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Mechas Carmesí

Mechas Carmesí

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mujer poderosa
Popularitas:503
Nilai: 5
nombre de autor: AlexAugustus

Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.

NovelToon tiene autorización de AlexAugustus para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: El Ojo Detrás de la Cámara

Alex Chen se frotó los ojos debajo de las gafas tácticas, sintiendo el peso de las últimas cuarenta y ocho horas en cada músculo de su cuerpo. Eran las 3:47 a.m. y el apartamento-estudio estaba en silencio, salvo por el zumbido bajo de los servidores y el ocasional pitido de alerta de los monitores. Sofia dormía por fin en el pequeño sofá del fondo, envuelta en una manta, con el rostro aún marcado por la tensión incluso en sueños.

Él, en cambio, no podía dormir.

Alex se recostó en su silla ergonómica, mirando las tres pantallas holográficas que mostraban datos en tiempo real: tendencias de visualizaciones de su último video, alertas de anomalías energéticas reportadas en la ciudad y un mapa actualizado de fisuras activas. Como asistente técnico, editor, analista de datos y, sobre todo, amigo de Sofia desde hacía seis años, su rol iba mucho más allá de manejar cables y algoritmos.

Se conocían desde la universidad. Sofia era la chica apasionada que quería cambiar el mundo con una cámara; él era el nerd callado que podía hacer que esa cámara funcionara incluso en el infierno. Su amistad había sobrevivido a rupturas, deudas, amenazas corporativas y ahora… esto. Una invasión que no se sentía como las anteriores. Esta se sentía personal.

«Ella confía en mí para que todo funcione», pensó Alex mientras ajustaba un filtro de IA que detectaba patrones de pesadillas colectivas. «Y yo confío en ella para que no nos mate a los dos con su idealismo.»

Sonrió con cansancio. Esa era su dinámica: Sofia empujaba hacia adelante con coraje ciego, y él era el que calculaba los riesgos, preparaba las salidas de emergencia y se aseguraba de que tuvieran baterías de repuesto para cuando todo se fuera al infierno. Literalmente.

Se levantó en silencio y fue hasta la ventana blindada. Desde allí podía ver parte del Distrito Medio: luces de emergencia, patrullas nocturnas y ese tinte rojizo permanente en el cielo que ya nadie podía atribuir solo a la contaminación. Los síntomas seguían empeorando. Anoche, tres personas en un refugio cercano habían intentado abrir una fisura ellos mismos, convencidos de que “el Caballero” les prometía salvación.

Alex volvió a su estación y abrió el archivo privado donde guardaba notas personales, no para publicar, sino para procesar.

*“Sofí está cambiando. Desde que entrevistamos a Verónica, hay algo diferente en ella. Más determinada. Casi obsesionada. Yo también lo sentí cuando estuve en esa sala. Esa monja… no es normal. Hay una presión en el aire cuando habla, como si estuviera conteniendo una tormenta.” *

Recordó el momento exacto de la entrevista. Cuando Verónica respondió sobre la unión entre fe y acción, Alex había sentido un escalofrío. No era solo carisma. Era algo más profundo. Sus mechas carmesíes parecían brillar por un segundo, y por un instante, Alex juraría que había visto algo moverse detrás de los ojos azules de la monja.

Sacudió la cabeza. Tal vez solo estaba cansado.

Al amanecer, Sofia despertó y se estiró con un gemido.

—¿Dormiste algo? —preguntó ella al verlo aún frente a las pantallas.

—Dos horas. Suficiente —mintió Alex con una sonrisa—. Mira esto.

Le mostró los datos: su video con la entrevista a Verónica (la versión editada y aprobada) había superado los cinco millones de vistas en menos de veinticuatro horas. Comentarios de todo el mundo: apoyo, miedo, teorías conspirativas y, sobre todo, gente pidiendo más información sobre “la monja de las mechas rojas”.

Sofia se acercó y le puso una mano en el hombro. Ese gesto simple siempre significaba mucho entre ellos. Confianza absoluta.

—Alex, no podría hacer esto sin ti. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé —respondió el con una pequeña sonrisa—. Pero también sé que estás empujando demasiado. Ayer casi te desmayas después de doce horas sin comer. Necesitamos cuidar de nosotros si queremos seguir contando esta historia.

Sofia asintió, pero sus ojos brillaban con esa intensidad que Alex conocía demasiado bien.

—Hoy quiero volver al convento. No para otra entrevista formal. Quiero pedir permiso para acompañar una patrulla con ellos. Ver cómo trabajan Verónica y el equipo vaticano en el campo. La gente necesita ver que no son solo palabras.

Alex suspiró, pero ya estaba preparando el equipo.

—Está bien. Pero esta vez llevo el dron de escape. Si algo sale mal, nos largamos.

Pasaron la mañana organizando material. Alex editó un nuevo segmento corto donde mostraba su propio trabajo voluntario: reparando generadores, configurando sistemas de alerta temprana para detectar brotes de susurros y ayudando a familias a reforzar sus refugios con runas básicas que les habían enseñado los exorcistas.

Mientras editaba, pensaba en su amistad con Sofia. Se habían conocido en un taller de periodismo digital. Ella era ruidosa, apasionada y a veces imprudente. Él era metódico, callado y siempre tres pasos adelante en términos de seguridad. Juntos formaban un equilibrio perfecto. Cuando Sofia perdió a su hermano menor en una incursión demoníaca hace cuatro años, Alex fue quien se quedó con ella durante semanas, durmiendo en el sofá y asegurándose de que comiera. Cuando Alex tuvo un colapso por agotamiento técnico durante una cobertura larga, Sofia lo obligó a descansar y cubrió sus tareas sin quejarse.

Esa confianza mutua era lo que los mantenía vivos ahora.

—Alex —dijo Sofia mientras revisaban el guion—, ¿tú qué sientes realmente sobre Verónica?

Él se tomó un momento antes de responder.

—Hay algo… diferente en ella. No es solo que sea inteligente. Es como si supiera más de lo que dice. Cuando hablaba de la “unión sincera”, sentí que se refería a algo más grande. Y esas mechas rojas… no parecen un detalle casual. Es como si fueran parte de ella.

Sofia asintió lentamente.

—Yo también lo sentí. Quiero saber más. Pero no quiero presionarla. Se nota que carga con algo pesado.

Por la tarde, regresaron al convento. El Cardenal Rossi les permitió acompañar una patrulla ligera en los límites del Barrio Bajo 17, siempre y cuando no grabaran rostros de civiles sin permiso. Verónica no estaba en la patrulla, pero Mateo y Elena sí.

Alex manejaba los drones mientras Sofia hacía preguntas discretas y ayudaba cargando suministros. Durante la patrulla, encontraron un brote pequeño: una grieta en el pavimento que emitía un vapor negro y susurros débiles. Trabajaron juntos para sellarla. Alex usó un dispositivo técnico que había modificado con runas proporcionadas por los exorcistas, mientras Mateo completaba el ritual.

En un momento de descanso, Alex se acercó a Sofia.

—Esto es real, Sofí. No es solo una historia. Estamos en medio de algo que podría cambiar todo.

—Lo sé —respondió ella en voz baja—. Pero por eso tenemos que seguir. Si no documentamos esto, la historia la escribirán las corporaciones o el miedo.

Alex la miró con preocupación genuina.

—Solo prométeme que no harás ninguna locura. Si las cosas se ponen feas, nos retiramos. Tu vida vale más que cualquier primicia.

Sofia le apretó el brazo.

—Te lo prometo. Y tú prométeme que, si yo caigo, sigues contando la historia.

—Trato hecho —dijo Alex, aunque la idea le dolía.

Esa noche, de regreso en el apartamento, Alex se quedó trabajando hasta tarde nuevamente. Revisó datos de las fisuras y notó un patrón preocupante: las respiraciones abisales se estaban sincronizando en un ciclo más corto. Preparó un informe técnico y se lo envió a Mateo y al equipo vaticano.

Mientras Sofia dormía, Alex escribió en su diario digital personal:

*“Sofia es la voz. Yo soy los ojos y los oídos. Juntos intentamos ser la luz en esta oscuridad creciente. Pero siento que algo enorme se acerca. Verónica es clave. Y sea lo que sea que esconde, espero que esté de nuestro lado cuando todo explote.” *

Se permitió un momento de debilidad. Tenía miedo. Miedo por Sofia, por la ciudad, por el futuro. Pero también tenía fe en su amiga. En su alianza improbable con monjas, cazadores e independientes. En la verdad que intentaban contar.

Alex Chen, el asistente callado, el amigo leal, el técnico incansable, seguiría trabajando en las sombras para que Sofia pudiera brillar.

Porque eso era lo que hacían.

Confiar el uno en el otro.

Y resistir.

**Escenas extendida desde la perspectiva de Alex**

Durante la patrulla, Alex observó con atención cómo Sofia interactuaba con la gente. Su empatía natural hacía que los afectados se abrieran. Él, en cambio, se mantenía en segundo plano, registrando datos, asegurando conexiones y protegiendo el equipo. En un momento, un susurro casi lo afectó a él: escuchó la voz de su madre fallecida llamándolo. Tuvo que usar una técnica de grounding que le habían enseñado los exorcistas para resistir.

Más tarde, mientras editaban, discutieron sobre ética. Sofia quería mostrar más crudeza; Alex insistía en proteger la dignidad de las víctimas. Su amistad permitía esas discusiones sin resentimientos.

Alex también reflexionó sobre su propio rol. No era un héroe como Mateo o Elena. No tenía el carisma de Sofia ni el misterio de Verónica. Pero sin él, la verdad no llegaría tan lejos. Y eso era suficiente.

Al final de la jornada, mientras Sofia dormía, Alex miró por la ventana y susurró:

—Vamos a sobrevivir a esto, Sofí. Juntos. Como siempre.

Las fisuras seguían respirando.

Y Alex Chen seguiría vigilando.

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