**Soy Madre del Hijo Mafioso por Accidente**
Solo quería ayudar a una niña perdida en el centro comercial, pero terminé siendo adoptada por ella… ¡y aceptada por su padre mafioso!
Ahora vivo en una mansión, tengo guardaespaldas siguiéndome y una pequeña que insiste en llamarme mamá.
¿Y su padre? Un hombre despiadado que parece dispuesto a concederle todos sus caprichos, incluso quedarse conmigo.
¡Yo no soy un perro para que me adopten! ¡Y mucho menos la esposa de un mafioso!
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Capitulo 19
La mañana había amanecido soleada y una suave brisa recorría el jardín de la mansión.
Zhener estaba sentada a la mesa, disfrutando de su desayuno junto a Adrián y la pequeña Sofía. Sobre el mantel había frutas frescas, pan recién horneado, zumo y una variedad de platos que harían llorar de felicidad a cualquier amante de la comida.
Sofía, sentada en su sillita, tenía las mejillas manchadas de mermelada.
—¡Mamá, mira! ¡Estoy comiendo sol!
Zhener dejó de untar mantequilla en su tostada.
—¿Sol?
La niña levantó un trozo de naranja.
—¡Es amarillo!
—Ah, claro. Mi pequeña se está comiendo el sol. Espero que no te quemes la lengua.
Sofía soltó una risita y se metió la naranja en la boca.
Adrián observó a las dos con una sonrisa discreta mientras tomaba su café.
Aquello era exactamente lo que quería.
Su mujer, su hija y una mañana tranquila en la que nadie intentara arruinarle la existencia.
Bueno, casi nadie.
Porque Zhener podía arruinarle la existencia con una facilidad extraordinaria, pero él estaba dispuesto a concederle ese privilegio.
La mujer dejó su taza sobre la mesa y contempló las rosas rojas que adornaban el jardín.
—Quedaron muy bonitas las rosas.
Adrián siguió su mirada.
—Me alegra que te gusten, mi amor.
—Muchísimo. Deberíamos plantar más.
—Si quieres un jardín entero de rosas, tendrás un jardín entero de rosas.
Zhener lo miró de reojo.
—¿No te parece un poco exagerado?
—No.
—Adrián, no necesito un millón de rosas.
—Entonces plantaré dos millones.
Ella soltó una carcajada.
—¡Eres imposible!
—Y, aun así, aquí estás.
Adrián extendió la mano por encima de la mesa y tomó la suya.
El gesto fue tan natural que Zhener ni siquiera reaccionó al principio. Sus dedos se acomodaron entre los de él y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Por un instante, olvidó dónde estaba.
Olvidó que aquel hombre era un mafioso temido, que vivía rodeado de hombres armados y que había convertido su libertad en algo que dependía de sus decisiones.
Incluso olvidó que no era su esposo.
Pero el recuerdo regresó de golpe.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Zhener retiró la mano.
Adrián bajó la mirada hacia sus dedos vacíos y después volvió a observarla.
—¿Qué ocurre, amor?
Ella giró la cabeza hacia otro lado.
—¡Y todavía preguntas! No soy tu mujer.
Adrián sonrió.
No una sonrisa burlona ni irritada, sino aquella expresión descaradamente satisfecha que hacía que Zhener quisiera lanzarle la taza a la cabeza.
—¿De verdad?
—¡Sí, de verdad!
—Qué extraño. Ayer parecías pensar lo contrario cuando estabas en mis brazos.
Zhener se quedó inmóvil.
Adrián tomó tranquilamente su café.
—De hecho, creo que se te olvidó que dormimos juntos.
El rostro de Zhener se puso rojo hasta las orejas.
—¡CÁLLATE!
Sofía levantó la cabeza, sorprendida por el grito.
—¿Mamá está enojada?
Adrián miró a su hija con absoluta serenidad.
—Tu mamá está recordando algo.
—¿Qué cosa?
—Que tu papá tiene razón.
—¡ADRIÁN!
La pequeña soltó una carcajada, encantada con el espectáculo.
Zhener se cubrió el rostro con ambas manos.
¡Maldito hombre!
¿Cómo podía decir aquellas cosas delante de su hija con semejante tranquilidad?
Además, lo peor era que recordaba perfectamente lo sucedido la noche anterior.
Había sido un momento de debilidad.
Estaba triste, cansada y, por una vez, había permitido que Adrián la consolara sin pensar en las consecuencias.
Eso no significaba que lo hubiera perdonado por mantenerla cautiva.
Mucho menos que hubiera aceptado convertirse en su esposa.
—Solo fue un momento de debilidad porque estaba triste —declaró, bajando las manos—. Eso es todo. No te hagas ilusiones, Adrián.
Él apoyó el codo sobre la mesa.
—Entiendo.
Zhener entrecerró los ojos.
—¿De verdad?
—Por supuesto, mi amor.
La tranquilidad de su respuesta la puso todavía más nerviosa.
—¿Por qué sonríes así?
—¿Así cómo?
—¡Como un idiota!
Adrián soltó una carcajada.
Nicolás, que se encontraba a cierta distancia supervisando al personal, decidió mirar hacia otro lado. Tenía demasiados años trabajando para su jefe como para cometer el error de reírse cuando la señora Zhener estaba de mal humor.
Adrián se inclinó ligeramente hacia ella.
—Dime una cosa, preciosa.
—No.
—¿Todavía no tienes síndrome de Estocolmo?
Zhener lo miró horrorizada.
—¡¿Qué clase de pregunta es esa?!
—Una pregunta perfectamente razonable.
—¡No tiene nada de razonable!
Él fingió reflexionar.
—Entonces, ¿por qué dormiste abrazada a mí?
—¡Porque tenía frío!
—La habitación estaba climatizada.
—¡Porque estaba triste!
—Te consolé.
—¡Porque eres un secuestrador con complejo de esposo!
Adrián se quedó pensativo.
—Ese título es bastante largo. Tendré que pedir que lo graben en mis tarjetas de presentación.
Zhener abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
—¡Te odio!
—Lo sé, cariño.
—¡No, no lo sabes! ¡Te odio muchísimo!
—¿Solo un poquito?
Ella apretó los labios.
—Solo un poquito —murmuró finalmente.
Adrián sonrió con una satisfacción insoportable.
—Yo también te amo, princesa.
Zhener se levantó tan deprisa que la silla chirrió contra el suelo.
—¡ERES UN DESGRACIADO!
Sofía comenzó a reírse.
—¡Papá ganó!
—¡Papá no ganó nada! —protestó Zhener.
—Mamá, estás roja.
—¡Porque hace calor!
Adrián miró el cielo despejado.
—Hay una brisa bastante agradable.
—¡TÚ NO AYUDAS!
La mujer se alejó de la mesa y entró en la mansión con pasos furiosos.
Atravesó el vestíbulo sin detenerse y comenzó a subir las escaleras, decidida a encerrarse en su habitación durante el resto de la mañana.
No pensaba darle el gusto de verla sonrojarse otra vez.
Detrás de ella, la voz de Adrián resonó desde el jardín.
—¡Yo también te amo, princesa!
Zhener apretó los puños mientras recorría el pasillo.
¡Ese hombre estaba completamente loco!
Y lo peor era que se había acostumbrado demasiado a sus provocaciones.
A veces conseguía hacerla reír cuando quería llorar. Otras veces lograba que olvidara, durante unos minutos, la situación en la que se encontraba.
Pero eso no cambiaba la realidad.
Adrián seguía siendo el hombre que la había secuestrado.
Y ella todavía no había decidido qué hacer con los sentimientos contradictorios que comenzaban a crecer dentro de su pecho.
Al llegar a su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella.
—Maldito mafioso…
Se llevó una mano a la cara, intentando calmar el calor de sus mejillas.
Entonces recordó su sonrisa.
La manera en que le había tomado la mano.
La tranquilidad con la que había hablado de aquella noche.
Zhener dejó escapar un suspiro frustrado.
—No estoy enamorada de él.
Lo dijo una vez.
Después otra.
Y una tercera, con más convicción.
Como si repetirlo pudiera convertirlo en verdad.
Abajo, Adrián seguía desayunando con Sofía.
—Papá, ¿mamá está enojada contigo?
Él cortó un trozo de fruta y se lo ofreció a su hija.
—Un poquito.
—¿Por qué?
—Porque la quiero mucho.
Sofía lo pensó durante unos segundos.
—Entonces tienes que darle un beso.
Adrián sonrió.
—¿Crees que eso funcionará?
La niña asintió con entusiasmo.
—¡Sí!
Él miró hacia la mansión, exactamente en la dirección por la que Zhener había desaparecido.
—Ojalá fuera tan sencillo, princesa.
Porque Adrián podía comprarle rosas, prepararle vacaciones y llenar su vida de comodidades.
Podía mantener a raya a sus enemigos y asegurarse de que nadie se atreviera a tocarla.
Pero había algo que no podía comprar.
Que Zhener lo eligiera por voluntad propia.
Y, aunque todavía no estaba dispuesto a reconocerlo en voz alta, esa era la única victoria que realmente deseaba.
Espero más capítulos
Lo malo que está en emoción