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Un Buen Amor

Un Buen Amor

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Yaoi / Amor a primera vista
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar

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Capitulo 8

La noche había sido mágica.

Mateo flotaba. Literalmente, flotaba. Después de despedirse de León en la puerta de su edificio, después de ese último beso robado que supo a despedida temporal y promesa de reencuentro, había caminado a casa sin sentir el suelo bajo sus pies. El primer amor era así, pensó. Una ilusión pura, un estado de gracia en el que el mundo entero parecía más brillante, más amable, más hermoso.

Llegó a su casa y, sin poder contener la alegría que le desbordaba el pecho, conectó su teléfono a los altavoces. La música comenzó a sonar, una melodía alegre y despreocupada, y Mateo se movió al ritmo mientras sacaba los ingredientes para hacer galletas.

Su hermana pequeña apareció en la puerta de la cocina, apoyada en el marco, observándolo con una mezcla de curiosidad y diversión. Tenía siete años, coletas desordenadas y una sonrisa que siempre lograba derretir el corazón de Mateo.

—¿Estás de buen humor? —preguntó, inclinando la cabeza.

Mateo se giró hacia ella, y era imposible no verlo. Un aura de flores, de luz rosa, de algo etéreo y hermoso, lo rodeaba de pies a cabeza. Era como si la felicidad se hubiera vuelto visible.

—Sí, lo estoy —respondió, y su voz cantaba—. Estoy enamorado. Sumamente enamorado.

La niña rio y corrió a abrazarlo por las piernas. —¡Mi hermano tiene novio! ¡Mi hermano tiene novio!

Mateo la levantó en brazos y la hizo girar, riendo con ella. Por un momento, por un instante perfecto, todo estaba bien. El secreto, la culpa, el miedo... todo quedó suspendido en esa burbuja de felicidad.

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A la mañana siguiente, Mateo se despertó con el corazón ligero. Mientras caminaba hacia la universidad, sus ojos se posaron en el escaparate de una pequeña joyería. Y allí, entre collares y anillos, vio un brazalete.

Era sencillo, de plata, con un pequeño dije en forma de fresa.

Fresas. Instantáneamente, el aroma de León inundó su memoria. Fresas frescas, primavera, todo lo hermoso del mundo.

Entró en la tienda y compró dos. Un brazalete para él, otro para León. A juego. Para cuando lo extrañara, pensó, podría mirar el suyo y sentirlo cerca.

Llegó a la universidad con el sol ya alto, y allí estaba León, esperándolo en la puerta principal. Su cabello revuelto por el viento, sus ojos color ámbar buscando entre la multitud, su expresión preocupada que se transformó en alivio cuando lo vio.

—Tardaste un poco —dijo León cuando Mateo estuvo cerca—. Ya me estaba preocupando.

Mateo no respondió con palabras. Se inclinó y lo besó.

Delante de todo el mundo. Delante de los estudiantes que entraban y salían, de los profesores que tomaban café en la entrada, de los curiosos que se detenían a mirar. No le importaba. Que vieran. Que supieran. León era suyo y él era de León.

Cuando se separaron, el rostro de León era un poema de sonrojos. Sus mejillas, sus orejas, incluso su cuello, todo teñido de un rosa precioso que Mateo quiso guardar en la memoria para siempre.

—Cierra tus ojos y extiende tu mano, mi amor —susurró Mateo.

León parpadeó, sorprendido. ¿Mi amor? Lo había llamado "mi amor". El corazón le dio un vuelco, pero obedeció. Cerró los ojos y extendió la mano, sintiendo el peso de algo pequeño y frío depositarse en su palma.

—Ya puedes abrirlos.

León abrió los ojos y miró. Un brazalete de plata con un dije de fresa brillaba en su mano. Era perfecto. Sencillo, hermoso, con ese pequeño detalle que lo hacía único.

—Las fresas y la primavera me hacen pensar mucho en ti —dijo Mateo, mostrando su propio brazalete, idéntico—. Así que compré brazaletes a juego. Para que cuando te extrañe, mire el mío y te sienta cerca.

León sintió que el corazón se le derretía. Sin decir nada, tomó la mano de Mateo y entrelazó sus dedos. Caminaron juntos hacia el interior de la universidad, hablando y riendo, perdidos en su propio mundo.

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—Qué bonita pareja.

La voz de Cala cayó como un baldazo de agua fría.

—Anormal, quiero decir. O mejor dicho... ¿de mentira?

Mateo y León se detuvieron en seco. Las palabras de Cala flotaron en el aire, venenosas, amenazantes.

León apretó la mano de Mateo. No. No iba a permitir que Cala arruinara esto. No hoy. No después de la mañana perfecta que habían tenido.

—Vamos, amor —dijo, tirando suavemente de Mateo—. No le hagas caso.

Pero Cala no iba a dejarlos escapar tan fácilmente.

—¿No quieres oír cómo un Alfa se rió en tu cara? —preguntó, dirigiéndose directamente a León.

Mateo sintió que la sangre se le helaba.

Soltó la mano de León como si quemara. El pánico lo invadió, un pánico frío y paralizante que le cerró la garganta y le nubló la vista. Sabía de qué estaba hablando Cala. Lo había sabido desde el principio, desde el primer momento, y había elegido ignorarlo, había elegido vivir en la burbuja, había elegido amar a León sabiendo que esta verdad los destruiría.

—¿De qué estás hablando? —preguntó, pero su voz sonó débil, quebrada.

Cala sonrió. Una sonrisa triunfante, cruel, que sabía a venganza servida en bandeja de plata.

Sacó un papel del bolsillo y lo extendió. Un informe médico. Los estudios de Mateo, donde su naturaleza como Alfa dominante quedaba confirmada con todo detalle.

León lo tomó con manos temblorosas. Leyó. Releyó. Las palabras bailaban ante sus ojos, pero el significado era claro, innegable, devastador.

Alfa dominante.

Su mundo se detuvo. Dio vueltas. Se quebró en mil pedazos.

Todo este tiempo. Todas las dudas que había tenido, todas las veces que había pensado que algo no encajaba, todas las palabras de Caín resonando en su cabeza... Y él había elegido no escuchar. Había elegido confiar. Había elegido amar.

Y todo era una mentira.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Pero no era solo tristeza. Era humillación. Era ira. Era la sensación de haber sido un tonto, de haber bajado la guardia, de haberse permitido ser débil frente a alguien que solo estaba jugando con él.

Había luchado tanto. Había peleado contra sus propios demonios para aceptar lo que sentía por otro Omega. Había llegado a pensar que tal vez, solo tal vez, podía ser feliz. Y ahora...

—Lo siento mucho —la voz de Mateo era un susurro roto—. Déjame que te explique, por favor...

—¿¡Que me vas a explicar, maldito bastardo!? —el grito de León rasgó el aire. Sus manos temblaban, su cuerpo entero temblaba, pero su voz era fuerte, afilada, letal—. ¿Qué querías lograr? ¿Enamorar al Omega problemático? ¿Hacerte el héroe? ¿Demostrar que hasta la basura como yo puede caer a los pies de un Alfa?

—No, no es eso, yo nunca...

—¡CÁLLATE!

León rompió el papel con furia, una y otra vez, hasta convertirlo en pedazos diminutos que lanzó al rostro de Mateo. Los fragmentos cayeron sobre él como nieve sucia, como los restos de lo que habían construido.

—Te amo —dijo Mateo, y su voz era un llanto desesperado—. Te amo desde la primera vez que te vi. Eres mi Omega destinado. Lo sentí en tus feromonas, lo sentí en mi alma, lo he sentido cada maldito segundo que he pasado a tu lado.

León lo miró. Lo miró con los ojos llenos de lágrimas, con el corazón hecho pedazos, con todo el dolor del mundo reflejado en su rostro.

—No me importa —respondió, y su voz era hielo—. No me importa lo que sientas. No me importa tu amor. Me mentiste. Me hiciste creer que eras algo que no eres. Me hiciste dudar de mí mismo, de lo que sentía, de si era normal o un error. Y todo el tiempo... todo el tiempo sabías la verdad.

—León, por favor...

—¡ALÉJATE DE MÍ!

El grito fue tan desgarrador que varios estudiantes se detuvieron a mirar. León dio media vuelta y comenzó a caminar, luego a correr, alejándose de Mateo, alejándose de la universidad, alejándose de todo.

Mateo quiso seguirlo. Dio un paso, luego otro. Pero las piernas no le respondieron. Cayó de rodillas en medio del pasillo, rodeado de pedazos de papel, rodeado de miradas curiosas y susurros, rodeado de los restos de su felicidad.

—León... —susurró, pero ya no había nadie para escucharlo.

Cala observó la escena con una sonrisa satisfecha. Se acercó a Mateo, se inclinó para susurrarle al oído:

—Bienvenido al mundo real, Alfa. Aquí los Omegas no son trofeos que se ganan con mentiras.

Y se alejó, dejando a Mateo destrozado en el suelo.

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León corrió sin saber a dónde. Sus pies lo llevaron instintivamente a su apartamento, pero cuando llegó, no pudo entrar. El olor de Mateo aún estaba allí, en las paredes, en la cama, en la cocina donde había cocinado para él. Todo le recordaba a él.

Salió de nuevo. Corrió más. Y sin darse cuenta, sin pensarlo, llegó al vivero.

Su lugar seguro, había dicho Mateo. Nuestro lugar seguro.

Pero ya no. Nada era seguro ya.

Entró, buscando el rincón de los gatitos, buscando ese calor que tanto necesitaba. Se acurrucó junto a la cucha, abrazó sus rodillas, y lloró.

Lloró todo el dolor que había contenido durante años. Lloró la traición, la humillación, la pérdida. Lloró por el niño que había sido, por el Omega roto que aún llevaba dentro, por la esperanza que había florecido y había sido pisoteada.

Los gatitos, sensibles a su dolor, se acercaron. Uno de ellos trepó a su regazo y se acurrucó contra su estómago, ronroneando suavemente. León lo abrazó con una mano, mientras con la otra acariciaba sin querer el brazalete de fresas que aún llevaba puesto.

Lo miró. La pequeña fresa de plata brillaba bajo la luz del atardecer.

Con un movimiento brusco, se lo quitó y lo arrojó contra la pared.

Pero un segundo después, arrepentido, fue a recogerlo. Lo apretó contra su pecho y lloró aún más fuerte.

Te odio, Mateo. Te odio por mentirme. Te odio por hacerme amarte. Te odio por ser Alfa. Te odio... te odio...

...te extraño.

---

Mateo no se movió del suelo durante mucho tiempo. Cuando finalmente lo hizo, cuando Kim apareció para ayudarlo a levantarse, cuando logró articular palabra, solo dijo una cosa:

—Lo perdí. Lo perdí para siempre.

Kim lo abrazó con fuerza, sin decir nada. Porque no había palabras. Solo estaba el silencio y el dolor y la certeza de que nada volvería a ser igual.

Pero en algún lugar, en el vivero, entre gatitos y plantas y lágrimas, León apretaba el brazalete contra su pecho y se preguntaba si el amor podía sobrevivir a la mentira.

Y no tenía respuesta.

1
Samuel Hernández
Que hermoso amor 😍 yo quiero un Alfa así de amoroso como Mateo 😗ya dale su merecido a Cala que entienda lo que no le pertenece no lo debe de tocar😤
Ji Sang
si lo protege hasta el final
Marleni Pacheco aguilar
me puse triste es la realidad de muchas mujeres 😿
espero el siguiente capítulo
Marleni Pacheco aguilar
gracias estuvo muy bueno actualización más rápido si plis
Marleni Pacheco aguilar
el capítulo de hoy autora esta super dónde se quedó quiero ver el tema de celos de nuestro Omega
Marleni Pacheco aguilar
Gracias por el capítulo estuvo muy bueno la verdad me gustó mucho pero porfis actualiza el día de hoy 14 de febrero día del amor y la amistad gracias que son para tus seguidoras
Marleni Pacheco aguilar
cuando sale el próximo autora
♥️Lisseth♥️
Excelente gracias
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