Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.
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Capitulo 5
La luz blanca y fría del techo atravesaba las pestañas de Alexander como agujas de cristal. Un pitido rítmico, tenue pero constante, retumbaba en sus oídos, acompañado por el olor penetrante a antiséptico y metal. Intentó mover las manos, pero los dedos le respondieron con una torpeza pesada, como si su cuerpo entero estuviera sumergido en cemento fresco. La garganta le ardía, seca y rasposa, obligándolo a emitir un gemido ahogado que resonó en la pulcra habitación.
Poco a poco, su visión borrosa comenzó a enfocar el entorno. No estaba en el altar. No había cristales rotos, ni olor a pólvora, ni el vestido de novia de Isabella manchado de sangre. Se encontraba en una lujosa suite médica, postrado en una cama articulada y conectado a diversos monitores que registraban sus signos vitales. La confusión lo envolvió en una marejada de pánico helado. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado tras la ráfaga de disparos que le había partido el pecho?
—Isabella... —intentó pronunciar, pero de su boca solo salió un hilo de aire áspero.
—Ahorra tus fuerzas, hijo. Tu cuerpo aún está procesando el veneno de la muerte —resonó una voz grave, profunda y serena desde la penumbra de un sillón ubicado junto a la ventana.
Alexander giró la cabeza con dificultad hacia el origen de la voz. El corazón le dio un vuelco violento dentro del tórax, haciendo que las frecuencias del monitor parpadearan con rapidez. De las sombras se puso de pie un hombre de estatura imponente, vestimenta impecable de corte italiano y una postura que emanaba un poder absoluto y peligroso. Su cabello canoso estaba peinado hacia atrás con precisión y una cicatriz fina le cruzaba la pómulo izquierdo, pero lo que congeló la sangre de Alexander fueron esos ojos: dos orbes de un azul gélido, exactamente iguales a los suyos.
El anciano avanzó a pasos lentos y pesados hasta detenerse junto a la orilla de la cama. La luz reveló el rostro maduro de un hombre que Alexander conocía perfectamente por viejas fotos amarillentas, pero que la memoria de su infancia daba por enterrado hacía más de dos décadas.
—No... No es posible... —murmuró Alexander, entrecerrando los ojos mientras la incredulidad y el mareo amenazaban con devolverlo a la inconsciencia—. Tú... tú estás muerto. Mi padre murió cuando yo era un niño...
El hombre dejó escapar una sonrisa amarga, carente de calidez, y cruzó las manos a la espalda.
—Eso fue lo que tu madre te hizo creer para alejarte de la sangre que corre por tus venas, Alexander. Le pareció más piadoso entregarte a una vida ordinaria que explicarte que tu verdadero hogar era un imperio levantado entre fuego y acero.
Alexander negó con la cabeza, sintiendo que la realidad se fragmentaba a su alrededor. El dolor de sus heridas sanadas quirúrgicamente le punzaba en las costillas, recordándole que no estaba soñando.
—¿Quién eres? —exigió saber Alexander, elevando la voz dentro de sus escasas posibilidades—. ¡¿Dónde está Isabella?! ¡¿Qué me hicieron?!
—Soy Valentine Rostova —declaró el hombre con un tono tajante que hizo vibrar el aire de la estancia—. El hombre que domina el crimen organizado desde San Petersburgo hasta las costas del Atlántico. El capo al que todos temen en la sombra... y el hombre que te dio la vida.
El silencio que siguió a la revelación fue denso, casi asfixiante. Alexander procesó las palabras mientras los recuerdos le llegaban en ráfagas desordenadas: el estruendo de los cristales en la catedral, los tiradores vestidos de negro, la sensación de la vida escapándosele por el pecho mientras caía en los brazos de su prometida.
—Iba a casarme... —susurró Alexander, intentando incorporarse, pero una punzada de mareo lo obligó a desplomarse sobre las almohadas—. Estaba en la iglesia. Nos dispararon... Caí al suelo. Isabella lloraba... ¡Yo morí! ¡Sentí cómo mi corazón dejó de latir!
—Y moriste, en efecto —asintió Valentine sin desviar la mirada, mostrando una frialdad matemática—. Tu corazón permaneció inerte durante horas. Tu prometida te lloró sobre el mármol y te sepultó bajo dos metros de tierra en un ataúd barnizado. Para la ley, para los periódicos y para la mujer que amabas, eres ceniza y recuerdo.
—¡Estás loco! —estalló Alexander, sintiendo cómo la ira desplazaba la debilidad de sus músculos—. ¡Déjame salir de aquí! ¡Tengo que volver con ella! ¡Isabella debe estar destrozada!
Valentine se inclinó ligeramente sobre la camilla, apoyando las manos sobre el borde de la estructura metálica. Su presencia era sofocante, la de un depredador que no admite insubordinación.
—No irás a ningún lado —sentenció el capo ruso con voz dura como la piedra—. Fuiste exhumado de tu tumba por mis mejores hombres la misma noche de tu entierro. Te inyectamos un compuesto sintético de regeneración celular desarrollado en nuestros laboratorios clandestinos. Mi ciencia y mi fortuna te devolvieron el aliento que las balas te arrebataron. Te salvé la vida, Alexander, porque no estaba dispuesto a perder al único heredero de mi sangre.
—¡Yo no te pedí que me salvaras! —rugió Alexander con lágrimas de impotencia brotando de sus ojos—. ¡Mi vida estaba allá afuera, con la mujer que amo! ¡Si me dejas encerrado aquí, prefiero haber muerto en ese altar!
Valentine se erguí de nuevo, acomodándose la solapa del saco con una elegancia implacable. Miró a su hijo no con ira, sino con una determinación calculadora.
—Tus enemigos intentaron borrarte porque creyeron que eras débil, una presa fácil vestida de novio. Pero no eres un ciudadano común, Alexander. Eres el hijo del rostro del mando de la mafia rusa. La persona que ordenó ese ataque en la catedral pagará con cada gota de su sangre, pero para cobrar esa deuda primero debes convertirte en el hombre que estás destinado a ser.
—No me interesa tu imperio de violencia —repuso Alexander entre dientes, apretando los puños sobre las sábanas blancas—. No quiero tu dinero ni tu poder. Solo quiero a Isabella.
—Isabella está a salvo por ahora, viviendo su luto en un mundo que no comprende —respondió Valentine, encaminándose hacia la puerta de la habitación—. Si regresas a su lado tal como estás ahora, sin protección y sin la fuerza para defenderla, los mismos mercenarios volverán para terminar el trabajo... y esta vez ella no vivirá para contarlo.
Alexander guardó silencio, impactado por el peso brutal de esa verdad. Su cuerpo aún temblaba, pero la imagen de Isabella expuesta al peligro le atravesó la mente con una claridad desgarradora.
Valentine se detuvo en el umbral de la puerta blindada y se giró por última vez hacia su hijo. La sombra del capo cubrió la luz del pasillo.
—A partir de hoy, tu antigua identidad ha muerto en esa tumba —concluyó Valentine con voz autoritaria—. Te recuperarás, entrenarás bajo mi mando y aprenderás a gobernar este imperio. Asumirás la sombra de tu verdadera familia. Cuando estés listo, cuando seas tan letal que nadie pueda tocarte, buscarás a esa mujer. Pero hasta entonces, le perteneces a la mafia rusa.
La puerta de acero se cerró con un chasquido sordo y definitivo, dejando a Alexander solo en la inmensidad de la lujosa habitación. El joven cerró los ojos con fuerza mientras el monitor continuaba marcando sus pulsaciones. El dolor en su pecho ya no era por los disparos, sino por la certeza de que su vida se había dividido en dos: el prometido que murió en el altar y el heredero que acababa de nacer en la penumbra.