Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 12 – Un instante prohibido
Briana
Los días después del parque se sentían distintos. Los niños estaban más animados, y hasta Teo, que solía mirarme con recelo, me buscaba de vez en cuando para contarme algo o mostrarme sus avances con los deberes. Sentía que, poco a poco, la barrera entre nosotros se desmoronaba.
Aquella mañana había preparado el desayuno: tostadas con mermelada, jugo de naranja y algo de fruta. Pía revoloteaba a mi alrededor, canturreando una canción inventada, mientras Teo hojeaba un libro en la mesa.
—Briana, ¿puedes venir a mi clase de arte hoy? —preguntó Pía de repente, con la boca manchada de mermelada.
—Si tu papá está de acuerdo, claro que sí.
—¡Siiiii! —gritó, dando un pequeño aplauso.
Teo levantó la vista de su libro y, con un gesto que parecía indiferente pero escondía ternura, le limpió un poco la cara con la servilleta.
—Pareces un monstruo de mermelada —dijo, haciendo que su hermana riera a carcajadas.
Yo los miraba con el corazón tibio. En esos momentos, la casa se sentía como un hogar de verdad, lleno de vida.
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Más tarde, mientras acompañaba a los niños a sus actividades, revisé mi celular. Tenía un mensaje del chico de la universidad, el de cabello castaño que se había ofrecido a ayudarme con el idioma.
"Oye, si quieres, mañana no tenemos clases, pero yo puedo pasar por tu casa y ayudarte un rato. Así no pierdes ritmo."
Lo leí varias veces antes de responder. Me parecía un gesto amable, y la verdad era que necesitaba toda la ayuda posible. Después de pensarlo, contesté que sí, pero enseguida me asaltó la duda: debía avisarle a Maicol. No podía simplemente invitar a alguien a la casa sin pedir permiso.
Esa tarde, después de que los niños subieran a jugar, decidí ir a buscar a Maicol. Toqué suavemente la puerta de su despacho y, al no escuchar respuesta, entré despacio.
Lo encontré en el pasillo contiguo, con una caja en las manos. La sorpresa fue que no llevaba camisa.
Me quedé inmóvil.
El tiempo pareció detenerse cuando lo vi así: su torso definido, la piel dorada por el sol, los músculos tensándose al sostener el peso de la caja. Tragué saliva y, sin darme cuenta, me mordí el labio. Un calor repentino me subió al rostro mientras imágenes inapropiadas cruzaban mi cabeza a la velocidad de un rayo.
Él levantó la mirada y me encontró ahí, congelada, con el rubor delatándome.
—¿Briana? —su voz sonó grave, como si estuviera sorprendido de verme tan callada.
Desperté de golpe de mis pensamientos y sacudí la cabeza.
—Yo… lo siento, no quería interrumpir —balbuceé, girándome un poco para darle la espalda.
Sentía las mejillas arder. Estaba segura de que mi cara era un tomate.
—¿Pasa algo? —preguntó él, dejando la caja a un lado.
—Sí… quería… —respiré hondo, intentando recomponerme—. Quería pedirte permiso para algo.
Me armé de valor y giré de nuevo hacia él, tratando de mantener la vista fija en sus ojos y no en su pecho desnudo.
—Un compañero de la universidad… se ofreció a ayudarme con el idioma. Mañana no tenemos clases, y dijo que podría venir a la casa para practicar. Quería saber si está bien para ti.
Él me observó unos segundos, como si intentara descifrar algo más allá de mis palabras. Luego asintió despacio.
—Si es solo para ayudarte con el idioma, no tengo problema. Pero me gustaría estar al tanto de quién entra a mi casa.
—Claro, lo entiendo —respondí rápido, casi agradecida de que hubiera aceptado sin hacer más preguntas.
—Bien. Avísame la hora y yo me encargaré de organizar mis cosas para que todo esté en orden.
Asentí y me giré enseguida para salir del pasillo, antes de que mi mente volviera a traicionarme con pensamientos indebidos.
El resto de la tarde lo pasé con los niños. Pía quería hacer un dibujo para llevar a su clase de arte, así que sacamos hojas, crayones y acuarelas. Teo, al principio, dijo que no le interesaba, pero poco a poco se acercó y terminó dibujando una nave espacial que nos dejó a todos boquiabiertos.
—¡Es genial, Teo! —dije, admirando los detalles.
Él bajó la mirada, incómodo, pero una pequeña sonrisa se asomó en su rostro.
—No es gran cosa.
—Claro que sí —intervino Pía—. Eres un artista como papá.
Me reí y acaricié el cabello de la niña. Era imposible no contagiarse de su entusiasmo.
Por la noche, mientras preparaba la cena, todavía sentía el calor en mis mejillas al recordar a Maicol sin camisa. Me odiaba un poco por eso. ¿Qué estaba pensando? Yo era la niñera, él era mi jefe. Pero mi mente no entendía de límites cuando su imagen volvía una y otra vez, haciéndome sentir nerviosa.
Cuando Maicol entró en la cocina más tarde, ya vestido y con su expresión habitual de seriedad, me esforcé en actuar normal. Pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, no podía evitar recordar ese instante prohibido.
Y me preguntaba, en lo más hondo de mí, si él también lo había notado.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce