Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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Pasado y presente
En la cima de la torre más alta de Nueva York, donde el oxígeno parece escasear para los mortales comunes, reinaba ella. Miranda Saavedra no solo observaba la ciudad; la poseía. Sus ojos azules, tan gélidos como un iceberg a la deriva, tenían el filo necesario para diseccionar el mercado financiero con una sola mirada. Le bastaba un susurro al teléfono para que imperios enteros se arrodillaran o colapsaran.
Su belleza no era un adorno, era un arma. La piel de porcelana y la cascada de su cabello negro azabache contrastaban con una figura esculpida con disciplina de hierro; una sensualidad letal que enloquecía a los hombres, solo para recordarles, un segundo después, que ella estaba fuera de su alcance.
Apenas doce meses le habían bastado para conquistar la Gran Manzana. Había llegado como una sombra y se había convertido en un sol negro: brillante, pero implacable. Su inteligencia no era solo académica; era instinto de supervivencia puro, ejecutado con una frialdad calculadora que nadie lograba descifrar.
Cuando Miranda caminaba, el aire se tensaba. Los tiburones de Wall Street se apartaban, abriendo paso a la mujer que nunca aceptaba un "no" por respuesta. Pero detrás de ese blindaje de diamantes y éxito, en el núcleo de su pecho, latía un dolor sordo y antiguo. Bajo la seda de su traje de diseñador, aún quemaba la cicatriz de la traición: el recuerdo de la sangre propia que la vendió al infierno.
Hace diez años
—¡Elena, muévete de una vez! —el grito de Andrés Lara retumbó en las paredes del pasillo, cargado de una impaciencia que bordeaba el asco.
—Ya estoy lista, amor —respondió ella, asomándose desde el umbral del baño con una sonrisa tímida, buscando una aprobación que rara vez llegaba.
Andrés no la saludó. Sus ojos, cargados de un desprecio que Elena se negaba a reconocer como odio, recorrieron su cuerpo como quien inspecciona una mancha en el suelo. El silencio que siguió fue más hiriente que cualquier insulto.
—¿Qué se supone que es eso? —escupió él, señalando su vestimenta con un gesto de repugnancia—. ¿En serio pretendes salir a la calle conmigo luciendo así?
Elena dio un paso atrás, como si el tono de su voz la hubiera golpeado físicamente. Se alisó la falda con manos temblorosas.
—Pensé... pensé que te gustaría —balbuceó, sintiendo el nudo en la garganta—. Lo escogí con Alana, ella dijo que era lo más elegante para la ocasión. Ella tiene tan buen gusto...
Andrés soltó una carcajada seca, carente de humor. Se acercó a ella lo suficiente para que Elena sintiera su dominio, pero no su afecto.
—Es imposible que tu hermana haya elegido este trapo —sentenció él, con una frialdad que le heló la sangre—. Ella es sofisticada; tú, en cambio, pareces no entender qué lugar ocupas. Es patético que intentes culparla de tu falta de clase.
Las lágrimas empezaron a nublar la visión de Elena, pero él ya le había dado la espalda.
—Cámbiate. O mejor aún, quédate aquí encerrada —ordenó mientras se ajustaba el reloj de oro—. Ya me has hecho perder suficiente tiempo y no voy a permitir que me avergüences.
Andrés salió de la habitación sin mirar atrás, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el pecho de Elena. Ella se quedó sola, en medio de la habitación que se sentía más como una jaula que como un hogar, dejando que las lágrimas corrieran libres sobre la ropa que, hasta hacía un minuto, la hacía sentir hermosa.
Aquel rechazo fue la gota que derramó el vaso lleno de humillaciones. Elena, con el pecho ardiendo por una dignidad que creía perdida, no se cambió de ropa. No buscó otra aprobación. En lugar de eso, tomó un abrigo ligero y salió de la mansión Lara, decidida a que el frío de la noche fuera más clemente que el hielo en las palabras de su esposo. No podía permitir que su humanidad fuera denigrada ni un segundo más; había soportado años de desprecio, pero ese silencio tras el portazo de Andrés fue el que finalmente la despertó.
Caminó sin rumbo. Sus pasos, antes cautelosos, ahora la llevaban por las calles de una ciudad que no conocía la piedad. Las luces de los rascacielos se volvieron borrosas por las lágrimas y el sonido de los motores ahogó sus sollozos. Sin darse cuenta, el lujo de las avenidas principales dio paso a las sombras largas y húmedas de los barrios donde la ley no se escribe en papel, sino con sangre.
En una esquina mal iluminada, el destino le cobró su huida. Un neumático chirrió contra el asfalto y, antes de que pudiera gritar, el mundo se volvió manos toscas y olor a tabaco rancio. La arrastraron hacia El interior de un vehículo oscuro. Elena luchó; golpeó, arañó y forcejeó con la fuerza de quien defiende su último aliento de libertad, pero sus esfuerzos resultaron inútiles contra la brutalidad de sus captores.
—Miren esto... —masculló uno de los hombres, recorriendo con una mirada lasciva la tela que Andrés había llamado "trapo"—. Por la forma en que viste, esta muñeca vale una fortuna.
—Busca su identificación —ordenó el que conducía, con una voz rasposa que hizo que a Elena se le erizara la piel—. Si tenemos suerte, habremos pescado a una ballena. Podemos sacarle mucho más que solo unos billetes.
Elena temblaba violentamente. El miedo era un animal frío instalado en su estómago. Quería suplicar, prometerles oro si la dejaban libre, pero la mordaza asfixiaba sus palabras, reduciéndolas a quejidos ahogados que solo provocaban las burlas de los delincuentes.
Mientras ella se hundía en el abismo de la desesperación, a pocos kilómetros de allí, la opulencia brillaba con una ironía macabra.
En el salón principal del hotel más exclusivo de la ciudad, los Lara presidían la gala anual. Andrés, impecable en su esmoquin, alzaba una copa de cristal fino mientras reía por un chiste de negocios. Alana lucía un vestido que costaba más que la vida de cualquier hombre en la calle. Allí, entre joyas, música de cámara y brindis hipócritas, la familia celebraba su supuesta "caridad" y amor por el prójimo, mientras la mujer que llevaba su apellido era marcada como mercancía en la oscuridad de un sótano.