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LA LEYENDA DE LA ESPADA DE FUEGO

LA LEYENDA DE LA ESPADA DE FUEGO

Status: En proceso
Genre:Magia / Mundo mágico / Acción / Espadas y magia / Mundo de fantasía / Fantasía épica
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Cristian David Leon

Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.

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LOS CINCO CLASIFICADOS

​La noche en la capital del reino de Grand Village no era como en otros lugares. El cielo no era simplemente negro, sino que se teñía de un azul profundo y aterciopelado, casi irreal. Sobre ese lienzo oscuro, la luna no se limitaba a reflejar luz; brillaba con una intensidad sobrenatural, una luminiscencia que recordaba al poder del mismo sol, bañando los tejados de la ciudad con una plata espectral.

​En el interior de una de las tantas casas de la capital, el silencio era denso, cargado de una incertidumbre que los muebles sencillos no podían ocultar. La madre de Leónidas, con la mirada fija en sus manos, rompió la quietud con una pregunta que llevaba días madurando en su garganta.

​—Cariño, ¿crees que sea buena idea quedarnos en el reino?

​El padre de Leónidas, un hombre cuyo rostro revelaba el cansancio de quien ha cargado con secretos demasiado tiempo, guardó silencio un instante. Su mirada se perdió en la penumbra de la habitación antes de responder con una honestidad brutal.

​—No lo sé... —admitió, soltando un suspiro que pareció vaciar sus pulmones—. Tal vez deberíamos regresar a nuestra antigua casa.

​Ella asintió suavemente, buscando una salida que no implicara más riesgos. —Mi padre estaría encantado de recibirnos de nuevo —añadió, intentando inyectar una nota de esperanza en la conversación. El hombre solo pudo responder con una pequeña y melancólica sonrisa, una que no llegaba a iluminar sus ojos.

​La charla se vio interrumpida por el sonido metálico de la cerradura. La puerta se abrió y Leónidas cruzó el umbral. Se detuvo en seco al ver a sus padres sentados a la mesa, bajo la luz mortecina, en una disposición que gritaba "asunto serio".

​—¿Qué ocurre? —preguntó el joven, con la guardia instintivamente alta.

​Su madre, experta en camuflar tormentas con lloviznas, forzó una expresión jovial. —Hijo mío, ¿qué tal la clase de hoy?. Su padre, tratando de disipar la tensión con el humor que lo caracterizaba, intervino con una carcajada: —A lo mejor ya se hizo una novia, ja, ja, ja.

​Leónidas rodó los ojos, aunque el gesto ayudó a relajar sus hombros. —Tú y tus tonterías —replicó con un deje de afecto. Sin embargo, cuando su madre insistió en saber si ya había hecho amigos, su respuesta fue corta y algo dubitativa: —Sí... algo así. En su mente, las jerarquías de la academia y las rivalidades incipientes pesaban más que cualquier amistad casual.

​Al día siguiente, el sol de Grand Village iluminaba las altas ventanas de la academia, pero el calor no lograba calmar los ánimos de los estudiantes. La Profesora Jill, una mujer cuya sola presencia imponía un respeto absoluto, se encontraba frente a la clase.

​—Bien, como saben, habrá un torneo este año —anunció con una voz que cortaba el aire como una cuchilla—. Solo cinco de las dos clases clasificarán y serán elegidos.

​Un murmullo recorrió el aula, pero Jill lo cortó antes de que creciera. —Para clasificar necesitan aprobar sus exámenes, tanto prácticos como teóricos. Los cinco mejores promedios irán al torneo.

​En ese momento, la puerta del salón se abrió con un golpe seco. Ying, un joven de aspecto sereno pero mirada aguda, entró sosteniendo los resultados preliminares. La tensión subió de nivel; ya no se trataba de una posibilidad lejana, sino de nombres y apellidos.

​—Vengo a decirles quiénes son los cinco mejores de primer año en este momento —declaró Ying, situándose en el centro de las miradas.

​El silencio se volvió asfixiante mientras Ying comenzaba la cuenta regresiva:

​En el puesto cinco: Gin, de la clase uno-uno.

​En el puesto cuatro: Tokata, de la clase uno-uno.

​En el puesto tres: Dylon, de la clase uno-uno.

​Al escuchar el tercer nombre, Leónidas no pudo contenerse más. Su mano impactó contra la mesa en un golpe sordo que atrajo algunas miradas. "Maldición...", pensó con los dientes apretados. El dominio de la clase 1-1 era absoluto, y la sensación de inferioridad de la clase 1-2 empezaba a manifestarse en susurros de derrota. "Todos de la clase uno-uno, era de esperarse", susurraban sus compañeros con amargura.

​Pero Ying no había terminado. —Como decía. El puesto dos... Deila, de la clase uno-dos.

​El aula pareció contener el aliento. Deila, sentada no muy lejos de Leónidas, se quedó inmóvil, procesando la noticia mientras sus compañeros la miraban con una mezcla de envidia y asombro. Finalmente, un grito de alegría rompió su estupefacción: "¡Sí!". Leónidas y Blake se apresuraron a felicitarla, compartiendo un breve momento de triunfo para su clase.

​—Continuaré —dijo Ying, recuperando el control—. En el puesto número uno....

​Justo antes de que el nombre fuera pronunciado, la puerta volvió a abrirse. Un joven entró con una parsimonia que rayaba en el insulto.

​—Llegas tarde, adelante —le indicó Ying, sin parecer sorprendido por la interrupción.

—Tan engreído como el padre... —masculló la Profesora Jill, dejando escapar un atisbo de una vieja rencor.

—Y tú cada día más anciana —replicó el joven con una frialdad que erizó la piel de los presentes.

​Jill se encendió de ira, pero Ying intervino para hacer las presentaciones formales. —Él es Joan, de la clase uno-uno. Fue líder del grupo uno en la ceremonia de bienvenida. También es el clasificado número uno para el torneo.

​Joan no miró a la profesora, ni a Ying, ni a sus compañeros en general. Sus ojos se clavaron directamente en Leónidas. Leónidas sintió que aquel joven buscaba algo en él, una debilidad o un desafío. "¿Por qué me ve así?", se preguntó internamente.

​Joan tomó la palabra, y su voz estaba cargada de una ambición que no admitía réplica. —Los demás puestos no me importan, pero el puesto uno siempre será mío. No se metan en mi camino. En ese instante, una presión invisible llenó el aire. El poder mágico que emanaba de Joan era denso y vibrante, superando con creces cualquier cosa que los alumnos de esa clase hubieran experimentado antes.

​Las clases terminaron y el cielo nocturno volvió a cubrir Grand Village con su manto azulado. En el aula vacía, Ying y Joan compartían un último momento antes de retirarse.

​—Vaya presentación diste hoy, Joan... —comentó Ying con una media sonrisa.

—No me culpes —respondió Joan, su arrogancia no disminuía ni en privado—. Ver a nuevos alumnos tan débiles me pone mal. Espero puedan volverse más fuertes antes del torneo.

—Al menos te llamó la atención uno de ellos, ¿no? —preguntó Ying con sagacidad.

Joan soltó un gruñido que intentaba ser indiferente. —Jum, después de todo tenía que haber alguien interesante....

​Mientras tanto, en la zona comercial del reino, Leónidas intentaba despejar su mente cumpliendo con los recados del hogar. Se acercó a un puesto de frutas atendido por un anciano.

​—Disculpe, quiero estas dos manzanas para llevar —pidió el joven.

—Enseguida, joven —respondió el tendero.

​Mientras esperaba su pedido, una figura familiar se materializó entre la multitud. Era Deila. —Qué sorpresa, hola Leónidas —dijo ella con una calidez que contrastaba con el frío de la noche.

​Leónidas se sorprendió de verla tan tarde. Ella explicó que acompañaba a su hermana a comprar algunas cosas y le devolvió la pregunta.

​—Llevando algo para mi madre... —respondió él, antes de añadir con sinceridad—: Felicidades, vas clasificando para el torneo.

—Gracias —sonrió Deila—. Espero que tú y Blake puedan entrar en el top.

—Eso espero... —murmuró Leónidas, con una determinación renovada en la mirada.

​Se despidieron con la promesa de verse al día siguiente en clase. Leónidas regresó al puesto de frutas para recoger su compra.

​—Aquí tiene, joven —dijo el anciano.

—Gracias, señor, guarde el cambio —respondió Leónidas, entregando las monedas y preparándose para marchar.

—Que amable eres. Se ve que serás muy fuerte... —comentó el anciano, observando la espalda del joven mientras se alejaba.

​Cuando Leónidas ya estaba fuera de vista, el anciano dejó escapar una risita cargada de nostalgia y un conocimiento que pocos en el reino poseían. —El hijo de Fénix... viejos recuerdos, ja, ja, ja.

​La noche seguía siendo larga en Grand Village, pero para Leónidas, el camino apenas comenzaba.

1
Camila Surita
me encantaaa
Yolanda Leon
muy bueno, me encanta
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