En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
NovelToon tiene autorización de Mariangel Suarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15.
—Julian.
—Que los recuerdos de los Ardent fueran utilizados sin su consentimiento. Mi padre quería preservar sus conocimientos para siempre. Lucien descubrió que el procedimiento podía destruir la identidad de quienes los transmitían.
Leo sintió una mezcla de rabia y horror.
—¿Y tú lo sabías?
—No al principio.
—Pero después sí.
Julian no respondió.
Leo comprendió que el silencio era una respuesta suficiente.
—¿Qué hiciste?
—Intenté detenerlo.
—¿A tu padre?
—A todos.
Julian levantó los ojos.
—Pero cuando Lucien decidió marcharse, yo tenía miedo. Miedo de perderlo. Miedo de que se llevara consigo la única oportunidad que había encontrado de volver a sentir algo verdadero.
Leo sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
—Así que intentaste retenerlo.
—Sí.
—Y ahora tienes miedo de que yo haga lo mismo.
Julian no lo negó.
Leo dejó la rosa sobre una mesa.
—No voy a convertirme en otra versión de Lucien para que puedas corregir tus errores.
—No quiero que lo hagas.
—Entonces deja de mirarme como si estuvieras intentando encontrarlo dentro de mí.
Julian permaneció inmóvil.
Después asintió lentamente.
—Lo intentaré.
Leo no esperaba aquella respuesta.
—No basta con intentarlo.
—Lo sé.
El silencio se extendió entre ambos.
Por un momento, Leo quiso acercarse. Quiso tocar el rostro de Julian y descubrir si aquella tristeza era tan real como parecía.
Pero recordó la carta.
No permitas que Julian Vane decida por ti.
Y decidió mantenerse donde estaba.
—Dorian me ha invitado a hablar con él esta tarde —dijo.
La expresión de Julian cambió.
Fue un movimiento casi imperceptible: una tensión en la mandíbula, una sombra en los ojos.
—No vayas.
Leo soltó una risa incrédula.
—¿En serio?
—Es peligroso.
—Tú también lo eres.
—No de la misma manera.
—¿Y cómo se supone que debo saberlo? ¿Porque tú me lo dices?
Julian apretó los labios.
—No confío en él.
—Eso no significa que deba confiar en ti.
La respuesta pareció herirlo más de lo que Julian estaba dispuesto a reconocer.
—¿Te interesa? —preguntó de pronto.
Leo parpadeó.
—¿Qué?
—Dorian. ¿Te interesa?
Leo lo miró durante varios segundos.
Después comprendió.
Los celos.
El gran Julian Vane, que había pasado siglos fingiendo que nada podía afectarlo, estaba celoso de un hombre al que Leo apenas conocía.
—¿Eso es lo que te preocupa?
—Estoy intentando entender sus intenciones.
—No. Estás intentando decidir con quién puedo hablar.
Julian apartó la mirada.
—Quizá.
La admisión fue tan inesperada que Leo no supo qué responder.
Julian se acercó a la barandilla y apoyó ambas manos sobre la piedra.
—No me gusta la idea de que confíes en alguien que podría utilizarte.
—Entonces dame razones para confiar en ti.
El vampiro volvió la cabeza.
—¿Y si no sé cómo hacerlo?
Leo lo contempló en silencio.
Por primera vez, aquella pregunta no sonó como una provocación.
Sonó como una confesión.
—Empieza por no mentirme —respondió.
Julian asintió.
Leo se dirigió hacia la puerta.
Antes de entrar en la mansión, se volvió una última vez.
—Y deja de ponerte celoso de personas que apenas conozco.
Julian arqueó una ceja.
—No estoy celoso.
Leo sonrió por primera vez en toda la mañana.
—Claro que no.
Cuando desapareció tras la puerta, Julian permaneció solo en la terraza.
No podía oír los pensamientos de Leo. No podía saber qué sentía realmente por él.
Y, aunque le irritaba admitirlo, tampoco tenía derecho a exigirlo.
Aun así, la idea de que Leo pudiera encontrar en Dorian las respuestas que Julian llevaba décadas buscando le provocaba una inquietud que no sabía controlar.
No porque temiera perder una posesión.
Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, temía perder una posibilidad.
La posibilidad de que alguien lo conociera tal como era y, aun así, decidiera quedarse.