A los 19 años, un joven conoce a una empresaria multimillonaria que quedó viuda hace muchos años. Ella ha dedicado todo su tiempo a criar a su hijo del y a dirigir su empresa, convencida de que el amor quedó atrás
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UNA OPORTUNIDAD INESPERADA
Habían pasado algunos días desde aquella noche de tormenta.
La vida de Alejandro volvió a su rutina de siempre.
Por las mañanas asistía a clases, por las tardes trabajaba haciendo repartos y, al llegar a casa, ayudaba a su hermanita con la tarea antes de revisar que a su abuela no le faltara nada.
Era una vida agotadora, pero nunca perdía la sonrisa.
Aquella tarde recibió un nuevo pedido.
Al mirar la dirección en la aplicación, sintió que le resultaba familiar.
—¿No será...?
Al llegar, sonrió al reconocer la enorme Mansión.
Tocó el timbre.
La puerta se abrió y Andrea apareció con una expresión de sorpresa.
—¡Alejandro!
Él sonrió con respeto.
—Buenas tardes.
—Qué gusto volver a verte.
—Igualmente.
Andrea recibió el pedido.
—Pasa un momento. Esta vez no hay tormenta, pero me gustaría saludarte con calma.
Alejandro dudó unos segundos.
—Solo un rato... todavía tengo otras entregas.
—Perfecto.
Entraron a la sala.
Pocos segundos después, Adán bajó las escaleras.
—¡Alejandro!
Sin pensarlo dos veces, se acercó y le dio un fuerte abrazo.
—Pensé que te habías olvidado de nosotros.
Alejandro rio.
—He estado muy ocupado.
—Eso no es excusa.
Los tres comenzaron a conversar.
Andrea le preguntó cómo estaban su abuela y su hermanita.
—Muy bien. Mi hermanita sigue preguntando por la señora que me "salvó de la tormenta"
Andrea soltó una pequeña risa.
—Qué linda.
Después de unos minutos, la empresaria lo observó con curiosidad.
—La última vez me dijiste que estudiabas.
—Sí.
—¿Qué carrera quieres estudiar cuando puedas dedicarte por completo?
Los ojos de Alejandro brillaron.
—Derecho.
Adán sonrió.
—¿Quieres ser abogado?
Alejandro asintió.
—Sí.
Andrea notó la seguridad con la que lo había dicho.
—¿Por qué esa carrera?
Alejandro bajó un poco la mirada.
—Porque muchas personas no pueden defenderse solas. Quiero ayudar a quienes no tienen voz... y asegurarme de que mi hermanita crezca en un lugar más justo.
Andrea permaneció en silencio.
Aquellas palabras nacían del corazón.
No había ambición.
No hablaba de dinero.
Hablaba de ayudar.
Entonces tomó una decisión.
—Alejandro.
—¿Sí?
—En la fundación de mi empresa otorgamos becas universitarias completas a jóvenes con excelentes calificaciones y pocos recursos económicos.
Alejandro la miró confundido.
—¿De verdad?
—Sí.
Ella sonrió con amabilidad.
—Y me gustaría ofrecerte una.
El joven quedó completamente inmóvil.
—¿A... a mí?
Andrea asintió.
—Cubriría la universidad, los libros y el material que necesites. Lo único que te pediría es que continúes esforzándote como lo has hecho hasta ahora.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
Jamás imaginó escuchar unas palabras así.
—Pero... yo...
Andrea habló con calma.
—No es un regalo por lástima.
Es una oportunidad porque creo en tu esfuerzo.
Adán sonrió orgulloso.
—Yo también creo que la mereces.
Alejandro respiró profundamente.
Pensó en su madre.
En su abuela.
En su pequeña hermanita.
Y en el sueño que había guardado durante tantos años.
Con los ojos ligeramente húmedos, sonrió.
—Acepto.
Andrea le extendió la mano.
—Entonces, felicidades.
Alejandro la estrechó con respeto.
—Le prometo que no la voy a decepcionar.
—No tienes que prometerme nada.
Solo conviértete en el abogado que sueñas ser.
Alejandro asintió con determinación.
Por primera vez, aquel sueño que parecía imposible comenzaba a sentirse al alcance de sus manos.