Sin spoiled
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Capitulo 19
El Centro de Datos de la Zona Franca se convirtió en una tumba de cristal y silicio. Los mercenarios del Consorcio, privados de su conexión con la colmena, habían quedado reducidos a cáscaras vacías, monumentos inertes a una tecnología que acababa de encontrar a su depredadora. El silencio tras el pulso era tan absoluto que podía oír el siseo del nitrógeno líquido evaporándose en el suelo.
Araxie seguía de pie, bañada por el resplandor de las pantallas en blanco. Su presencia ya no era la de una mujer; era la de un nodo consciente, una entidad que respiraba a través de los cables.
—Tenemos que irnos, Araxie —dije, apartando el fusil vacío de mi camino—. Manuel y los suyos no podrán retener los refuerzos por mucho tiempo. Si el Consorcio no puede borrarte desde la red, enviarán acero y fuego real.
Ella me miró, y por un segundo, el gris infinito de sus ojos se quebró, dejando ver un destello de la mujer que una vez me sedujo para salvar su propia vida.
—Ya no hay un "irnos", Elías —susurró, y su voz resonó en los altavoces de la sala como un eco lejano—. Estoy en todas partes y en ninguna. Si doy un paso fuera de este edificio, mi señal será captada por los satélites antes de que cruce la calle. Soy un faro en medio de una noche que ellos controlan.
—No si te llevamos a la Zona Cero —respondí, agarrando su mano. Estaba fría, pero ya no quemaba—. Hay un lugar. Un punto ciego en el mapa que ni siquiera Maximilian pudo digitalizar.
Salimos del edificio bajo un diluvio que parecía querer lavar los pecados de la ciudad. Manuel nos esperaba en un camión de transporte de ganado, un armatoste de hierro y óxido que olía a estiércol y gasoil barato. Era el vehículo perfecto: ninguna computadora de a bordo, ninguna señal GPS, solo un motor de combustión interna que rugía como un animal herido.
—¡Sube, Elías! —gritó Manuel desde la cabina—. Los drones están volviendo en línea. No sé qué ha hecho la muñeca, pero están furiosos.
Arranqué a Araxie de su trance y la metí en la parte trasera del camión, entre fardos de paja y el frío metal. Manuel pisó el acelerador y el vehículo se lanzó a través de las calles desiertas del Sector 7.
—¿A dónde vamos, jefe? —preguntó Manuel mientras esquivábamos los focos de búsqueda de una patrulla aérea—. Si nos quedamos en la ciudad, nos encontrarán antes del alba.
—Hacia el sur. A las Montañas de Hierro —dije, mirando por la pequeña rejilla trasera hacia la silueta de la mansión en la colina, que ahora parecía una corona rota—. Hay una antigua mina de magnetita. El mineral crea una interferencia natural tan potente que ni el satélite más avanzado del Consorcio puede penetrar. Es el único lugar donde Araxie puede dejar de ser un virus y volver a ser... lo que sea que quede de ella.
—Es un exilio, Elías —dijo Araxie desde la penumbra del camión—. Me pides que me desconecte del mundo que acabo de aprender a dominar.
—Te pido que sobrevivas —me senté frente a ella—. Mientras estés conectada, eres su objetivo. Si te desconectas, si desapareces en ese agujero de piedra, el Consorcio pensará que el virus ha muerto. Es nuestra única oportunidad de volver a ser personas.
—Tú quieres volver a ser Elías Solo —dijo ella con una sonrisa triste—. Pero yo nunca fui Araxie Vesper-Zandrón. Solo fui una interfaz.
El viaje duró diez horas de tensión pura. Cruzamos las fronteras del distrito industrial, moviéndonos por carreteras secundarias que los mapas digitales habían olvidado. Cada vez que una luz cruzaba el cielo, Manuel apagaba los faros y nos deslizábamos como un fantasma de hierro por el barro.
A medida que subíamos hacia las Montañas de Hierro, el aire se volvía ralo y helado. El camión tosía, luchando contra la pendiente, hasta que finalmente llegamos a la boca de la mina de San Judas. Era una herida abierta en la ladera de la montaña, rodeada de maquinaria oxidada que parecía esqueletos de gigantes olvidados.
—Hasta aquí llego, Elías —dijo Manuel, deteniendo el motor. El silencio que siguió fue ensordecedor—. No entraré ahí abajo. Ese sitio da escalofríos. Además, alguien tiene que volver a la ciudad y contar la historia de que Julian Vane y la heredera murieron en la explosión de la Zona Franca.
Bajé del camión y ayudé a Araxie. Ella caminaba con dificultad, como si la gravedad de la tierra fuera una carga nueva para ella.
—Gracias, Manuel —dije, extendiendo la mano hacia el hombre que me había perseguido y salvado a partes iguales.
—No me des las gracias —gruñó él, estrechándola con fuerza—. Me debes la mitad de la ciudad cuando todo esto termine. Si es que termina. Cuida a la muñeca. Es lo más valioso que has robado nunca.
Manuel dio media vuelta con el camión y desapareció entre la niebla del amanecer. Me quedé solo con Araxie frente a la entrada de la mina.
Entramos. A medida que nos internábamos en las profundidades de la montaña, la sensación de presión eléctrica que siempre acompañaba a Araxie empezó a desvanecerse. Las paredes de magnetita absorbían su señal, silenciando el ruido digital que la atormentaba.
Llegamos a una antigua cámara de ventilación, equipada con una mesa de madera y unas mantas que yo mismo había traído semanas atrás como plan de contingencia. Encendí una lámpara de aceite. La luz amarillenta y cálida era lo opuesto al azul estéril de La Médula.
—Ya no oigo nada —dijo Araxie, dejándose caer sobre las mantas. Se llevó las manos a la cabeza, asombrada—. El ruido... el flujo de datos... se ha ido. Solo oigo... mi propio corazón.
—Bienvenida a la realidad, Araxie —me senté a su lado y saqué un cuchillo pequeño—. Ahora, tengo que hacer lo último.
—¿El qué?
—El rastreador de tu nuca. Es una baliza pasiva. Si no la sacamos, en cuanto salgamos de aquí, el Consorcio sabrá dónde estás.
Ella asintió, cerrando los ojos. Fue una operación rudimentaria, dolorosa y sucia. Nada que ver con la precisión quirúrgica de los Vesper-Zandrón. Cuando terminé, sostuve el pequeño chip ensangrentado entre mis dedos y lo aplasté con una piedra.
Araxie soltó un suspiro largo. Su piel recuperó un color humano, un tono pálido pero cálido. Por primera vez desde que la conocí, no era un arma, ni una diosa, ni una prisionera. Era una mujer asustada en el fondo de una cueva.
—¿Y ahora qué? —preguntó, mientras yo vendaba su herida.
—Ahora esperamos —miré hacia la salida de la mina, donde el sol empezaba a iluminar la entrada—. El mundo creerá que estamos muertos. El Consorcio buscará el virus en la red y no encontrará nada. Julian Vane ha muerto. Araxie Vesper-Zandrón ha muerto.
—¿Y quiénes somos nosotros?
Me quedé pensativo, escuchando el goteo del agua sobre la piedra. Había pasado de cobrar deudas en los muelles a gobernar un imperio en las sombras, para terminar escondido en un agujero de hierro.
—Somos los que sobrevivieron al Nuevo Orden —respondí—. Somos el error en el sistema que ellos no pudieron corregir.
Me acosté a su lado, sintiendo el frío de la montaña. Por primera vez en meses, no tenía un plan, ni una estrategia, ni una mentira que sostener. Solo el silencio de la piedra.
Pero en la oscuridad de la mina, mientras cerraba los ojos, me di cuenta de una cosa: el exilio no era el final. Era el tiempo de espera. Porque fuera, el virus que Araxie había dejado en el Consorcio seguía creciendo. Y tarde o temprano, el mundo volvería a necesitar a los monstruos que él mismo había creado.