Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.
¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?
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capitulo 15
El gas violáceo se expandía por el conducto con una lentitud coreografiada, transformando el túnel en una garganta borrosa. Mis pulmones ardían, no por falta de aire, sino por la densidad química de ese vapor que olía a flores podridas y ozono. Mientras caía por aquel pozo de cables, el mundo se volvió un caleidoscopio de luces azules y sombras eléctricas. La última imagen nítida que retuve fue la de Marcus, forcejeando contra las serpientes de fibra óptica que lo arrastraban hacia el techo como si fuera un títere desarticulado.
Cuando mis pies tocaron fondo, el impacto no fue seco. Aterricé sobre una superficie acolchada, un material sintético que absorbió el golpe con un gemido neumático. Me quedé inmóvil, esperando que el dolor llegara, pero lo único que sentí fue una vibración constante bajo mi cuerpo. El latido de Aethelgard.
Me incorporé con dificultad. El gas se estaba disipando, revelando una estancia que no figuraba en ningún plano que hubiera visto en los monitores de arriba. Las paredes eran de cristal templado, y detrás de ellas, el agua del océano se movía con una pesadez abismal. Estaba bajo el nivel del mar, en una especie de pasillo subacuático que conectaba la mansión con el corazón de la isla.
—¿Marcus? ¿Lucía? —llamé, pero mi voz sonó apagada, como si el aire fuera demasiado espeso para transportar el sonido.
Nadie respondió. Estaba sola. Metí la mano en el bolsillo de mi sudadera y sentí el relieve de las llaves maestras. Seguían ahí. Eran mi único vínculo con la realidad, el único objeto que me otorgaba una ilusión de control en este laberinto de alta tecnología.
Caminé por el pasillo de cristal. A mi izquierda, las profundidades marinas eran un vacío negro salpicado por el destello ocasional de alguna criatura abisal. A mi derecha, tras otro panel de cristal, vi lo que me hizo detenerme en seco. Eran uniformes. Decenas de ellos, idénticos a los que usaba el servicio de la mansión, colgados en perchas móviles que se desplazaban por un riel infinito. Junto a ellos, máscaras de silicona, rostros inexpresivos que esperaban a ser usados.
No eran humanos. No eran simplemente empleados. Eran extensiones de una máquina que necesitaba una interfaz física para interactuar con nosotros.
"Capítulo doce: La arquitectura del engaño", susurró una voz en mi mente. No era la voz del anfitrión, era mi propia conciencia intentando dar sentido al caos. Según la planificación, este era el bloque de "Sin Escape". Estábamos en el punto donde las alianzas debían formarse, pero yo me encontraba en el vientre de la bestia, descubriendo que incluso el personal era parte de una escenografía industrial.
Un zumbido a mis espaldas me obligó a girarme. Una de las puertas automáticas del pasillo se había abierto. Detrás, una sala circular iluminada por un único foco cenital que caía sobre una mesa de metal. Encima de la mesa, había tres sobres negros idénticos al que yo llevaba encima, pero estos tenían nombres diferentes: Marcus, Lucía y... Julián.
Me acerqué, sintiendo una atracción magnética hacia el sobre de Julián. Él ya no estaba aquí para proteger su verdad. Con los dedos temblorosos, rompí el sello de cera. Dentro no había una confesión escrita. Había una llave USB y una fotografía antigua. La foto mostraba a Julián, mucho más joven, estrechando la mano de un hombre cuyo rostro había sido quemado con un cigarrillo. Al pie de la imagen, una fecha: 15 de abril de 2016. La noche del accidente.
Sentí que el suelo volvía a vibrar. El pasillo de cristal empezó a oscurecerse. El agua exterior parecía agitarse, golpeando los paneles con una fuerza inusual.
"Elena", la voz del anfitrión volvió a brotar, no de los altavoces, sino de mi propio teléfono satelital, que se activó solo en el suelo, a unos metros de mí. "Has encontrado el archivo de los ausentes. Julián no murió solo por su codicia. Murió porque era el único que sabía quién pagó el asfalto de aquella carretera".
—¿Quién eres? —grité hacia el techo, hacia las cámaras, hacia el vacío—. ¡Deja de jugar con nosotros! Si sabes lo que pasó, si tienes las pruebas, ¿por qué no nos entregas a la policía?
"¿La policía?", la risa del anfitrión fue un ruido estático que me erizó el vello de la nuca. "Elena, la justicia es un concepto humano demasiado lento. Aethelgard es un acelerador de partículas morales. Aquí, la verdad no se demuestra, se padece".
La puerta por la que había entrado se cerró de golpe. El pasillo empezó a llenarse de agua por unas rejillas en el suelo. No era una inundación accidental; era una purga controlada. El agua me llegó a los tobillos en segundos. Estaba fría, tan fría que me quemaba la piel.
Busqué desesperadamente una salida. Usé las llaves en cada ranura que encontré, pero los sistemas estaban bloqueados. El agua subía: rodillas, cintura. El pánico empezó a nublar mi juicio. Recordé el vial que Lucía había dejado caer. El gas... ¿era un alucinógeno? ¿Estaba realmente bajo el agua o era otra capa de la simulación?
Me sumergí para intentar forzar la trampilla del suelo, pero la presión era inmensa. A través del cristal, vi una figura nadando en el exterior. No era un buzo. Era una de esas figuras con máscara de silicona, observándome con una curiosidad clínica mientras mis pulmones empezaban a pedir aire.
En el último momento, cuando el agua ya rozaba mi barbilla, una mano rompió el cristal superior de la sala. No fue una explosión, fue un impacto preciso. Un brazo fuerte me agarró de la sudadera y me tiró hacia arriba, sacándome de la trampa acuática justo antes de quedarme sin espacio para respirar.
Caí sobre una superficie de rejilla metálica, tosiendo, expulsando el agua de mis pulmones. Al levantar la vista, vi a Marcus. Tenía la cara manchada de aceite y la linterna táctica atada a su cinturón con cinta americana. Parecía haber pasado por una guerra en la media hora que estuvimos separados.
—Te dije que no tocaras nada, Elena —dijo, ofreciéndome la mano. Su voz era ronca, cargada de una fatiga que iba más allá de lo físico.
—¿Dónde está Lucía? —logré preguntar entre espasmos de tos.
Marcus señaló hacia la oscuridad del túnel superior.
—Está en la zona de las calderas. Encontró algo que la dejó catatónica. Elena, esta isla no es solo una prisión. Es un archivo vivo.
Nos pusimos en marcha. Marcus se movía con una seguridad nueva, como si el peligro hubiera despertado en él un instinto militar enterrado bajo capas de cinismo corporativo. Atravesamos una red de tuberías calientes que silbaban vapor a intervalos regulares. El calor era sofocante, un contraste brutal con el agua helada de la que acababa de escapar.
Llegamos a una pasarela que sobrevolaba una sala de máquinas inmensa. En el centro, Lucía estaba sentada en el suelo, rodeada de carpetas de cartón amarillento. No lloraba, no gritaba. Solo pasaba hojas con una expresión de vacío absoluto.
—Lucía, tenemos que movernos —dije, acercándome a ella.
—No hay dónde ir, Elena —respondió ella sin mirarme. Me tendió una hoja. Era un informe forense. Mi nombre estaba en el encabezado—. Aquí dice que la conductora del vehículo falleció en el acto por un traumatismo craneoencefálico. El 15 de abril de 2016.