensó contra mi pecho. Podía sentir su respiración errática. Me separé un poco de ella, manteniéndola bajo mi brazo, y miré a mi padre a los ojos, sosteniéndole la mirada con toda la frialdad que pude reunir.
—No pasa nada, papá —mentí, y me sorprendió lo fácil que salió la palabra—. Solo nos tenían como sospechosos de la desaparición de Tristán porque Anne tenía una relación... extraña con él. Una relación tóxica que terminó mal. Están buscando culpables donde no los hay para calmar a la familia Holmes. Eso es todo.
Liam nos estudió en silencio durante lo que pareció una eternidad. Podía ver que no nos creía del todo, pero también sabía que, como padre, prefería no hacer las preguntas cuyas respuestas no quería escuchar.
—Suban al auto —ordenó finalmente—. El abuelo nos espera en la mansión. Y créanme, él no va a ser tan fácil de convencer como esos detectives. Si hay algo, lo que sea, que deba saber para protegerlos, díganmelo ahora.
—No hay nada que saber, tío Liam —sentenció Anne, recuperando un poco de esa dureza gélida que tenía.
Subimos al auto en un silencio sepulcral.
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...ANNE MORETTI ...
El ambiente en el salón principal de la mansión estaba muy tenso. Yo me mantenía en una esquina, casi fundida con las sombras, sintiendo el sudor frío bajar por mi nuca. Escuchar a los hermanos Moretti enfrentarse a su padre era como ver un choque de trenes a cámara lenta.
Mi tía Aurelie estaba fuera de sí. El descubrimiento de que el abuelo había reactivado las rutas de narcotráfico había sido el detonante de una guerra interna.
—¡¿Es que estás loco, papá?! —gritó ella, golpeando la mesa—. ¡Eso solo nos traerá problemas otra vez! Deberías haber dejado las cosas como estaban. ¿Cuál es la puta necesidad de posicionarte otra vez en esa pirámide? ¡Ya no somos esa familia!
El tío Gabriel, que siempre ha sido el más sensato y el que carga con la responsabilidad de ser médico, intentó calmar las aguas, pero su voz temblaba de impotencia.
—Estás siendo imprudente con todo esto —le recriminó Gabriel a Manuelle—. No estás en condiciones físicas para este nivel de estrés. Ya hemos hablado de tu salud, tu corazón no va a aguantar este ritmo.
El abuelo Manuelle hizo un gesto de desdén con la mano, restándole importancia como si hablara del clima.
—Sí, sí... ya no molestes con eso, hijo —soltó con cinismo—. He seguido tus tratamientos al pie de la letra y he sido "juicioso", pero yo no soy el que anda haciendo el trabajo sucio. No tengo que correr en los muelles, así que no se preocupen por mi presión arterial.
Fue entonces cuando Cassian, que hasta ese momento guardaba un silencio tenso, explotó. Dio un paso al frente, señalándome con un dedo acusador que me hizo querer desaparecer.
—Espero que no sea mi hija, papá —dijo Cassian con una voz que era puro veneno—. Espero que no estés usando a Anne para tus locuras. Desde que Clarissa te dejó, estás mal de la cabeza y has estado haciendo cosas que nos afectan a todos. Entiendo que te sientas miserable, pero ¿por qué tenemos que pagar nosotros? Evitaste que nosotros, tus hijos, nos involucráramos en la mafia…¿Por qué carajos tratas de involucrar a tus nietos ahora?
El abuelo soltó un "chist" burlón, una risa seca que heló la habitación. Se levantó de su sillón con una lentitud aterradora y clavó sus ojos en Cassian.
—Ay, por favor, Cassian. Primero, Anne no es tu hija —le soltó con una crueldad quirúrgica—. Es tu sobrina. Anne es hija de la irresponsable de tu hermana, Isaline, que no solo se metió con el antes vago de Liam, sino que también se casó con un psicópata. Así que no tienes mucho derecho sobre ella.
Me quedé sin aliento. El abuelo caminó un par de pasos hacia el centro del salón, dándoles la espalda a sus hijos para mirarme directamente a mí.
—Y ya vieron de lo que es capaz Anne —añadió, y su sonrisa me hizo recordar la cal viva y el olor a bosque—. Eso solo refuerza lo que les he estado diciendo desde el comienzo: Anne es igual a su padre. Tiene esa oscuridad, esa falta de miedo que a ustedes les quedó grande.
El silencio que siguió fue sepulcral. Liam, que estaba a mi lado, apretó la mandíbula con tanta fuerza que creí que se le romperían los dientes. Mis tíos me miraban ahora con una mezcla de horror y lástima, como si estuvieran viendo a un monstruo nacer frente a ellos. El abuelo acababa de tirar la bomba: ya no era solo una sospecha, él estaba confirmando que yo era su pieza clave porque compartía la sangre de un asesino.
El salón se convirtió en un campo de batalla. Los gritos de mis tíos y las recriminaciones de Liam rebotaban en las paredes de mármol, pero yo no escuchaba nada de eso. Solo sentía la mirada de mi abuelo sobre mí, como una corona de espinas que aceptaba con orgullo.
Nate se abrió paso entre la multitud de familiares que gesticulaban con furia. Me agarró de los hombros, obligándome a mirarlo. Sus ojos, que antes me miraban con la complicidad del bosque, ahora estaban llenos de un miedo puro.
—¿Estás loca, Anne? —me siseó, con la voz temblando por la rabia y el horror—. ¿Te has vuelto tan loca como el abuelo para aceptar esto? ¿Sabes lo que estás diciendo?
Me zafé de su agarre con una frialdad que me sorprendió incluso a mí. Enderecé la espalda y miré a todos los Moretti presentes, aquellos que siempre me vieron como el "problema", como la "niña rara" o el "error de Isaline".
—No estoy loca, Nate —respondí, y mi voz sonó clara por encima del caos—. Voy a ser la reina de la pirámide de la mafia europea. El abuelo tiene razón: tengo el temple necesario para esto.
Nate retrocedió un paso, viéndome como si fuera una desconocida, una extraña que acababa de salir de la tumba de Tristán.
—¿Tienes idea de en qué te estás metiendo? —insistió, casi en un ruego—. Esto no es un juego, Anne. Es muerte, es cárcel, es no volver a dormir nunca más.
—¡No tengo nada que perder! —le grité, y por fin la rabia salió a flote—. De todas formas, nadie en esta familia me quiere ni me toma en serio. Me ven como un bicho raro, como una carga. Si voy a estar sola, quiero que al menos me tengan miedo. Quiero que me respeten.
Nate abrió la boca para soltar otra advertencia, para decirme que él sí me quería, pero las palabras se quedaron suspendidas en el aire.
La puerta principal se abrió de par en par y el bullicio de la pelea se cortó en seco. Dominik entró al salón, con esa elegancia natural que siempre lo ha caracterizado, seguido de su esposa Rebecca. Ambos se veían radiantes, con el aura de alguien que acaba de pasar semanas bajo el sol de algún paraíso lejano, ajenos al nido de víboras en el que se estaba convirtiendo la mansión.
Pero lo que realmente detuvo el tiempo fue el pequeño Theo, de seis años, que entró corriendo delante de ellos con un juguete en la mano.
—¡Abuelos! ¡Tíos! —gritó el niño con una sonrisa inocente, corriendo hacia el centro del salón.
La imagen era surrealista. En el suelo, metafóricamente, aún goteaba la sangre de Tristán y los secretos de las rutas de droga, y en el centro de todo estaba la inocencia de Theo.
La tensión que hace un segundo amenazaba con derribar las paredes de la mansión se disipó como el humo, reemplazada por una falsa capa de cordialidad. Es asombroso lo rápido que esta familia puede ocultar sus garras cuando alguien tranquilo entra en la habitación.
Dominik se acercó a saludar, repartiendo abrazos con esa calma que siempre le he envidiado. A él no le interesa el trono, ni las rutas, ni el olor a pólvora que impregna los pensamientos del abuelo. Él siempre ha sido el orgullo de Cassian y Eleonora: el hijo que logró muchas cosas por cuenta propia y mantenerse al margen, el que construyó una vida de luz con Rebecca y el pequeño Theo.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó el tío Cassian, cambiando el rictus de furia por una sonrisa de alivio mientras abrazaba a su hijo—. Los esperábamos en dos meses.
—Tuvimos que adelantar el regreso —respondió Dominik, y noté un rastro de cansancio en sus ojos que no estaba ahí antes—. Surgió un asunto médico conmigo y preferimos tratarlo aquí, con Gabriel.
La mención de lo "médico" activó todas las alarmas. Mi tía Eleonora corrió hacia él con el rostro desencajado por la preocupación, y el tío Gabriel se acercó de inmediato, recuperando su postura de doctor. Por un momento, yo dejé de ser el centro de la discordia. Ya no era la futura reina de la mafia ni la psicópata en potencia; solo era Anne, la sobrina que observaba desde la esquina cómo la familia se cerraba en torno a su miembro más querido.
Nate se acercó a mí, aprovechando el revuelo de las maletas y los saludos.
—Mira a Theo, Anne —me susurró al oído, asintiendo hacia el niño que reía ajeno a todo—. Mira a Dominik. Eso es lo que podrías haber tenido en un futuro. Una vida donde la mayor preocupación es un chequeo médico, no cuántas balas necesitas para “negociar” con criminales.
Le mantuve la mirada, fría, aunque por dentro sentía que se me revolvía en el estómago.
—Dominik puede permitirse ese tipo de cosas porque a él nadie lo juzgo ni lo tacho de ser un “error” desde que nació. Al parecer mi destino siempre fue este, Nate —le respondí en voz baja—. Alguien tiene que ensuciarse las manos para que esta familia pueda estar feliz.
Me alejé de él antes de que pudiera replicar. Mientras todos rodeaban a Dominik en el sofá, preguntando por sus síntomas y su viaje, yo me quedé mirando la puerta del despacho del abuelo. La llegada de Dominik con un problema de salud solo apresuraría los planes de Manuelle.