Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
* Esta Novela es parte de un mundo mágico*
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Cadete
Cuando el patio comenzó a vaciarse y los demás aspirantes eran distribuidos para evaluaciones secundarias, el capitán se acercó a Constance sin prisa.
Ya no tenía la espada en la mano. Solo la lista de postulantes y una sonrisa suave..
—Aspirante.. Debemos reunirnos formalmente para revisar tus documentos de ingreso.
Su voz ya no era desafiante. Era profesional.
Constance asintió, aún con la máscara puesta.
—¿Necesito autorización de mi familia?
La pregunta salió más rápido de lo que pensaba.. La idea de que todo dependiera otra vez de la voluntad de su padre le tensó los hombros.
El capitán la observó con atención.
—¿Edad?
—Dieciocho años. Recién cumplidos.
Él sostuvo su mirada un segundo más, evaluándola no como combatiente, sino como persona.
—Entonces no necesitas nada.. Eres mayor de edad bajo las leyes del reino de Bernicia. Tu firma basta.
Fue una frase simple.
Pero para Constance fue como si alguien hubiera abierto una puerta invisible frente a ella.
[Tu firma basta]
No la de su padre.
No la de un tutor.
No la de un prometido.
La suya.
El capitán señaló hacia el edificio principal.
—Te espero en una hora en la biblioteca. Trae cualquier identificación que poseas. Y, si deseas mantener el rostro cubierto por ahora… no es asunto mío mientras cumplas con el reglamento.
Constance no pudo evitar sonreír bajo la máscara.
—Gracias, capitán.
Él inclinó apenas la cabeza y se alejó, dando órdenes a otros soldados con la misma mezcla de ligereza y autoridad.
Cuando quedó sola, el aire pareció más liviano.
Caminó hacia los jardines laterales de la academia y se sentó en un banco de piedra. Sus manos aún temblaban levemente por el combate, pero no era miedo.
Era anticipación.
Nunca se había imaginado como una mujer militar.
En su casa siempre le hablaron de alianzas.
De matrimonios convenientes.
De reputación.
De herederos.
Nunca de elección.
Ser soldado significaba algo más que empuñar una espada.
Significaba independencia.
Significaba que ningún matrimonio arreglado podría imponerse sin su consentimiento.
Significaba ser valorada por su disciplina, su mente estratégica, su resistencia… no por su apellido ni por la gracia con la que sostenía una taza de té.
Significaba no depender de nadie.
No ocultarse.
No fingir fragilidad.
Por primera vez desde que despertó en esta segunda vida, el futuro no parecía una jaula dorada.
Parecía un campo abierto.
Una hora después, la biblioteca estaba casi vacía. La luz atravesaba los vitrales altos y dibujaba figuras de colores sobre las mesas de madera.
El capitán ya estaba allí, sentado con varios documentos extendidos frente a él.
Al verla entrar, alzó la vista.
—Puntual. Bien.
Le indicó la silla frente a él.
Sobre la mesa había un formulario oficial con el sello del ejército de Bernicia.
—Nombre legal —dijo mientras tomaba una pluma.
Constance dudó solo un segundo.
Había ocultado su identidad durante meses.
Pero esto… esto era diferente.
Se llevó la mano a la máscara.
La retiró.
La tela cayó sobre la mesa con suavidad.
El capitán no reaccionó con sorpresa exagerada. Solo la miró con atención, como si confirmara algo que ya sospechaba.
—Constance Valmont—dijo ella con firmeza, pronunciando su apellido completo por primera vez en ese contexto.
El capitán lo escribió sin comentarios innecesarios.
—Edad: dieciocho. Estado civil: soltera. Sin compromisos registrados.
La pluma raspó el papel.
Luego giró el documento hacia ella.
—Si firmas aquí, ingresas como cadete en período de prueba. Seis meses. Entrenamiento intensivo. Disciplina absoluta. Si superas esa etapa, juramento oficial.
Constance tomó la pluma.
La tinta negra brilló apenas bajo la luz del vitral.
Pensó en su familia.
En los vestidos.
En las sonrisas educadas.
En los rumores.
En Damian enviando flores.
En la idea constante de que su destino ya estaba decidido.
Luego pensó en el combate de esa mañana.
En la sensación de sostenerse firme frente a alguien más fuerte.
En la mirada del capitán viéndola como igual.
Firmó.
El trazo fue seguro.
Cuando levantó la vista, el capitán sonreía apenas.
—Bienvenida, cadete.
La palabra resonó en su pecho.
Cadete.
No señorita.
No hija.
No futura esposa.
Cadete.
Y por primera vez, Constance sintió que esta vida.. la segunda que había recibido sin explicación.. comenzaba verdaderamente a pertenecerle.