"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
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El eco de los muertos
El aire dentro de la prisión de San Andrés olía a desinfectante industrial y a desesperación. Caminé por el pasillo de baldosas viejas, escoltada por un guardia cuyo rostro parecía tallado en piedra. Bajo mi traje sastre, sentía el pequeño micrófono pegado a mi pecho, una conexión invisible con Damián, que esperaba en el coche a pocos metros del muro perimetral.
—Treinta minutos —dijo el guardia, abriendo la puerta de hierro de la sala de visitas—. Sin contacto físico.
Mónica ya estaba allí. Estaba sentada tras un cristal reforzado, vistiendo el mono naranja de las reclusas que anulaba toda su elegancia anterior. Tenía el cabello grasiento y ojeras profundas, pero sus ojos… sus ojos conservaban ese brillo malicioso de quien cree que todavía tiene la sartén por el mango.
Me senté frente a ella y tomé el auricular.
—Te ves fatal, Mónica —dije, mi voz saliendo gélida por el intercomunicador—. El naranja no es tu color.
—Disfrútalo mientras puedas, Valeria —siseó ella, pegando su rostro al cristal—. Has tenido tu momento de gloria ante la prensa, jugando a ser la heroína. Pero ambas sabemos que esto termina hoy.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo termina según tú?
Mónica se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—Sé por qué estás aquí. No es por los cargos de intento de homicidio ni por el dinero de Julián. Estás aquí porque te mueres de curiosidad. Porque en el fondo de tu mente, siempre supiste que tu padre no murió de causas naturales.
Hice un silencio deliberado, dejando que ella saboreara su supuesta victoria. Sabía que Damián, al otro lado de la línea, debía estar conteniendo el aliento.
—Cuéntame, Mónica. Sorpréndeme —incité con ironía.
—Julián era el ambicioso, pero yo fui la mente —sonrió ella, una expresión grotesca—. Tu padre se dio cuenta de que Julián estaba desviando fondos de la constructora. Iba a denunciarlo. Esa noche, en la cena, yo misma preparé el "medicamento" de tu padre. Julián lo sostuvo mientras yo inyectaba el sedante que detuvo su corazón. No hubo rastro, no hubo sospechas. Firmé el acta de defunción como notaria y el médico forense fue pagado con creces.
Mónica soltó una carcajada seca, disfrutando de su confesión.
—Tengo las pruebas, Valeria. Tengo los registros reales guardados en un lugar que ni Julián conoce. Retira los cargos contra mí, ayúdame a salir del país, y te daré lo que necesitas para que Julián reciba la inyección letal. Si no, me llevaré la verdad a la tumba y tú vivirás con la duda para siempre.
Cerré los ojos un segundo. Sentí la rabia subir por mi garganta como lava, pero la transformé en una sonrisa de pura satisfacción.
—¿Terminaste? —pregunté, abriendo los ojos.
Mónica frunció el ceño.
—¿De qué te ríes, estúpida?
—Me río de tu patética arrogancia, Mónica. Te crees tan astuta, pero olvidaste que yo estuve en esa casa antes que la policía —me incliné hacia el cristal, mi voz bajando a un susurro que vibraba con la fuerza de una sentencia—. Ya tengo el informe médico, Mónica. Encontré los papeles originales de la autopsia en la carpeta azul del armario de Julián. Sé lo de los sedantes. Sé lo de tu firma falsificada. Y sé que el médico forense ya ha sido detenido esta mañana gracias a la información que yo misma entregué.
El rostro de Mónica se descompuso. El color huyó de sus mejillas, dejándola con una palidez cadavérica. Sus manos empezaron a temblar contra el mostrador.
—¿Qué…? No… eso es imposible. Julián no habría guardado eso…
—Julián es un narcisista, Mónica. Guardaba esas pruebas como un seguro contra ti, por si alguna vez intentabas traicionarlo. Y yo las encontré —mentí parcialmente, dándole el golpe de gracia—. No he venido a negociar. He venido a decirte que no solo pasarás el resto de tus días aquí por lo que me hiciste a mí, sino que voy a asegurarme de que te juzguen por el asesinato de mi padre. El fiscal ya tiene los documentos.
Mónica empezó a golpear el cristal con los puños, gritando insultos que el intercomunicador apenas lograba procesar. El guardia se acercó para reducirla.
—¡TE VOY A MATAR, VALERIA! ¡DEBÍ MATARTE CUANDO TUVE LA OPORTUNIDAD! —chillaba mientras era arrastrada hacia atrás.
Colgué el auricular con una calma sobrenatural. Me levanté y salí de la sala sin mirar atrás. El peso que había llevado en el pecho durante dos vidas finalmente se había evaporado.
Al salir de la prisión, el sol me cegó por un momento. Damián estaba apoyado en la puerta del coche. Su rostro estaba serio, sus ojos grises cargados de una tormenta emocional que no podía ocultar. Caminé hacia él y me detuve a un paso.
—Lo escuchaste todo —dije.
—Todo —respondió él. Dio un paso hacia mí, tomándome de los hombros con una firmeza que se acercaba al dolor—. ¿Por qué no me lo dijiste, Valeria? ¿Por qué me ocultaste que sabías lo del asesinato de tu padre?
—Tenía que ser mío, Damián —respondí, mi voz quebrándose por primera vez—. Necesitaba que ella supiera que fui yo quien la destruyó. No tú, no la ley… yo.
Damián me observó durante un largo minuto. Su expresión se suavizó y me rodeó con sus brazos, ocultando mi rostro en su pecho. Sentí sus manos en mi espalda, protegiéndome de los fantasmas del pasado.
—Se acabó —susurró—. Ella acaba de confesar un asesinato en un micrófono interceptado legalmente por una orden judicial de mi equipo. Está muerta en vida, Valeria.
—Ahora solo falta él —susurré contra su hombro.
—Él es el siguiente —prometió Damián—. Y te aseguro que después de lo que acabo de escuchar, me encargaré personalmente de que su estancia en prisión sea un infierno diario antes de que llegue a juicio.
Nos subimos al coche. Mientras nos alejábamos de San Andrés, miré por el retrovisor. La prisión quedaba atrás, pero la verdadera guerra contra Julián apenas estaba entrando en su fase más brutal. Julián ya no era solo un prometido traidor; ahora era el asesino del hombre que más había amado. Y yo no iba a parar hasta verlo suplicar perdón a una tumba que él mismo había cavado.