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Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.

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Capítulo 02

Su mano subió a su garganta, aflojando apenas un milímetro la cinta roja que la identificaba. El corazón le latía con una intensidad desconocida, una mezcla de irritación y una curiosidad prohibida que la asustaba más que cualquier amenaza.

"Es solo un delincuente", se dijo a sí misma, tratando de recuperar la lógica que siempre la gobernaba. "Un villano sin futuro que solo busca atención".

Pero mientras regresaba al interior de la academia, bajo las luces blancas y frías que nunca parpadeaban, la voz de JiNian seguía resonando en su mente. Había algo en la forma en que él la había mirado, no como a una figura de autoridad o a una estatua de mármol, sino como si hubiera visto a través de su fachada de perfección. Como si supiera que, detrás de la cinta roja y las notas impecables, había alguien gritando por salir.

Aquella noche, mientras estudiaba en la soledad de su habitación llena de trofeos y diplomas, Zhi Zhi se sorprendió a sí misma mirando por la ventana hacia las luces parpadeantes y caóticas del Distrito Norte. El brillo del neón parecía más real que la luz de su propia lámpara.

Ese fue el día en que la chica de oro y el chico de barro chocaron por primera vez. Ninguno de los dos sabía que ese encuentro fortuito había sido el primer trazo de una sentencia que tardaría siete años en cumplirse. Una sentencia escrita con rosas, sangre y una promesa que ni siquiera el tiempo más cruel podría borrar.

Zhi Zhi cerró su libro de texto, pero no pudo concentrarse más. El aroma a gasolina y lluvia parecía haberse quedado impregnado en su piel, un recordatorio de que, a veces, para encontrar la luz, primero hay que estar dispuesto a caminar por el barro.

—Jian JiNian... —susurró para sí misma, probando el nombre como si fuera una palabra prohibida.

En el Distrito Norte, en un callejón oscuro rodeado de chatarra, JiNian encendía por fin su cigarrillo, mirando hacia la silueta iluminada de la academia Shengli. Sus amigos se reían de una broma que no escuchó. Él solo podía pensar en los ojos de aquella chica: ojos que eran perfectos, sí, pero que escondían una tormenta que él estaba desesperado por desatar.

El juego había comenzado, y en Jiangcheng, nadie jugaba más sucio que un villano que no tiene nada que perder, excepto el corazón que juró nunca entregar.

El pánico es una criatura fría que se enrosca en el estómago y aprieta hasta dejarte sin aliento. Para Shen Zhi Zhi, la "presidenta perfecta", el pánico era un sentimiento prohibido, algo que no encajaba en su historial de calificaciones ni en su impecable reputación. Pero esa tarde, mientras miraba el asiento vacío del autobús y palpaba el aire donde debería estar su mochila, el frío la invadió por completo.

No era solo la mochila. No eran los libros de texto costosos ni la tablet de última generación. Era el cuaderno de cuero azul marino escondido en el fondo, lleno de pensamientos que nadie debía leer, y, sobre todo, el relicario de plata de su abuela que guardaba en el bolsillo interior. Era el único objeto que poseía que no había sido comprado por su padre para "proyectar estatus". Era su único gramo de verdad.

Había sido un error de un segundo. Un tirón brusco en la parada de la frontera, una sombra corriendo hacia los callejones del Distrito Norte, y el silencio cómplice de los transeúntes que sabían que en ese lado de la calle, las reglas de Shengli no valían nada.

Zhi Zhi regresó a su casa, pero no pudo entrar. Se quedó frente a la gran mansión de cristal de su familia, sintiendo que si cruzaba la puerta sin el relicario, perdería la última conexión con la mujer que la amó antes de que se convirtiera en un trofeo educativo. La policía no entraría al Distrito Norte por una mochila robada; los guardias de la academia solo causarían un escándalo que llegaría a oídos de su padre.

Solo había un camino. Un camino que olía a gasolina y a rebelión.

***

El Distrito Norte de noche era una bestia distinta. Las luces de neón parpadeaban con un zumbido eléctrico, y el aire estaba cargado de humedad y el aroma a frituras baratas de los puestos callejeros. Zhi Zhi caminaba con los hombros tensos, sintiendo las miradas curiosas y depredadoras sobre ella. Su abrigo de cachemira blanca gritaba "dinero" en un lugar donde el dinero era un mito.

Finalmente, llegó a "El Pulmón de Hierro", un taller mecánico que servía de base de operaciones para los chicos de la vocacional. El sonido de los martillazos sobre el metal y el rock pesado que salía de unos altavoces rotos la hicieron retroceder un paso, pero apretó los puños y entró.

—Vaya, vaya... pero si es el cisne que se perdió en el pantano —dijo una voz burlona.

Un chico de cabello teñido de rubio platino y una sonrisa traviesa se limpiaba las manos con un trapo sucio. Era A-Guang, la mano derecha de JiNian.

—Busco a Jian JiNian —dijo Zhi Zhi, tratando de que su voz no temblara.

—El jefe está ocupado. ¿Quieres dejar un mensaje o prefieres que te demos un tour por la zona? —los otros chicos del taller soltaron carcajadas.

—Dile que es Shen Zhi Zhi. Él sabe quién soy.

A-Guang se detuvo, evaluándola con una nueva chispa de respeto. Se dio la vuelta y gritó hacia el fondo del taller, donde una lona oscura separaba una sección privada.

—¡JiNian! ¡La princesa de la cinta roja está aquí! ¡Dice que no puede vivir sin verte!

Un silencio repentino cayó sobre el taller. La lona se movió y JiNian emergió de las sombras. No llevaba la chaqueta de cuero; vestía una camiseta negra de tirantes que dejaba ver unos brazos fibrosos manchados de grasa y una piel curtida por el sol y las peleas. Tenía una llave inglesa en la mano y el mismo cigarrillo apagado entre los labios.

Se detuvo a unos metros, mirándola de arriba abajo. Su mirada se detuvo en los nudillos blancos de la chica, que apretaban su bolso con fuerza.

—¿Te has perdido, Shen Zhi Zhi? —preguntó él. Su tono era plano, pero sus ojos brillaban con una intensidad inquietante—. O acaso vienes a darme esa multa de tránsito que me prometiste.

—Me robaron —soltó ella de golpe. Las palabras salieron con un hilo de desesperación que la hizo odiarse a sí misma—. En la parada de la calle 4. Se llevaron mi mochila.

JiNian soltó un bufido y regresó hacia una mesa llena de piezas de motor.

—Este es el Distrito Norte. Aquí roban cada cinco minutos. Si quieres poner una denuncia, la comisaría está a seis manzanas. Aunque dudo que los oficiales se molesten en buscar tus libros de matemáticas.

—No quiero los libros —Zhi Zhi caminó hacia él, ignorando a los otros chicos que la rodeaban—. Había algo dentro... algo que no tiene valor para nadie más, pero que es todo para mí. Un relicario de plata. Mi abuela... es lo único que me queda de ella.

JiNian se detuvo. Sus hombros se tensaron imperceptiblemente. No se dio la vuelta, pero su voz bajó un octava, volviéndose más peligrosa.

—¿Y por qué vienes a mí? ¿Crees que yo soy el jefe de los ladrones?

—Sé que nada se mueve en este distrito sin que tú lo sepas —respondió ella, dando un paso más, entrando en el círculo de luz amarillenta que lo rodeaba—. Sé que si alguien tiene el poder de entrar a los callejones donde la policía no se atreve, eres tú. Por favor... ayúdame a recuperarlo.

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