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"El Despertar De La Heredera De Plata"

"El Despertar De La Heredera De Plata"

Status: En proceso
Genre:Reencarnación(época moderna)
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Santiago López P

Despertar en época moderna

"Viví dieciocho años en una jaula de oro, creyendo que el desprecio de mi esposo era mi única realidad. Fui la esposa sumisa, la dama que lavaba los pies de su suegra y la mujer que ocultaba sus lágrimas tras un abanico."
Lorena Casas, la hija de una familia prestigiosa, lo sacrificó todo por un hombre que consideraba un erudito brillante. Pero mientras ella se consumía en la soledad de la mansión Vila, su esposo Marco tejía una red de mentiras, traiciones y malversaciones, planeando reemplazarla con su amante y hundir a su familia.
Todo habría sido perfecto para él... si no hubiera nacido Aurora.
Mi hija no es una bebé común. Con una mente que desafía la lógica y la capacidad de leer los secretos más oscuros de quienes nos rodean, ella es la única que sabe lo que Marco hace en las sombras.
Mientras Marco cree que estamos atrapadas en su red, Aurora está moviendo los hilos. Desde su cuna, esta bebé genio me guía, revelando los fraudes, exponiendo a los espía

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Capítulo 2: La Sombra tras el Engranaje

​El silencio que siguió a la partida de la enfermera traidora fue más pesado que cualquier estruendo. Lady Elena sentía el corazón martilleando contra sus costillas, un tambor de guerra en el pecho de una mujer que, hasta hacía una hora, vivía en un sueño de cristal.

​—Señora, el médico... —Tea, su criada, temblaba mientras sostenía una palangana con agua fría. Sus manos, manchadas de hollín y sangre, delataban el caos que acababa de ocurrir.

​Elena no respondió. Sus ojos, antes nublados por el agotamiento del parto, ahora estaban fijos en el cuello de Vespera. Las marcas violáceas de los dedos de la enfermera se destacaban contra la piel pálida de la bebé como una sentencia de muerte. Elena sintió una oleada de odio frío, un sentimiento que no recordaba haber sentido jamás. No era el odio de una dama de alcurnia; era el instinto de una loba protegiendo a su cachorro.

​«Casi... casi lo logra», pensó Elena. «Si no hubiera sido por... esto».

​Miró a la bebé. Vespera, a pesar de las marcas en su cuello, tenía una serenidad antinatural. Sus ojos, grandes y de un azul profundo como el acero templado, observaban a Elena con una intensidad que le erizaba la piel.

​«No te inquietes, madre», resonó la voz. No era un sonido, sino un concepto, una vibración que se instaló directamente en el lóbulo frontal de Elena. «Los engranajes del Barón han comenzado a girar, pero yo soy quien conoce el diseño de la maquinaria».

​Elena se estremeció. La voz era intermitente, como una señal de radio mal sintonizada entre el vapor y el metal.

​—Tea —dijo Elena con voz firme, sorprendiéndose a sí misma. La debilidad física del parto parecía haberse disipado bajo la urgencia de la supervivencia—. Cierra la puerta principal de la cámara. Que nadie, absolutamente nadie, entre bajo el pretexto de "cuidar a la heredera". Si el Barón Kaelen pregunta, dirás que la niña está en un estado de coma inducido por el trauma.

​—¿Señora? —Tea parpadeó, confundida—. Pero si el Barón se entera de que la niña está viva y usted lo ha ocultado...

​—El Barón solo sabe lo que nosotros le permitimos ver —sentenció Elena, acariciando la mejilla de Vespera—. Y a partir de hoy, este cuarto es una fortaleza.

​«Muy bien, madre», pensó Vespera. «La criada es leal, pero su mente es un libro abierto. Si el Gremio del Acero ha llegado hasta mi cuna, es porque tienen a alguien en el servicio doméstico. Alguien que no es Tea, pero que observa».

​Elena bajó la mirada, conectando con su hija. El vínculo era extraño, casi eléctrico. Cada vez que Vespera pensaba, Elena sentía una punzada de claridad, como si una neblina mental se levantara de sus propios recuerdos. Recordó los detalles: el té que la prima del Barón, la señora Isolde, le servía todas las tardes; la forma en que los libros de contabilidad de la Mansión de Bronce siempre tenían cifras que no cuadraban; la manera en que sus otros hijos, ahora distantes en la academia militar, nunca respondían a sus cartas.

​«Todo esto era una trampa», se dio cuenta Elena. «No era un matrimonio, era una extracción de recursos».

​«Exacto», la voz de Vespera volvió a aparecer, más clara esta vez, como si la niña estuviera aprendiendo a modular su telepatía. «Isolde no es una pariente lejana. Es la hija ilegítima del rival de tu familia. El Barón Kaelen la instaló aquí para asegurarse de que tú nunca tuvieras un heredero legítimo que pudiera reclamar las minas de bronce. Yo soy el fallo en su ecuación».

​Elena sintió que el mundo se inclinaba. La traición no era solo personal; era una conspiración de estado. La "niña adoptiva" que el Barón le había sugerido "acoger" días antes —la supuesta hija de una sirvienta fallecida— ahora cobraba un sentido siniestro. No era un acto de caridad del Barón. Era el reemplazo. El Barón planeaba deshacerse de ella y de Vespera, y presentar a la otra niña como la verdadera heredera de la Mansión.

​—Tea —susurró Elena, atrayendo a la criada hacia sí—. Escúchame bien. Mañana, cuando llegue la hora de la alimentación, Isolde querrá visitarme. Dirás que mi fiebre ha empeorado, que el parto fue una carnicería y que no puedo recibir visitas. Y quiero que encuentres a alguien de confianza en las cocinas. Necesito que revises qué ingredientes trae la señora Isolde para mi "recuperación".

​—¿Sospecha de ella, mi señora? —Tea se puso pálida.

​—Sospecho de todos, Tea. A partir de hoy, solo comeremos lo que tú prepares personalmente, bajo mi supervisión.

​«Buena jugada», pensó Vespera, sintiendo cómo su madre comenzaba a entender el juego. «Ahora, madre, prepárate. Porque el Barón no aceptará un "no" por respuesta cuando quiera ver a su "hija muerta". Tenemos que crear una ilusión... y rápido».

​Vespera miró hacia la esquina oscura de la habitación, donde los engranajes del reloj de pared de la mansión marcaban los segundos con un tic-tac metálico. Ella sabía cómo manipular la presión del vapor, cómo alterar las válvulas de seguridad del sistema de calefacción de la casa. Si necesitaban una distracción para ganar tiempo y consolidar su posición, ella la crearía.

​La guerra por la Mansión de Bronce había comenzado, y el arma más peligrosa no estaba en la cintura del Barón, sino en los brazos de Elena.

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