Me desperté aturdida en un lugar desconocído y después de una serie de acontecimientos me di cuenta que habia reencarnado en una novela, pero mi personaje no existia
NovelToon tiene autorización de Karol para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
mamá mia
Mateo
Tres días después, mamá ya podía caminar con normalidad.
Salía de la tienda. Caminaba por el campamento. Hablaba con los soldados. Incluso sonreía más.
Y eso debería haberme alegrado.
Pero algo me molestaba.
Aurelian.
Ese hombre alto, serio y siempre con esa mirada fría se la pasaba observándola. No como alguien preocupado, como algo más.
La miraba demasiado.
Y eso me enfadaba.
Porque mi mamá era mía.
No de sangre.
Pero sí de verdad.
Ella me había cuidado cuando nadie más lo hizo. Me curó cuando la fiebre casi me quemaba por dentro. Se quedó despierta cuando yo tenía pesadillas. Me enseñó a leer. A defenderme. A no tener miedo.
Ella era mi casa.
Y ahora ese hombre la miraba como si tuviera derecho sobre ella.
Le daba órdenes.
Le decía qué debía hacer.
Y eso no me gustaba.
Porque nadie le daba órdenes a mi mamá.
Siempre que él se acercaba, yo también lo hacía.
Si hablaban, me sentaba entre los dos.
Si él preguntaba algo, respondía yo primero.
Y cuando veía que la conversación duraba demasiado, tomaba su mano.
—No tienes que hablar con él —le decía.
Ella sonreía.
Pero yo no sonreía.
Yo estaba vigilando.
Aurelian
La investigación llegó más rápido de lo que esperaba.
Y lo que encontré fue… nada.
No había registros de ella antes de hace tres años.
Ningún nombre anterior.
Ninguna familia.
Ningún rastro.
Era como si hubiera nacido de la nada.
Y eso no tenía sentido.
Nadie aparece de la nada.
La falta de información me frustraba más que una mentira evidente.
Así que decidí acercarme a ella personalmente.
Si los documentos no hablaban, lo haría ella.
Pero para mi sorpresa, el pequeño Mateo se interponía constantemente entre nosotros.
Se sentaba entre ambos.
Interrumpía.
Me miraba con abierta hostilidad.
Sabía que no le agradaba.
Y eso me irritaba más de lo que debía.
Un niño no debería incomodarme.
Pero lo hacía.
Porque cada vez que cerraba los ojos veía esa marca.
La media luna atravesada por una línea fina.
La misma que yo llevaba.
La misma que mi hermano perdido tenía.
Y esa coincidencia no me dejaba en paz.
Además de la duda, había algo más.
Una incomodidad constante.
Una tensión que no lograba explicar.
un día normal empezamos j a discucion abasurda, todo comenzó por algo trivial.
Como siempre.
Mateo estaba intentando tensar una cuerda para practicar con el arco. Amara lo guiaba con paciencia.
Me detuve a observar.
—Debería entrenar disciplina —dije—. No depender tanto de usted.
Amara me miró molesta.
—Tiene doce años.
—Y carácter indomable —respondí con frialdad.
Mateo soltó la cuerda.
—No necesito que usted me diga qué hacer.
El silencio cayó pesado.
Amara dejó caer la cuerda también.
—Mateo…
—¿Qué? —replicó, adelantándose un paso—. Siempre está diciendo lo que deberíamos hacer.
—Mientras estén en mi campamento —dije con voz firme—, seguirán mis órdenes.
—No somos sus soldados —respondió él.
Amara se puso de pie.
—Suficiente.
Pero era tarde.
Mateo se colocó delante de ella, pequeño pero decidido.
Lo miré desde arriba.
—La disciplina no es crueldad. Es supervivencia.
—Yo he sobrevivido sin usted —contestó.
Sus manos se aferraron al vestido de Amara.
Y entonces lo dijo.
—Mamá siempre me ha cuidado. No necesito que usted venga a mandarnos.
Su voz empezó a temblar.
—No quiero que ningún extraño venga a quitarme nada.
El campamento quedó en silencio.
Nadie había hablado de quitar.
Pero ahí estaba el miedo verdadero.
Desnudo.
No era desafío.
Era terror.
Lo miré diferente por primera vez. como un niño asustado.
y eso me estrujo el pecho, Amara se lo llevó y lo dejó en la tienda consolando y no salieron hasta el día siguiente.
Amara empezó a salir más.
A caminar por el campamento.
A hablar con los soldados.
Reía.
Aprendía.
Se movía con naturalidad entre ellos.
Y yo observaba.
La investigación no había dado respuestas.
Ella seguía siendo un misterio.
Pero lo que más me inquietaba no era su pasado.
Era el presente.
Un soldado le ofreció su capa cuando comenzó a lloviznar.
Ella la aceptó con una sonrisa suave.
Y algo en mi pecho se tensó.
No era desconfianza.
No era vigilancia.
Era otra cosa.
Una molestia que no tenía lógica.
No tenía derecho.
Ella no me pertenecía.
No era asunto mío con quién hablaba o sonreía.
Y sin embargo…
Me enfurecía.
Porque no me gustaba no ser el centro de su atención.
Porque no me gustaba que otros la hicieran reír.
Porque no me gustaba lo que provocaba en mí.
Uno de mis hombres notó mi mirada.
—La observa demasiado, mi señor.
Desvié la vista de inmediato.
—Ocúpese de sus deberes.
Pero la frase quedó resonando.
La estaba mirando demasiado.
¿Por qué?
No era desconfianza.
Era algo peor.
Era interés.
Y eso era peligroso.
Porque el interés debilitaba.
Porque el interés hacía bajar la guardia.
Y yo nunca bajaba la guardia.
Levanté la vista una última vez.
Ella también me estaba mirando.
Esta vez no aparté la mirada de inmediato.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza.
Pero ya no era la única tormenta formándose.
Había otra.
Más silenciosa.
Más peligrosa.
Y apenas estaba comenzando.
pensó que podría pero ya demostró Aurelian su potencial y que Amara no es una muñeca de decoración allá gobernará como igual a Aurelian no será una muñeca de adorno