Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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No solo un contrato en papel
Miranda se encontraba en su habitación, rodeada del lujo silencioso que solo el dinero antiguo podía comprar. Estaba lista para dormir, pero antes de rendirse al cansancio, se detuvo frente al gran ventanal que ofrecía una vista privilegiada del patio interior. El reflejo de la luna llena bailaba sobre el agua de la fuente de mármol de la entrada principal, creando un paisaje plateado y sereno. Por primera vez en todo el día, la máscara de hierro de Miranda se suavizó y una sonrisa sincera, cargada de una paz efímera, apareció en su rostro.
—Deberías sonreír así siempre —comentó una voz profunda a sus espaldas.
Miranda dio un pequeño respingo, retrocediendo un paso. No lo había sentido entrar. El espesor de las alfombras persas y el sigilo natural de Lissandro eran una combinación letal para sus sentidos.
—Y tú deberías avisar antes de entrar en mi habitación —respondió ella, recuperando de inmediato su armadura de frialdad, aunque su corazón latía un poco más rápido de lo normal.
—Pensé que esta también era mi habitación —replicó Lissandro con una seguridad magnética. Caminó hacia ella, acortando la distancia hasta que el aroma a madera y bergamota de su perfume inundó el espacio personal de Miranda.
Ella se quedó inmóvil, prisionera de esa mirada que parecía leerle el alma. Lissandro levantó una mano y, con una delicadeza que contrastaba con su imponente figura, retiró un mechón de cabello oscuro que caía sobre el rostro de su esposa.
—Te ves realmente hermosa esta noche, Miranda. Nueva York te sienta bien; parece que la ciudad finalmente ha reconocido a su dueña —susurró él, rozando con el dorso de sus dedos la mejilla de ella.
Miranda sostuvo la mirada, sintiendo el calor emanar de su cuerpo. El juego de poder no solo se libraba en las salas de juntas.
—Puedo decir que tú también te ves muy guapo en ese traje sastre —respondió ella, dejando que una chispa de picardía cruzara sus ojos azules—, aunque admito que se vería mucho mejor esparcido por el suelo.
Esa fue la señal que Lissandro no necesitó escuchar dos veces. A pesar de que su matrimonio había nacido como un convenio estratégico para destruir a Andrés Lara, la atracción física entre ellos era un incendio que ninguno de los dos podía, ni quería, apagar. Su unión no era solo un trámite legal o una firma en un papel; cada noche, desde que sellaron su pacto en el altar, disfrutaban el uno del otro con una intensidad que bordeaba la desesperación.
En la intimidad de esa mansión en el Upper East Side, las identidades de "Presidenta" y "Socio" se desvanecían. Bajo las sábanas de seda, eran simplemente dos personas rotas que encontraban en el placer un refugio temporal, una tregua antes de volver a la guerra al amanecer.
Tras el arrebato de pasión, la habitación quedó sumida en un silencio confortable, interrumpido solo por el lejano sonido del viento contra los ventanales del Upper East Side. Lissandro y Miranda compartían el espacio de la cama, pero incluso en la desnudez, había una distancia que solo el pasado podía imponer.
Miranda se apoyó en el pecho de él, trazando con sus dedos las líneas firmes de sus hombros. La luz de la luna seguía bañando la estancia, dándole un aire casi irreal a la escena.
—¿Por qué lo haces, Lissandro? —preguntó ella en un susurro, rompiendo la calma—. Ya tienes el control de las acciones que querías. El nombre de los Saavedra está en la cima. ¿Por qué seguir arriesgándolo todo por mi venganza?
Lissandro guardó silencio por un largo momento, mirando hacia el techo esculpido. Su mano acarició el cabello de Miranda con una lentitud casi melancólica.
—Andrés Lara no solo te hizo daño a ti, Miranda —respondió él, y por primera vez, su voz no sonaba como la del tiburón de los negocios, sino como la de un hombre que cargaba un peso antiguo—. Él representa todo lo que mi difunta esposa despreciaba. La codicia que destruye vidas por puro capricho. Ayudarte a ti es, de alguna manera, terminar el trabajo que ella no pudo hacer.
Miranda se incorporó ligeramente para mirarlo a los ojos. Sabía que Lissandro amaba a su difunta esposa, pero rara vez hablaba de ella con esa vulnerabilidad.
—A veces siento que solo somos dos fantasmas tratando de incendiar el mundo de los vivos —dijo ella con una amargura sutil.
—Tal vez —concedió él, rodeando su cintura para atraerla de nuevo hacia sí—. Pero si vamos a quemar este mundo, nos aseguraremos de que los Lara sean los primeros en convertirse en cenizas. Mañana, Andrés recibirá la notificación de la auditoría externa que solicitamos. El pánico que viste en sus ojos esta noche no es nada comparado con lo que sentirá cuando vea que sus cuentas están vacías.
Miranda sonrió, pero esta vez no era la sonrisa de la gala. Era una sonrisa afilada, la de la mujer que Lissandro había ayudado a forjar.
—Él intentará buscarme —afirmó ella—. Cree que todavía puede "recuperarme". Cree que soy la misma Elena que se conformaba con sus migajas.
Lissandro se tensó ligeramente, sus ojos oscureciéndose.
—Que lo intente. Que se acerque lo suficiente para ver que ya no hay una presa, sino una trampa. Pero recuerda una cosa, Miranda... —Lissandro se inclinó, su aliento rozando los labios de ella—, en este trato, yo soy tu aliado, pero también soy el hombre que duerme a tu lado. No permitas que el odio hacia él te haga olvidar quién eres ahora.
Miranda no respondió. Lo besó con una mezcla de gratitud y deseo, usando el contacto físico para evitar las palabras que aún no estaba lista para decir. En esa cama, entre secretos y planes de destrucción, ambos sabían que la guerra de la mañana siguiente sería sangrienta, pero al menos esa noche, no estaban solos en la trinchera.