Elior siempre se sintió fuera de lugar.
En su vida pasada fue profesora de ciencias, alguien que creía en la lógica… hasta que murió y despertó en un mundo regido por jerarquías, vínculos y destinos imposibles de ignorar.
Ahora es un omega masculino de belleza andrógina, hijo de los duques del Ducado de Lirien, rodeado de protección… y de miradas peligrosas.
Desde antes de renacer, soñaba con un hombre que nunca vio, pero que su cuerpo siempre reconoció.
Cuando el mundo intenta reclamarlo como una oportunidad política, Elior descubre que el vínculo que lo llama no exige posesión, sino espera.
🌙 Omegaverse · Reencarnación · Romance BL · Deseo contenido · Consentimiento
Advertencias:
Presión política sobre omegas · Intentos de reclamo forzado (no consumados) · Tensión emocional intensa
✔️ Sin violación
✔️ Sin romance forzado
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Capítulo 8: La presencia que no veo
El salón estaba lleno.
No de ruido, sino de presencias. Voces bajas, pasos medidos, miradas que se cruzaban con cautela. Era mi primera salida real desde que desperté, y aunque nadie lo decía en voz alta, todos parecían conscientes de ello.
Yo también.
Caminaba despacio, acompañado por Rael, sintiendo cada estímulo con una intensidad que todavía me descolocaba. El murmullo constante, los aromas mezclados —hierbas, metal, cuero—, la cercanía de tantos cuerpos distintos. Todo llegaba a mí sin filtro.
—Si te sientes abrumado, salimos —murmuró Rael—. No tienes que quedarte.
Asentí.
Quería intentarlo.
Al principio, nada ocurrió. Respondí saludos, incliné la cabeza cuando era necesario, escuché fragmentos de conversaciones que no lograba unir del todo. Me sentía observado, sí, pero no amenazado.
Hasta que el aire cambió.
No fue un aroma nuevo.
Fue… una ausencia de ruido.
Como si algo se hubiera alineado de pronto.
Mi cuerpo reaccionó antes que mis pensamientos. Un escalofrío me recorrió la espalda, lento, profundo, y la respiración se me detuvo apenas un segundo. Sentí una presión familiar en el pecho, firme, estable.
El mismo anclaje del sueño.
Tragué saliva.
—¿Elior? —Rael notó mi rigidez—. ¿Qué ocurre?
Negué con la cabeza, incapaz de responder de inmediato. No quería alarmarlo por algo que ni yo entendía.
Está aquí, pensé.
No sabía cómo lo sabía.
Solo lo sabía.
Mis dedos se cerraron levemente sobre la tela de mi túnica. El ruido del salón volvió de golpe, pero ya no era igual. Algo en mí estaba… atento. Expectante. Como si mi cuerpo hubiera girado hacia una dirección que mi mente aún no alcanzaba a identificar.
No lo veía.
Pero lo sentía.
Una presencia distinta a las demás. Más densa. No invasiva, pero imposible de ignorar. No se acercaba… y aun así, me rodeaba.
El corazón me latía con fuerza controlada. No había miedo. Tampoco urgencia. Era una mezcla extraña de calma y alerta, como si estuviera al borde de algo importante.
—Respira —susurró Rael, interpretando mi silencio—. Estoy contigo.
Respiré.
El aire entró… y se acomodó.
Esa presencia respondió. No con movimiento, no con palabras, sino con una estabilidad firme que se asentó en mi pecho, como si alguien hubiera apoyado una mano invisible allí.
No estás solo, pareció decir.
Mis piernas temblaron apenas.
—Rael —murmuré—. ¿Hay… alguien importante aquí hoy?
Mi hermano me observó con atención.
—Sí —respondió—. Varios invitados del norte. ¿Por qué?
Asentí despacio.
—Nada —mentí—. Solo… curiosidad.
Pero no era curiosidad.
Era reconocimiento.
Sentí cómo algo en mi interior se alineaba, cómo el deseo despertaba sin empujar, sin exigir, simplemente presente. No pedía contacto. Pedía atención.
No me mires, pensé sin saber por qué.
Todavía no.
Y, como si hubiera escuchado ese pensamiento, la presión se mantuvo a distancia. Firme. Respetuosa.
El salón siguió su curso. Las conversaciones retomaron su ritmo. Rael me guió hacia una zona más tranquila, y poco a poco el temblor en mis manos se disipó.
Pero la certeza no lo hizo.
Cuando abandonamos el lugar, el aire nocturno me golpeó el rostro y exhalé por primera vez en lo que pareció una eternidad.
—¿Estás bien? —preguntó Rael.
Asentí.
—Sí —respondí—. Solo… cansado.
No era mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
Esa noche, al recostarme, el recuerdo del salón volvió con una claridad inquietante. No un rostro. No una voz.
Solo una presencia que había estado allí…
esperando.
Y lo supe con una certeza que me erizó la piel:
La próxima vez, no sería solo mi cuerpo el que lo reconociera.