Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Invierno
Meses después, una tarde en que el sol se despedía lento y el cansancio del día ya se notaba en los hombros, la abuela Rosie le habló con una sonrisa especial, de esas que anuncian una sorpresa.
—He juntado un poco de dinero, mi flor.. Quiero comprarte un vestido hermoso.
Las palabras, que deberían haberla llenado de ilusión, le helaron el pecho.
El recuerdo llegó como un golpe. Uno de esos sueños que nunca se olvidan. Vio, con una claridad dolorosa, la escena que aún no había ocurrido en este tiempo.. la abuela gastando esas monedas en un vestido, la bodega sin arreglar, las lluvias cayendo sin piedad, la cosecha perdida, el invierno volviéndose más duro de lo necesario.
Lavender bajó la mirada. Sus manos pequeñas se apretaron sobre el delantal.
—Abuela… ¿Y si mejor arreglamos la bodega?
Rosie frunció el ceño, sorprendida.
—La bodega puede esperar.. Tú necesitas cosas lindas. Quiero regalarte algo.
Lavender negó con la cabeza. No levantó la voz, no insistió con llanto. Lo hizo con paciencia, día tras día. Le habló de las lluvias que vendrían, de la madera vieja, de los sacos de grano. Le dijo que el vestido podía esperar, que ella ya tenía ropa, que lo importante era cuidar lo que les daba de comer.
La abuela se resistía. No porque no entendiera, sino porque deseaba verla feliz. Porque regalarle algo era su manera de decir “te amo”.
Pasaron muchos días así, hasta que Rosie, al fin, suspiró y asintió.
—Está bien.. Arreglaremos la bodega.
Trabajaron juntas. Lavender alcanzaba clavos, sostenía tablas, barría restos de madera. Arreglaron la bodega y también una parte del techo que ya dejaba pasar el agua. Cuando terminaron, aún les quedaban algunas monedas.
Las suficientes para una buena cena.
Esa noche comieron mejor que nunca. Pan caliente, algo de carne, sopa espesa. Rosie sonreía, cansada pero satisfecha, y Lavender sentía un nudo en la garganta que no era tristeza, sino alivio.
Entonces lo entendió.
Para reunir esas monedas, su abuela había ahorrado durante mucho tiempo. Había vendido flores una por una, había renunciado a pequeños gustos, había estirado cada recurso con paciencia infinita. Todo para regalarle algo bonito.
Lavender la miró con los ojos brillantes y pensó, con una gratitud que dolía..
[Esta vez, no permitire que su amor se transforme en un sacrificio inútil. Amar también era proteger.]
Meses después, el invierno llegó como siempre lo hacía en ese lugar.. sin pedir permiso.
Las nubes se cerraron sobre el cielo y la lluvia comenzó a caer durante días enteros, constante, pesada, golpeando la tierra y los techos con una insistencia que en otros tiempos había sido motivo de preocupación. El viento sacudía los árboles y el frío se colaba por cada rendija que encontraba… o que antes encontraba.
Esta vez, no.
La bodega resistió.
El techo no cedió.
La casa permaneció seca.
Lavender observaba cómo el agua corría por fuera, formando pequeños ríos de barro, mientras adentro el aire se mantenía tibio y seguro. Los sacos de grano estaban intactos, protegidos. Las flores secas y las raíces colgaban del techo de la bodega, listas para ser usadas o vendidas. Nada se había perdido.
Rosie lo notaba todo, aunque no lo dijera. Cada mañana entraba a revisar, pasaba la mano por las tablas firmes, y sonreía con una tranquilidad nueva, una que no había conocido en años. Ya no había ese miedo silencioso a que una tormenta lo arruinara todo.
Tenían provisiones para comer sin contar las porciones.
Y excedentes para vender en el pueblo.
Los días de invierno se volvieron más suaves. Cuando la lluvia cesaba, salían juntas, bien abrigadas, a ofrecer lo que habían guardado con tanto cuidado. Volvían con algunas monedas, con pan fresco, con historias pequeñas que compartir frente al fuego.
Por las noches, se sentaban cerca de la mesa, con mantas sobre los hombros. Lavender leía en voz alta, con letras aún imperfectas pero cada vez más firmes. Rosie la escuchaba con orgullo, tejiendo en silencio, levantando la vista solo para mirarla y sonreír.
Eran felices.
No por tener mucho, sino por tener lo necesario.
No por suerte, sino por previsión.
No por milagro, sino por decisiones distintas.
Y mientras el invierno avanzaba sin causarles daño, Lavender entendió que cambiar el pasado no siempre requería grandes gestos. A veces bastaba con cuidar a quien te ama… antes de que sea demasiado tarde.