Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 17
El impacto fue brutal. Gala se tambaleó y después cayó al piso, desmayada.
Pero antes de que Miguel pudiera reaccionar a lo que acababa de hacer, un puño se estrelló contra su nariz. Un crack dolorosamente asqueroso resonó en el pasillo.
Boris lo tumbó de un solo puñetazo.
No había podido llegar a tiempo para impedir que Gala fuera golpeada. Pero sí para hacer pagar al responsable.
—Lorgio, trae el auto. Ahora —dijo Boris, con una calma que no sentía.
Se agachó y tomó a Gala en brazos. Su rostro estaba pálido, y un hilo de sangre brotaba de su oído. Boris sintió que el corazón se le detenía.
—Maldita sea —susurró.
Miguel, en el suelo, se sujetaba la nariz rota, gritando de dolor. Pero Boris ya no le prestaba atención. Solo veía a Gala. Su Gala.
No. No es mi Gala. No sé quién es. Pero...
No terminó el pensamiento. Lorgio apareció con el auto y Boris subió a Gala con cuidado, como si fuera de cristal.
—Al hospital. Rápido.
El auto arrancó, dejando atrás a Miguel Ponce, tirado en el piso, con la nariz rota y el orgullo destrozado.
Y en el asiento trasero, Boris sostenía a Gala en sus brazos, mirando su rostro pálido, su respiración débil. Y por primera vez en años, sintió miedo.
Miedo de perderla.
Aunque todavía no sabía por qué.
*_*
Boris llegó a urgencias con Gala en brazos. Durante el trayecto, no dejó de acariciar su cabello, su rostro. Le producía una ternura indescriptible. Y a la vez, había un ligero pesar, un... remordimiento que no sabía de dónde salía.
No la conocía. Apenas habían intercambiado unas pocas palabras en los últimos días. Pero verla así, pálida, inmóvil, con un hilo de sangre brotando de su oído, le provocaba algo que no podía nombrar. Era como si una parte de él, una parte que creía muerta, hubiera despertado de golpe.
—Lorgio, avisa a Elton —ordenó, su voz tensa—. Dile que llegamos en cinco minutos.
—Ya lo hice, señor. El doctor Mars está esperando.
Elton Mars era un viejo amigo de Boris. Un hombre de unos cuarenta años, con el cabello entrecano y unos ojos oscuros que lo veían todo. Era uno de los mejores médicos de Puerto Azul, y el único en quien Boris confiaba plenamente. Cuando el auto se detuvo frente a la clínica privada, Elton ya estaba en la entrada, con una camilla y un equipo de enfermeras.
—¿Qué pasó? —preguntó Elton, mientras ingresaban a Gala a la sala de urgencias.
—La golpearon —respondió Boris, su voz un gruñido—. Una bofetada brutal. La desmayó de inmediato.
Elton frunció el ceño al ver el rostro de Gala. La hinchazón en su mejilla, la sangre saliendo de su oído. Eso era un golpe, pero no precisamente de una caída.
—¿Quién fue? —preguntó, mientras revisaba sus pupilas con una linterna.
—Alguien que ya pagó por esto —respondió Boris, con una frialdad que no admitía más preguntas.
Elton asintió, pero no insistió.
—Quédate afuera. Debo revisarla.
Lo apartó y se metió en la sala, donde Gala ya estaba sobre una camilla. Las puertas se cerraron tras él.
—Traigan el rayos X portátil y el ecógrafo. Rápido —ordenó Elton, y enfermeras y doctores se movilizaron.
Boris se quedó en el pasillo, mirando la puerta cerrada. Sus manos temblaban ligeramente. Miró su puño, que estaba enrojecido, los nudillos magullados. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Al menos, el golpe había valido la pena.
—¿Dónde está ese tipo? —preguntó, con una voz casi de ultratumba.
Lorgio sacó su teléfono. Uno de los guardias se había quedado en el hotel.
—El tipo está en una posta médica de última categoría —dijo Lorgio, leyendo el mensaje—. Ruptura del tabique nasal. Fractura de pómulo.
Boris asintió, satisfecho.
—¿Esa cena con los Ponce es el sábado? —preguntó, casualmente.
—Sí, señor. Quieren establecer un compromiso con la señorita Elia Ponce —dijo Lorgio, consultando su tablet.
Boris puso una sonrisa diabólica. Asintió.
—Bien. Creo que es tiempo de que los Ponce sepan que no pueden manipularme.
Sus ojos irradiaban indignación y furia.
*_*
En ese momento, Elton salió con los informes y resultados. Habían sido los sesenta minutos más largos de la vida de Boris.
—Está despertando —dijo Elton, con un tono grave—. Tuvo un pequeño desgarro de tímpano. Esperamos que se subsane. El otorrino la verá en breve y evaluará el daño. El golpe fue muy fuerte. Tendrá un zumbido y tiene una fisura en el pómulo. La tomografía no muestra daños importantes, pero debe reposar una semana, mínimamente. El otorrino dará su diagnóstico.
Boris asintió, listo para entrar.
—Ahora entra —añadió Elton—. Ella va a despertar y se va a asustar.
Boris no necesitó más. Entró en la habitación donde habían acomodado a Gala. Era una sala VIP, con luz tenue y un silencio que solo se rompía por el suave pitido de los monitores. Gala estaba en la cama, con el rostro pálido y la mejilla hinchada. Parecía tan pequeña. Tan frágil.
Se sentó a su lado, en una silla que alguien había dispuesto junto a la cama. Y esperó.
Cuando Gala despertó, lo hizo con un grito.
—¡No! ¡No me toquen! ¡Déjenme!
Sus ojos verdes estaban abiertos de par en par, pero no veían. Estaba perdida. Totalmente histérica. Hiperventilaba. Temblaba. Intentó incorporarse, arrancarse las vías, huir.
Boris se puso de pie de un salto y la abrazó.
—Gala. Gala, soy Boris. Estás a salvo. Nadie va a hacerte daño.
Pero ella no lo escuchaba. Seguía forcejeando, gritando, llorando. Sus manos golpeaban el pecho de Boris, sus piernas pataleaban. Era como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.
—¡No! ¡Por favor! ¡No me encierren! ¡No me dejen sola!
Boris la sostuvo con firmeza, pero con cuidado. La apretó contra su pecho, susurrándole al oído.
—Estás conmigo. Estás a salvo. Nadie va a encerrarte. Nadie va a dejarte sola. Estoy aquí.
Poco a poco, los gritos se convirtieron en sollozos. Los sollozos, en temblores. Y los temblores, en una respiración entrecortada pero más calmada.
Elton entró en ese momento, con una jeringa en la mano.
—Ya traen sedantes —dijo, pero se detuvo al ver la escena—. Esto... esto es estrés postraumático. Y no es de ahora. No es de este ataque.
Boris lo miró, sus ojos grises llenos de preguntas.
—¿Qué quieres decir?
—Ella... —Elton titubeó, eligiendo sus palabras con cuidado—. Ella parece haber sufrido maltrato durante mucho tiempo. Años, quizás. Su reacción no es la de alguien que ha sido golpeado una vez. Es la de alguien que ha vivido en un estado de terror constante. Su cuerpo reacciona como si estuviera en peligro de muerte. Como si esto no fuera nuevo.
Boris se paralizó. Seguía abrazando a Gala, que ahora temblaba en sus brazos, con el rostro escondido en su pecho. Su mente se llenaba de suposiciones que no entendía. ¿Maltrato? ¿Durante años? ¿Quién le había hecho eso? ¿Los Ponce? ¿Alguien más?
—¿Puedes darle algo para que duerma? —preguntó, su voz ronca.
—Sí. Pero no mucho. Necesito que descanse, pero también que pueda despertar si es necesario.
Elton le administró un sedante suave a través de la vía. Gala se relajó casi de inmediato, su respiración se volvió más profunda, sus músculos se aflojaron. Pero no soltó la camisa de Boris. Se aferraba a él como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia