Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.
Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.
En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.
En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.
Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.
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CAPÍTULO 4 – El primer quiebre. El inicio de una caída irreversible.
En la profundidad de su mente adormecida comenzó el sueño.
Dos siluetas pequeñas corrían frente a ella. Reían. Sus voces eran ligeras, felices, como campanas agitadas por el viento. No lograba ver sus rostros, pero sabía que eran niños.
Siempre eran dos.
Despertó agitada.
Frente a ella, sentado con una calma que le resultó insoportable, estaba el doctor. Sus gafas reflejaban la luz blanca del techo, ocultando sus ojos.
Lo miró fijamente antes de hablar.
—¿Qué me pasó?
Su voz era débil, pero firme.
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Tuviste una reacción adversa a un calmante. Como consecuencia, tu útero se desprendió.
Las palabras fueron técnicas. Limpias. Frías.
—¿Qué hicieron? —insistió, con el pulso acelerado.
—Tuvimos que intervenir de emergencia.
Sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Y el bebé…?
El médico mantuvo la mirada igual de inexpresiva, apenas un leve parpadeo quebró la rigidez de su rostro.
—Era prematuro. No sobrevivió.
No hubo titubeo.
No hubo compasión.
Solo una afirmación limpia, casi mecánica, como si estuviera informando el resultado de una prueba más.
Ella sostuvo su mirada unos segundos, buscando una grieta, una señal de humanidad.
No encontró nada.
Murió.
Esa verdad cayó pesada. Definitiva.
Comenzó a repetirse en su cabeza, una y otra vez, girando como un eco imposible de silenciar.
Murió.
Murió.
Murió.
El sonido se expandía por dentro, ocupándolo todo.
No preguntó más.
No porque no quisiera respuestas, sino porque comprendió que cualquier explicación adicional sería una herida más profunda. Y ya estaba al borde de romperse.
Pero no lloró frente a ellos.
Esperó hasta quedarse sola.
Esa noche volvió al balcón.
Se sentó en el suelo, apoyando la cabeza contra las rejas. El viento frío le acariciaba el rostro mientras las lágrimas descendían sin resistencia.
“No pude protegerlo.”
La idea se repetía una y otra vez, clavándose en su pecho.
Se quedó dormida allí.
Las noches siguientes los sueños regresaron.
Las mismas dos siluetas.
¿Eran recuerdos? ¿Una ilusión nacida del trauma? ¿O algo más profundo?
No lo sabía.
Solo sabía que dormir se había convertido en su único refugio. El único lugar donde sentía algo distinto al encierro.
Comer se volvió difícil. Adelgazaba. Sin embargo, su cuerpo parecía fortalecerse. Las heridas sanaban con una rapidez extraña. Los moretones desaparecían. El dolor físico se desvanecía como si nunca hubiera existido.
Era inquietante.
Demasiado.
Una noche no logró dormir.
Se movía entre las sábanas, inquieta, con el cuerpo tenso y la mente despierta. Finalmente se levantó y caminó hasta el balcón.
El aire nocturno era frío, pero agradable. El cielo estaba cubierto de estrellas que brillaban intensamente sobre el mar oscuro.
Entonces lo vio.
A lo lejos, dos figuras avanzaban cargando algo parecido a una camilla.
Entrecerró los ojos.
La oscuridad apenas le permitía distinguir sombras. ¿A quién llevaban? ¿Por qué hacia el mar? Permaneció observando hasta que regresaron… sin aquello que transportaban.
La escena se repitió en varias noches.
Siempre igual.
Hasta que una vez, no.
La llovizna caía finamente sobre el suelo. Las dos figuras avanzaban como de costumbre, pero de pronto lo que llevaban se incorporó bruscamente y atacó a uno de ellos.
Un grito.
Disparos.
El segundo hombre retrocedió mientras disparaba varias veces, perdiéndose de su vista bajo el balcón.
El silencio regresó.
Tal vez era un animal, pensó. Pero algo en su interior sabía que no era tan simple.
Al día siguiente, mientras estaba en el baño, un sonido agudo rompió la quietud.
Persistente. Irregular.
Como una alarma.
Intentó ignorarlo.
El vapor llenaba la ducha. El agua caliente recorría su piel… hasta que escuchó pasos corriendo por el pasillo. Voces apresuradas. Golpes.
Luego los gritos.
No eran normales… aunque, en aquel lugar, ¿qué lo era?
Eran desgarradores.
Crudos.
Viscerales.
No sonaban a sorpresa. Sonaban a terror puro, a algo que ya había cruzado un límite sin retorno.
Un disparo.
Otro.
Y otro más.
Su corazón comenzó a golpear con violencia.
Un impacto sacudió la puerta del baño.
Se quedó inmóvil.
Algo estaba ocurriendo.
Algo grave.
A pesar de que su instinto le pedía quedarse ahí, la curiosidad pudo más. Se envolvió en una salida de baño y abrió la puerta apenas unos centímetros.
Lo que vio la dejó helada.
El pasillo era un caos. Personas ensangrentadas corrían. Guardias disparaban sin descanso.
Y aun así… ellos seguían avanzando.
Lentos.
Implacables.
No parecían sentir dolor.
Cerró la puerta de golpe, apoyándose contra ella. Su mente era un torbellino.
¿Quiénes eran?
¿Prisioneros?
¿Pacientes como ella?
¿Experimentos?
El sonido de los disparos continuó.
No había súplicas claras. No pedidos de ayuda. Solo una violencia cruda, desordenada.
Se deslizó hasta el suelo, abrazándose las rodillas.
El tiempo se volvió incierto.
¿Minutos?
¿Horas?
No lo sabía.
Solo sabía que algo estaba cambiando.
Y que, quizás, el encierro que la había mantenido cautiva estaba a punto de romperse.