Reencarné como un omega destinado a morir de hambre en una torre.
Para sobrevivir, huí de la historia que me condenaba.
Pero el niño que una vez me salvó… ahora es el emperador tirano destinado a morir por mi culpa.
¿Puedo cambiar nuestro destino?
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Capítulo 8:El precio de saber
El fuego crepitaba con suavidad, pero Aelion sentía frío.
Sostenía el colgante entre los dedos, girándolo lentamente, como si al hacerlo pudiera ordenar sus pensamientos. La piedra oscura reflejaba la luz de las llamas de un modo extraño, casi palpitante.
Kael permanecía frente a él, en silencio.
—Hay cosas —dijo Kael al fin— que no deberían decirse en voz alta.
Aelion levantó la mirada. Sus ojos claros temblaban, pero no por miedo. No del todo.
—Yo ya he vivido una vida donde no sabía nada —respondió—. Y terminé muriendo.
Kael frunció el ceño.
—¿Muriendo…?
Aelion cerró los ojos.
No podía explicarlo. No aún.
—No quiero volver a ser alguien que solo sobrevive —susurró—. Quiero entender por qué me buscan. Por qué tú…
Se interrumpió.
—¿Por qué me salvas?
Kael dio un paso hacia él, luego se detuvo, como si cruzar esa distancia fuera peligroso.
—Porque cuando te miro —dijo con voz baja— siento que ya te perdí una vez.
El corazón de Aelion dio un vuelco.
Eso mismo siento yo, pensó.
Esa noche, Aelion soñó.
No con la torre.
No con el hambre.
Soñó con páginas.
Páginas de una novela que había leído en su vida anterior. Las palabras se deslizaban frente a él, inevitables.
“El emperador tirano cae durante la revolución.”
“Su muerte marca el inicio de una nueva era.”
Despertó jadeando, con la marca de su hombro ardiendo bajo la piel.
—No… —murmuró—. Aún no.
Se incorporó, abrazándose a sí mismo.
Kael ya estaba despierto.
—¿Te duele? —preguntó de inmediato.
Aelion negó con la cabeza.
—Es solo… miedo.
Kael lo observó con atención.
—No te dejaré solo con eso.
Continuaron el viaje al amanecer. El bosque parecía observarlos en silencio, como si supiera que algo había cambiado entre ellos.
Al mediodía, se detuvieron junto a un río. Aelion se arrodilló para lavarse las manos. La manga se deslizó y dejó al descubierto la marca de nacimiento.
Kael la vio.
El mundo se tensó.
—¿Desde cuándo la tienes? —preguntó, con voz controlada.
Aelion se cubrió de inmediato.
—Desde siempre —respondió—. Nadie sabía qué significaba.
Kael apretó los puños.
Había visto ese símbolo en estandartes antiguos, en documentos sellados, en la sala más sagrada del palacio imperial.
—¿Alguna vez… brilló? —preguntó.
—Cuando tengo miedo —dijo Aelion—. O cuando estoy a punto de perder algo importante.
Kael cerró los ojos un instante.
Entonces ya te está llamando el destino, pensó.
Esa tarde, llegaron a unas ruinas cubiertas de símbolos antiguos. Una anciana los observaba desde la sombra.
—Un alma marcada —dijo—. Y un hombre que carga una corona invisible.
Kael reaccionó de inmediato.
—Cállate.
La anciana sonrió.
—El mundo siempre reclama lo que es suyo.
Miró a Aelion.
—Tu marca pertenece a la sangre real del Imperio del Alba.
Aelion sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Imperio…?
Kael dio un paso adelante.
—Basta.
Pero ya era tarde.
La anciana se marchó, dejando tras de sí un silencio insoportable.
Esa noche, Aelion no pudo callar más.
—Kael —dijo, con voz firme pero temblorosa—. No me ocultes la verdad.
Kael lo miró durante un largo momento.
—Si te la digo —respondió—, el mundo vendrá por ti.
—Ya lo está haciendo.
El fuego danzaba entre ambos.
Kael respiró hondo.
—Mi nombre es Kael —dijo—. Y también soy el emperador del norte.
El corazón de Aelion se detuvo.
No gritó.
No lloró.
Solo sintió cómo las piezas encajaban de golpe… y aun así, algo no cuadraba.
No puede ser, pensó.
El emperador de la novela era distinto.
Frío. Cruel. Solo.
Kael no era así.
—Eso… —Aelion tragó saliva— no significa que seas como dicen.
Kael lo miró sorprendido.
—¿No me temes?
Aelion negó lentamente.
—Te temo al destino —respondió—. No a ti.
Kael dio un paso hacia él.
—¿Qué sabes realmente? —preguntó en voz baja.
Aelion apretó el colgante contra su pecho.
—Sé que hay historias que no pueden cambiarse fácilmente —susurró—. Pero también sé que yo ya cambié la mía.
No dijo lo demás.
No dijo que en esa historia, él moría.
No dijo que Kael también.
Todavía no.
Kael apoyó la frente contra la suya.
—Entonces caminemos juntos —dijo—. Hasta donde el mundo nos permita.
Aelion cerró los ojos.
Tal vez, pensó,
esta vez la historia sea distinta.
Muy lejos, el Duque Vhalderion observaba un antiguo mapa imperial.
—El destino ya despertó —murmuró—. Y esta vez… no fallaré.