Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 1
Olivia
Bajo el primer escalón y el murmullo se apaga como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible. El vestido color champán se ajusta a mi cuerpo con una precisión que no pedí: ceñido a las caderas marcando mi cintura, con una sola manga cubriendo mi brazo izquierdo como si fuera suficiente para darme pudor. Mis rodillas quedan al descubierto, elegantes, pulidas y aceptables. El vestido lo eligieron mis padres. Por supuesto que lo hicieron.
El mármol está frío bajo mis tacones, pero no tanto como las sonrisas que me esperan al final de la escalera.
Siento las miradas antes de ver los rostros. Me recorren despacio, con descaro y con aprobación. Como si estuvieran evaluando una obra antes de comprarla. Quizás eso es exactamente lo que están haciendo.
Respiro, sonrío y bajo otro escalón.
Esta es mi fiesta de compromiso. Mi celebración y también, mi jaula adornada con flores blancas y copas de cristal.
Alzo la vista y lo veo.
Marcos Ferrari está de pie junto a mi padre, impecable en su traje oscuro, sosteniendo una copa de champagne que no bebe. Sus ojos no se apartan de mí. No hay deseo en su mirada, tampoco ternura. Hay posesión y expectativa. Como si ya le perteneciera y estuviera llegando tarde a una cita que nunca acepté.
La ironía me arde en la lengua.
Apenas he cruzado palabras con él. Recuerdo su voz grave diciendo mucho gusto como si realmente lo sintiera. Recuerdo su mano firme estrechando la mía el día que mi padre anunció el nuevo acuerdo. El nuevo socio. El hombre indicado y el futuro correcto.
Recuerdo, sobre todo, el día de mi cumpleaños número veintiocho.
El anillo brillando bajo las luces del restaurante. La respiración contenida de mi madre. La mirada orgullosa de mi padre. El silencio pesado antes de que yo dijera que sí.
Porque eso es lo que hace una buena hija.
Bajo otro escalón.
Los Renaldi no crían hijas para que desobedezcan. Crían herederas, símbolos, monedas de cambio envueltas en seda y buenos modales.
Ellos me lo han dado todo. Educación, viajes, seguridad, una vida donde nunca tuve que preocuparme por el precio de nada. Y esta —me repitieron— es la forma correcta de retribuirlo.
Casándome con un hombre del que apenas conozco su nombre.
Marcos Ferrari.
Apoyo mi mano suavemente en la baranda, guiándome, asegurándome de que no tropiece. Veo a mi madre, la cual me mira de reojo, orgullosa y satisfecha.
Bajo el último escalón y los aplausos comienzan. Educados y medidos. Una completa pantomima. Una forma aceptable, elegante, socialmente intachable de comprarme sin decir la palabra en voz alta.
Avanzo entre los invitados. Perfumes caros, joyas discretas, risas controladas. Todos saben por qué están aquí. Todos entienden el verdadero brindis que se está celebrando.
Marcos se adelanta y toma mi mano. Sus dedos son cálidos y seguros. No me aprieta, no necesita hacerlo. Su pulgar roza mi piel con un gesto que podría pasar por afecto, pero que se siente como una marca invisible.
—Olivia— Dice, sonriendo para los demás. —Luces increíble.
Inclino la cabeza y sonrío cumpliendo con mi papel.
—Gracias.
Su mano no tiembla. La mía tampoco. Eso debería decir algo para los dos. Probablemente logremos sobrellevar este falso matrimonio lo mejor que podamos.
Alzo la vista y es entonces cuando lo siento.
No sé de dónde viene al principio. No es una mirada que pesa, es una que corta. Instintiva, afilada. Como si alguien hubiera deslizado una hoja por el aire.
Mis ojos se mueven solos, hasta encontrar la figura que está apoyado cerca del bar, ligeramente apartado del centro de la escena. Alto y de cabello oscuro. Tiene un traje negro que demuestra lo poco que se esfuerza por verse bien y aun asi, lo mucho que resalta. No sonríe, no aplaude. Tan solo me observa mientras lleva a su boca su bebida y luego relame sus labios.
¿Quién se supone que es?
Hay algo en él que no encaja. No pertenece a este decorado pulcro. No parece impresionado y no parece interesado en lo que todos ven.
Sus ojos —fríos e intensos— se cruzan con los míos y el mundo se reduce a ese punto exacto.
No aparta la mirada y yo tampoco lo hago.
Siento un tirón extraño en el pecho. No es atracción inmediata. Es reconocimiento. Como mirarse en un espejo que no sabías que existía.
Marcos aprieta ligeramente mi mano, reclamando mi atención. El desconocido de pronto desaparece de mi campo de visión.
Mis padres me rodean apenas termina el brindis, como si temieran que alguien pudiera arrebatárselos de las manos. Mi madre me observa de arriba abajo con una sonrisa satisfecha, evaluando cada pliegue del vestido, cada mechón de cabello en su lugar.
—Estás hermosa, Olivia— Dice, con esa voz dulce que usa cuando todo sale según lo planeado. —Realmente hermosa.
—Nunca te habías visto tan… radiante— Añade mi padre, orgulloso, como si mi apariencia fuera una extensión directa de sus logros.
Les sonrío. Una sonrisa correcta que me han enseñado desde niña a mostrar ante un cumplido.
—Gracias— Respondo, y por un momento logro olvidar la mirada que me atravesaba hace unos instantes, ese peso extraño que aún siento en el pecho. Me obligo a centrarme en ellos. En Marcos y en esta realidad cuidadosamente construida para mi.
Marcos se acerca más, demasiado para mi propio gusto y comodidad.
Su mano vuelve a mi espalda, deslizándose con familiaridad por una zona que ya conoce de memoria sin haberla conquistado jamás. Su cuerpo roza el mío, firme y presente. Me tenso al instante. No puedo evitarlo. Cada vez que me toca, algo dentro de mí se retrae, como si mi cuerpo supiera antes que yo que no hay nada que encontrar ahí.
No siento nada, ni mariposas, vértigo o curiosidad. Simplemente, nada. Tan solo una necesidad absurda de dar un paso atrás.
—¿No es perfecto todo?— Dice Marcos, entusiasmado. —El salón, la música… ya me imagino la boda. Va a ser espectacular.
Mis padres asienten con fervor. Empiezan a hablar de fechas, de invitados, de destinos posibles para la luna de miel. Yo escucho a medias, atrapada entre la mano de Marcos en mi espalda y la certeza de que mi vida está siendo planificada como un evento más, un negocio que pronto podrán cerrar.
—Aquí estás— Veo a Sofía, mi mejor amiga, apareciendo como un soplo de aire fresco entre tanto perfume caro. —Te estuve buscando.
Su vestido no es de diseñador, no brilla, porque y no porque no sea deslumbrante. Sofia es una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida. Es simplemente, que ella no intenta impresionar, no trata de llamar la atención de todas estás personas.
Nunca me había alegrado tanto de ver a alguien.
—Sofi— Respiro su nombre casi como un alivio.
Mis padres tensan las sonrisas apenas la reconocen. Sofia nunca ha sido de su agrado por no venir de una prestigiosa o acaudalada familia. Ante sus ojos, mi amiga solo es la chica becada que frecuenta nuestro circulo.
—¿Te la puedo robar unos minutos?— Pregunta Sofía con descaro encantador y Marcos frunce el ceño por una fracción de segundo. —Prometo devolverla entera.
No espera realmente una respuesta. Me toma del brazo y yo no me resisto. De hecho, le estaría agradecida aunque me sacara arrastrando.
—No tarden— Sentencia mi madre. —Hay gente que quiere felicitarte Olivia.
—Cinco minutos— Asegura Sofía, guiñándome un ojo.
En cuanto estamos a una distancia prudente, Sofía me suelta y me da un par de palmadas suaves en el hombro. No hacen falta palabras. Ella sabe, siempre ha sabido.
—Sobreviviste a la bajada de la escalera con ese espantoso vestido. —Dice. —Eso ya es un logro.
Exhalo una risa baja.
—Ya puedo tachar eso de la lista.
Me observa con atención, ladeando la cabeza.
—Estás preciosa— Admite. —Y lo digo con completa sinceridad.
—Lo sé. Tu nunca podrías mentirme.
Se apoya contra una columna y me mira con una mezcla de ironía y honestidad brutal.
—¿Sabés?— Dice. —Yo mataría por tener aunque sea una pizca de tu suerte.
Levanto una ceja.
—¿Suerte?
—Vamos, Oliv— Continúa. —Eres rica, hermosa, única hija, y encima te vas a casar con un tipo guapo y forrado en dinero. Ese hombre te mira como si se le fuera la vida en ello.
Miro hacia donde dejamos a Marcos. Incluso a la distancia, su atención sigue fija en mí.
—Sí— Murmuro. —Supongo que eso debe ser. Suerte.
—Muchas darían lo que fuera por estar en tu lugar.
Aprieto los labios. El vestido se siente más ajustado de repente.
—Todo sería perfecto— Digo al fin. —Si pudiera sentir algo por él.
Sofía no responde de inmediato. Me observa, seria ahora, sin bromas.
—¿De verdad no sientes nada?— Pregunta en voz baja.
Niego.
—Nada que se parezca a lo que se supone que debería sentir.
Ella suspira.
—Entonces me retracto amiga… eso definitivamente no es suerte. Tienes que hablar ahora. Di lo que piensas y cuentales sobre lo que no sientes antes de que sea tarde.
—Sabes que no puedo hacer eso y además....— Tomo aire para no estallar con la frustración que me provoca todo esto. —Además, aunque me queje, aunque tire cosas o monte una rebelión, nada de eso importará. Ninguno de ellos me ha tomado en cuenta hasta ahora y así seguirá siendo hasta...
—Ni se te ocurra decir hasta que mueras. Ellos han llegado hasta aquí porque tu los has dejado. Eres fuerte e inteligente. Sé que puedes decidir el verdadero rumbo que quieres para tu vida.
—No, no puedo y lo sabes.
No soy para nada fuerte. Soy una cobarde que no tiene el valor de romper las cadenas que mis padres han puesto a en mis pies y saltar de la torre.
Olivia Grimaldi