Alessio De Luca compró un esposo omega para que fuera un adorno en su vida de capo, pero esa noche Renato Vieri murió de miedo. En su cuerpo despertó Dante, un alfa estratega que perdió su vida en otro mundo.
Ahora, fingiendo sumisión, Renato usará a Alessio para escalar hasta la cima del hampa. Su plan: ser la mano en la sombra que guíe cada movimiento de su alfa. Pero su verdadera naturaleza empieza a filtrarse en su aroma, lo que debería oler solo a algodón y flor de cerezo comienza a liberar pimienta rosa, un picante que Alessio no puede ignorar.
Entre la atracción de sus feromonas y la admiración por esa mente criminal, el alfa se verá obligado a replantearse todo lo que creía sobre los omegas, el poder y la lealtad. Juntos formarán una alianza letal. Pero cuando la máscara caiga y Alessio descubra que su esposo no es quien dice ser, ¿serán dueños de la ciudad o enemigos mortales?
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Capítulo 2: Flor de cerezo marchita
Los primeros días, Renato intentó ser lo que esperaban. Se levantaba temprano, se vestía con la ropa que le dejaban, bajaba a desayunar solo en un comedor enorme donde nadie lo acompañaba. Paseaba por los jardines, pero los guardias lo miraban de una forma que le helaba la sangre. Aprendió qué pasillos podía recorrer y cuáles estaban prohibidos, aprendió a no molestar. Aprendió a ser invisible.
Alessio no volvió a verlo en toda la primera semana.
La segunda semana, Renato empezó a preguntarse si alguna vez lo haría.
Los sirvientes no le hablaban. Eran omegas también, pero lo miraban con una mezcla de lástima y distancia, como si supieran algo que él aún no había aprendido. La cocinera, una beta de mediana edad, fue la única que le dirigió la palabra más allá de lo estrictamente necesario:
—No te encariñes con nada, niño. Aquí todo es prestado.
—¿Prestado?
—El señor De Luca compra muchas cosas. Algunas las guarda, otras las tira cuando se cansa.
Renato pasó esa noche sin dormir.
La tercera semana, dejó de comer.
No era una decisión consciente, simplemente la comida había perdido el sabor. La cama era demasiado grande, las sábanas demasiado suaves. Las flores del jarrón olían a algo que le recordaba a su casa, a los jazmines que su madre tenía en el balcón antes de que se secaran, como todo lo demás.
Pero una noche, la desesperación pudo más. Esperó a que los pasillos quedaran a oscuras y se deslizó hacia la puerta trasera del jardín. Llegó hasta los setos antes de que los guardias lo alcanzaran.
No le pegaron, solo lo sujetaron, los dedos de uno de ellos se clavaron en sus muñecas con una fuerza que dejó moretones. Lo devolvieron a su habitación sin una palabra. Al día siguiente, las marcas ya eran visibles. Se las cubrió con las mangas largas y no volvió a intentarlo.
Esa misma noche, en el despacho de Alessio, Luca informó de lo ocurrido.
Alessio no levantó la vista de los documentos.
—¿Lo han visto?
—Solo los guardias, señor.
—Bien. Que no se entere nadie más.
Luca esperó. Alessio pasó una página.
—Dile de mi parte que si vuelve a intentarlo, voy a considerar que el trato está roto. Y espero que tenga el dinero para devolvérmelo.
Luca asintió y se retiró.
Alessio volvió a sus papeles. No pensó más en el omega.
Renato recibió el mensaje al día siguiente. Luca se lo entregó sin añadir nada, con la misma expresión neutra de siempre.
"Si vuelves a intentarlo, espero que tengas el dinero para devolvérmelo."
Renato leyó la nota dos veces. La dejó sobre la mesita.
Su familia no tenía ese dinero, lo habían gastado en deudas. Si Alessio lo reclamaba, se arruinarían del todo.
No sentía lealtad por los Vieri, pero la culpa era un peso que aún no sabía cómo soltar.
Se quedó mirando el techo blanco, inmaculado, vacío.
Y supo que no volvería a intentar escapar.
Empezó a pasar los días en la biblioteca, era el único lugar de la mansión donde no se sentía observado. Allí, entre libros que nadie leía, podía fingir que seguía siendo alguien. Podía leer novelas de amores imposibles y finales felices que sabía que no existían. Podía imaginar que no había sido vendido, que su padre lo quería, que su madre lo había despedido con una lágrima. Que Marco, tal vez, lo extrañaba.
Pero todas las fantasías se rompían cuando salía al pasillo y un guardia alfa lo miraba con esos ojos que decían tú no eres nadie aquí.
A veces, cuando cruzaba cerca de ellos, sus feromonas se intensificaban. No era agresión, era peor. Era una especie de evaluación constante, como si estuvieran calculando si valía la pena molestarlo, si alguien notaría su ausencia si desaparecía una hora, dos, una noche entera.
Renato dejó de salir de su habitación.
La cuarta semana, el miedo se instaló en sus huesos.
No era un miedo con forma, era una niebla que lo envolvía todo. El miedo a equivocarse, a que Alessio lo mandara llamar, a que, cuando lo hiciera, no supiera qué hacer. El miedo a que no le gustara o a que le gustara demasiado. El miedo a que fuera indiferente, a que lo despidieran como a un objeto defectuoso. El miedo a que su padre lo rechazara si lo devolvían, a que no lo aceptaran en ningún lado porque pensaran que ya no era nuevo, ya no era virgen, ya no valía lo que había valido.
El miedo a que toda su vida hubiera sido esa cuenta atrás hasta este momento, y que ahora que había llegado, no supiera ser nada.
Su aroma de algodón y flor de cerezo se volvió amargo, ácido, un olor a miedo que impregnaba las sábanas, la ropa, el aire de la habitación. Nadie lo notó, o si lo notaron, nadie hizo nada.
Una noche, Alessio ordenó que bajara a cenar con él y unos socios.
Renato se puso la ropa que le dejaron en la cama —una camisa de seda color crema, pantalones claros, nada que pudiera ofender a nadie— y bajó al comedor con las manos temblando. Se sentó a la derecha de Alessio, bajó la mirada, sonrió cuando había que sonreír, asintió cuando había que asentir.
Uno de los socios, un alfa calvo con anillos en los dedos, lo miró con una sonrisa que le puso la piel de gallina.
—Es bonito, De Luca. Lástima que parezca que va a llorar en cualquier momento.
Los otros rieron, Alessio ni siquiera lo miró.
—Se acostumbrará —dijo, como quien habla de un mueble nuevo que aún chirría.
Renato sintió que algo se rompía dentro de él. Algo pequeño, algo que quizás había estado aguantando desde que tenía siete años y un hombre desconocido le pellizcó la mejilla y dijo ya veremos.
No lloró. Los omegas no lloran.
Esa noche, de vuelta en su habitación, se miró al espejo. Sus ojos avellana estaban vacíos, su rostro, que siempre le habían dicho que era hermoso, era solo una máscara. Algodón y flor de cerezo. Suave. Inocente. Inofensivo.
Un adorno.
Eso era todo.
Encontró la hoja de afeitar al día siguiente.
Estaba en el cuarto de baño de los sirvientes, en un cajón que alguien olvidó cerrar. La tomó con dedos que no temblaban, la escondió en el dobladillo de un libro que nadie leería.
No fue una decisión inmediata, durante unos días, solo la tuvo. Saber que estaba allí, en el cajón del escritorio, debajo de los sobres vacíos, era una especie de compañía. La única que tenía.
Una noche soñó con su madre.
Estaba en el balcón de la casa de los Vieri, con los jazmines marchitos, peinándolo como cuando era niño. Sus manos ya no temblaban, sus ojos ya no estaban vacíos.
—¿Te duele mucho, Renato?
—Sí.
—¿Quieres que pare?
—No. Ya no.
Despertó con las mejillas mojadas. Los omegas no lloran, pero esa noche, solo, en la oscuridad de la habitación perfecta, Renato se permitió hacerlo.
Lloró por su madre, que nunca supo protegerlo. Por su padre, que nunca lo quiso. Por Marco, que se fue sin mirar atrás. Por sí mismo, por todos los años que había pasado bajando la mirada, sonriendo cuando quería gritar, siendo suave cuando quería romperse.
Lloró hasta que no le quedaron lágrimas.
Y entonces, se sintió tranquilo.
Escribió la carta al día siguiente.
No sabía bien a quién iba dirigida. Tal vez a su madre, ta vez a nadie. Tal vez a alguien que algún día encontrara su cuerpo y se preguntara por qué un omega bonito, vendido a un alfa poderoso, había decidido que no quería seguir siendo un adorno.
Nunca quise ser un adorno, escribió. Su letra era pequeña, apretada, como si las palabras quisieran ocupar el menor espacio posible. Nunca quise que me vendieran, nunca quise tener miedo todo el tiempo. Pero no sé ser otra cosa. Me enseñaron a bajar la mirada, a callar, a sonreír. Y lo hice. Lo hice todo bien, pero sigo teniendo miedo. Y estoy tan cansado.
Perdón.
Dobló la carta. La guardó en el cajón del escritorio, junto a la hoja de afeitar. La sacó cuando cayó la noche.
Se sentó en el borde de la cama, sobre las sábanas de algodón que nunca lo habían abrazado. Miró sus muñecas. La piel era pálida, fina, marcada por los dedos de los guardias, las venas trazaban líneas azules bajo la superficie.
Ya no tengo miedo, pensó. Y por primera vez en semanas, era verdad.
La hoja cortó la piel de su muñeca izquierda con un dolor limpio, casi cortés. La sangre brotó en un hilo rojo que se deslizó por su antebrazo y cayó sobre el algodón de la cama. Renato suspiró, no era un sollozo, era el sonido de alguien que, por fin, deja de sostener el peso que le pusieron en los hombros antes de que aprendiera a caminar.
Cortó la otra muñeca.
El algodón absorbió la sangre con la misma indiferencia con que había absorbido sus lágrimas las noches anteriores. Renato se recostó. El techo era blanco, inmaculado, como debía ser un omega. Como él nunca había podido ser.
Cerró los ojos.
El mundo empezó a desdibujarse en los bordes. El frío del suelo ya no llegaba a sus pies. El olor de las flores del jarrón se apagaba.
Al fin, pensó. Al fin ya no tengo miedo.
La última imagen que su mente alcanzó a formar fue la de su madre, de espaldas, firmando los papeles sin volverse a mirarlo.
Luego, nada.
El algodón de las sábanas siguió absorbiendo la sangre en silencio. La flor de cerezo en el jarrón empezó a marchitarse.
Y en algún otro lugar, en algún otro tiempo, un hombre llamado Dante Falcone caía de rodillas sobre el asfalto caliente, con una bala en el costado y quince años de lealtad escurriéndose entre los dedos.
Dos vidas que se pagaban. Dos muertes que se encontraban en el vacío.
Y un cuerpo que esperaba, inmóvil sobre las sábanas de algodón, a que el universo decidiera si esa historia había terminado o si, tal vez, recién empezaba
Gracias por el cap🫶🫂
Ale cada día me gusta más, está aprendiendo a coexistir con todo lo que es y significa Ren. Todavía falta pero va por buen camino🤓🤓🤓