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Horizonte Sagrado

Horizonte Sagrado

Status: En proceso
Genre:Aventura / Héroes / Mitos y leyendas
Popularitas:255
Nilai: 5
nombre de autor: Proa94

el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.

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La llamada de la Corona

Nos tomó solo un par de días de marcha cruzar la frontera y adentrarnos en las tierras ancestrales del Reino Elfo, hasta alcanzar la majestuosa capital de Antiqua.

La ciudad era de una belleza sobrecogedora. Edificaciones de piedra blanca pulida se entrelazaban armónicamente con enormes árboles milenarios, bajo un orden pulcro y silencioso. Sin embargo, en cada rincón se respiraba el estricto refinamiento de los altos elfos. A diferencia de las metrópolis humanas o de la fortaleza enana, aquí apenas se divisaban aventureros o miembros de otras razas; los contratos del reino eran conocidos por su altísima dificultad y por recompensas que, en términos de oro puro, no resultaban ostentosas. Pero el dinero no era lo que me había traído hasta aquí. Habíamos acumulado fortuna suficiente; lo que yo buscaba era resonancia, estatus y hacer que mi nombre llegara tarde o temprano a oídos del Rey.

Al cruzar el umbral de la sede local del Gremio de Aventureros, nos dirigimos directamente al mostrador de recepción para solicitar la misión de mayor rango disponible.

La encargada Detrás del mostrador, una elfa de mirada afilada llamada Lugura, nos recorrió de arriba abajo con una sonrisa disimulada.

—Vaya, vaya... Dos sangre bastarda y una elfa renegada —comentó con tono pausado—. La verdad, cuando escuché los rumores sobre su escuadra de aventureros, me los imaginé un poco diferentes.

—No me importa cómo nos juzgue —repliqué con frialdad, apoyando las manos sobre el mostrador—. Queremos la solicitud de mayor estatus que tenga disponible. Entréganosla y ya. ¿Cuál es el encargo más alto que custodia en este momento?

Lugura se encogió de hombros, hojeando un libro de registros con parsimonia.

—Pues lamento decepcionarlos, pero por el momento no tenemos misiones clasificadas en Rango Diamante. Tengo una de Rango Avanzado: se trata de escoltar a la hija de un noble hacia las afueras del bosque sagrado. Un simple trabajo de protección de ruta.

—Será mejor que nos vayamos, Adamas —susurró Armia detrás de mí, ajustándose la capucha sobre el rostro—. No creo que nos vayan a soltar nada mejor por aquí. Además, te recuerdo que yo escapé de mi casa; si mi familia se entera de que he vuelto a Antiqua, se armará un escándalo.

—La tomamos —sentencié, mirando fijamente a la recepcionista.

—¡¿Qué?! —protestó la maga en voz baja—. ¡Huye de aquí, niño! No quiero quedarme en esta ciudad ni un segundo más de lo estrictamente necesario.

—Tranquilízate de una vez, elfa —le respondí con voz firme pero calmada—. Completaremos este encargo y, en cuanto estampen el sello en nuestra ficha, nos marcharemos. Con que la aristocracia local sepa que estuvimos operando aquí será más que suficiente.

—Yo estoy de acuerdo con mi esposo, nya —intervino Ania, sobándose el estómago—. Pero antes, me gustaría que comiéramos algo caliente.

—Está bien —asentí—. Cerraré el contrato y saldremos de inmediato.

Tras recargar energías en una taberna discreta de las afueras, nos dirigimos a la zona residencial de la alta nobleza. El encargo nos condujo hasta los portones de una prominente mansión de piedra y cristal, rodeada por jardines custodiados.

En el patio principal nos esperaba el empleador: el Marqués Lughar, un hombre de fisonomía imponente y porte severo.

—Así que ustedes son la guardia contratada... —nos examinó el Marqués, enarcando una ceja—. A decir verdad, parecen solo unos muchachos. Sin embargo, el sello del gremio los respalda como aventureros de Nivel Diamante, así que lo daré por válido. Pongo la vida de mi pequeña hija en sus manos. Si le llega a ocurrir el más mínimo rasguño, responderán con sus cabezas.

—¡Grrr! —gruñó Ania al instante, mostrándole los colmillos al noble.

—Tranquila, mujer —la contuve de inmediato poniéndole la mano en el hombro, antes de volverme hacia el Marqués—. No se preocupe, señor. Su hija regresará completamente a salvo.

Armia se mantuvo todo el tiempo un par de pasos por detrás, con la túnica calada hasta las cejas para ocultar sus rasgos, pero la mirada del Marqués no tardó en posarse sobre ella.

—Oye, jovencita... Tu rostro me resulta extrañamente familiar —comentó el noble, entrecerrando los ojos.

—Se equivoca... No soy de este reino —respondió Armia con voz fingida, dando un paso atrás.

En ese momento, las puertas de la mansión se abrieron y una pequeña niña de vestidos finos bajó corriendo por las escaleras de mármol.

—¡Padre! ¡Padre, ya estoy lista para el paseo! —exclamó la pequeña Lura con entusiasmo.

—Bien, cariño —sonrió el Marqués, acariciándole el cabello—. Por favor, no se demoren. Para su seguridad, algunos de mis guardias personales los acompañarán a una distancia prudente.

Me agaché a la altura de la pequeña y la miré con serenidad.

—Bien, niña. Nosotros te protegeremos durante el trayecto. Si llega a ocurrir cualquier inconveniente o escuchas un ruido extraño, obedecerás nuestras indicaciones de inmediato. ¿Entendido?

—¡Por supuesto, señor! —asintió Lura con una sonrisa radiante.

Iniciamos la caminata hacia las franjas periféricas del bosque. Durante el trayecto, la pequeña resultó ser una niña sumamente simpática y extrovertida. Rápidamente entabló confianza con Ania, fascinada por los rasgos de la raza bestia, al punto de subirse a sus hombros para acariciarle las orejas.

—¡Oye, no jales demasiado mis orejas, nya! —se quejó la felina con una sonrisa divertida.

—¡Es que son hermosas! ¡Me gustan muchísimo! —se rio la niña, abrazándose a su cabeza.

—Vaya, quién diría que tenías tanta paciencia para los niños, gata —comentó Armia con sorna desde la retaguardia.

—Bueno... tengo que irme acostumbrando para cuando tenga a los cachorros de mi esposo —respondió Ania con total soltura, guiñándome un ojo.

—Ya, mujer... me vas a hacer ruborizar en público —murmuré, sintiendo un leve calor en las mejillas.

Sin embargo, al adentrarnos en un claro profundo cerca de un campo de flores silvestres, la atmósfera del bosque cambió drásticamente. El murmullo habitual de los pájaros se apagó de golpe y un silencio sepulcral envolvió la arboleda. Ania erizó el pelaje al instante; con un movimiento felino y veloz, agarró a la pequeña Lura de la cintura y saltó hacia atrás, justo a tiempo para esquivar una flecha negra que se clavó en la tierra donde la niña estaba parada un segundo antes.

—¡Alertas todos! —grité, desenvainando la Espada de las Cinco Voluntades—. ¡Armia, ahora!

—¡Attractio Gravitatis! —vociferó la maga, alzando su báculo.

Una distorsión gravitacional de color púrpura emergió entre la copa de los árboles. La fuerza del encantamiento arrastró a tres emboscados encapuchados directamente hacia el centro del claro, dejándolos desorientados en el aire. Arremetí en coordinación con las garras de Ania, neutralizando a dos de los agresores en un parpadeo. Cuando me abalancé para capturar al tercero con vida e interrogarlo, el asesino rompió una ampolla de veneno entre sus dientes, colapsando inerte sobre la hierba.

El capitán de los guardias del Marqués se acercó a toda prisa, inspeccionando los cuerpos con expresión sombría.

—Maldita sea... No se preocupen, jóvenes aventureros. Como sabrán, mi señor ocupa un cargo influyente en la corte real; algunos sectores extremistas que se oponen a sus reformas suelen recurrir a estas bajezas amenazando a su familia. Pero ustedes reaccionaron de forma impecable. Un trabajo magistral.

Al regresar a la mansión y entregar a la niña sana y salva, fuimos recibidos por un emocionado Marqués Lughar. La pequeña Lura corrió a los brazos de su padre, relatándole la emboscada con lujo de detalles mientras señalaba a Ania.

—¡Cerdos cobardes! —rugió el Marqués, apretando los puños con rabia—. Atacar a una niña indefensa es una bajeza imperdonable. Me pondré en marcha de inmediato con la guardia de la ciudad para descubrir quién estuvo detrás de este atentado. Y en cuanto a ustedes, jóvenes... debo admitir que los subestimé considerablemente. Esos asesinos eran mercenarios de élite; de haber enviado solo a mi guardia personal, habrían superado nuestras defensas. Les debo la vida de mi hija. No solo les otorgaré la máxima calificación en el gremio, sino que la Casa Lughar queda oficialmente en deuda con ustedes. Cuando requieran un favor en la corte, no duden en pedírmelo.

—¡Adiós, mujer gato! —se despidió Lura agitándonos la mano desde el pórtico—. ¡Ven a visitarme cuando tengas a tus cachorros!

—¡Jajaja! ¡Por supuesto que sí, nya! —respondió Ania con una gran sonrisa antes de volverse hacia mí—. ¿Lo ves, amor mío? Deberíamos ponernos a trabajar en eso de una vez...

—¡Ya, silencio, mujer! —exclamé ruborizado, apresurando el paso para salir del recinto.

Sin embargo, al regresar a la sede del Gremio de Aventureros para certificar la misión, encontramos el vestíbulo completamente desierto. Solo la recepcionista Lugura permanecía en la barra, con una expresión notablemente tensa.

—El encargo fue completado con éxito, mujer —dije, apoyando la ficha de registro sobre la madera—. Entrega el pago y estampa la calificación del Marqués.

—Eh... sí, claro... —murmuró la elfa, tomando el documento con manos temblorosas.

¡CLAN, CLAN, CLAN!

El sonido pesado de armaduras de placas metálicas resonó en la entrada. Las pesadas puertas dobles del gremio se abrieron de golpe y una docena de caballeros pertenecientes a la Guardia Real del Rey Elfo irrumpieron en el salón, desplegándose en formación de cerrojo. Al frente del pelotón avanzó un capitán de porte altivo y armadura plateada, cuyos ojos grises y fríos se clavaron directamente en mí.

—¡Alto ahí! —proclamó el oficial con voz firme y dominante—. Soy el Capitán Regulus Rorwar, de la Guardia de la Corona. Tú eres Adamas, ¿me equivoco?

—Sí. Soy yo —respondí, dando un paso al frente y manteniendo la mano cerca de la empuñadura de mi espada.

—El Rey ha solicitado tu presencia de inmediato en la ciudadela real.

Ania dio un paso hacia adelante, colocándose a mi costado con la mirada encendida.

—Bien, pues vamos todos.

El Capitán Regulus la miró de reojo con un frío desprecio.

—A ustedes dos no se les ha mencionado en la orden. Las instrucciones del monarca fueron precisas: debemos custodiar únicamente al muchacho. Ustedes deben permanecer aquí.

—¡Grrr! ¡Ni de broma me separo de mi esposo! —rugió la felina, mostrando las garras.

—Ania, tranquila, por favor —la contuve, colocándome frente a ella y sujetando sus manos para calmar su instinto—. Está bien. Solo asistiré a una audiencia real, eso es todo. Les aseguro que no tardaremos mucho.

Armia dio un paso atrás, observando la insignia del capitán con ojo clínico antes de hablarle a la felina:

—Tranquilízate, gata. Lo llevan en calidad de invitado oficial de la Corona, no como un prisionero de guerra. Estará bien. Seguro que en un par de horas lo veremos de regreso.

El Capitán Regulus hizo una leve señal con el yelmo hacia la salida.

—Andando, muchacho. No hagas esperar a Su Majestad.

Acomodándome la capa sobre los hombros y sosteniendo la Espada de las Cinco Voluntades a mi costado, caminé entre las filas de los caballeros de élite, dejando atrás a mis dos compañeras en el salón del gremio.

El momento tan anhelado había llegado por fin. Cruce las avenidas blancas de Antiqua bajo la escolta real, con el pecho erguido y el corazón latiendo con fuerza. Iba a presentarme con orgullo ante mi abuelo; le demostraría que el amor que unió a mi madre y a mi padre no fue una aberración ni una mancha en su linaje, sino el origen de un guerrero digno de hacerle honor a la historia de su pueblo y a la espada legendaria que portaba a la cintura.

Sabía perfectamente que no me recibiría con el abrazo cálido de un abuelo ni con la benevolencia de un familiar. Pero me bastaba con una sola cosa: que escuchara mi nombre, que supiera que existo, y que presenciara con sus propios ojos que el sangre bastarda que una vez repudió tenía la determinación de pararse con la frente en alto ante su trono.

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