Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.
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El camino hacia casa
El amanecer todavía teñía el cielo de tonos violetas cuando Isolde bajó las escaleras del palacio con una capa verde oscuro sobre los hombros.
Había dormido poco.
La carta de Lucien no había dejado de rondarle la cabeza durante toda la noche.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba las palabras de su primo y se preguntaba qué documentos habría encontrado y por qué había esperado tanto para avisarla.
También se preguntaba algo mucho más inquietante.
¿Y si Lucien estaba equivocado?
¿Y si no lo estaba?
Se llevó una mano al pecho y apretó el colgante de plata que descansaba bajo su vestido.
—Todo estará bien —susurró.
No sabía si intentaba convencerse a sí misma o si hablaba con los recuerdos de su familia.
Al llegar al patio, encontró varios caballos ensillados y una pequeña escolta preparada para partir.
Los soldados llevaban los colores de Draven y, junto a ellos, esperaba Rowan, revisando las correas de una alforja.
—Buenos días, princesa.
—General.
—El rey está terminando de preparar los últimos detalles.
Isolde miró hacia la entrada del palacio.
—¿Todavía no está listo?
—Al parecer, un rey también necesita tiempo para vestirse.
—Qué decepción. Siempre imaginé que dormían con la corona puesta.
Rowan soltó una risa.
—No se lo diga. Tiene un orgullo considerable.
—Lo he notado.
—Y, aun así, ha decidido acompañarla personalmente.
Isolde giró la cabeza hacia él.
—¿También usted pretende convencerme de que eso significa algo?
—No, princesa. Solo digo que el rey no suele abandonar la capital por asuntos que considera menores.
—Entonces espero que mi reino no le resulte demasiado aburrido.
—Tengo la impresión de que usted se encargará de que no lo sea.
Antes de que Isolde pudiera responder, una voz grave resonó detrás de ella.
—¿Ya está entreteniendo a mis soldados, princesa?
Kael apareció en el patio vestido con pantalones negros, botas altas y una chaqueta oscura ajustada al cuerpo.
Llevaba una capa sujeta por un broche plateado, y su cabello negro todavía parecía ligeramente húmedo.
No llevaba corona.
Aun así, era imposible confundirlo con cualquier otro hombre.
Isolde lo recorrió con la mirada durante un instante.
—Solo intentaba descubrir si todos sus hombres tienen ese sentido del humor tan particular.
—Y bien, ¿qué ha descubierto?
—Que al menos uno de ellos parece tenerlo.
Rowan se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendido.
—Me siento profundamente halagado, alteza.
Kael lo ignoró y se acercó a su caballo.
—¿Está preparada?
—Lo estaba hace diez minutos.
—Entonces lamento haberla hecho esperar.
Isolde arqueó una ceja.
—¿Acaba de disculparse?
—No se acostumbre.
—Tranquilo, majestad. No quisiera que perdiera su reputación.
Kael la miró de reojo antes de montar.
—Suba a su caballo, princesa. Nos espera un largo camino.
...⸻...
La comitiva abandonó el palacio poco después del amanecer.
Isolde cabalgaba unos metros por delante de Kael, acompañada por dos guardias de Valenne que habían viajado con ella a Draven.
Aunque la escolta del rey era más numerosa, se había negado a dejar a sus propios hombres atrás.
Kael no había discutido la decisión.
Aquello, Isolde debía admitirlo, le había sorprendido.
El camino serpenteaba entre colinas cubiertas de hierba y bosques de robles.
A medida que avanzaban, las torres de la capital fueron desapareciendo detrás de ellos, reemplazadas por campos, pequeñas aldeas y caminos de tierra.
Durante la primera hora apenas intercambiaron palabras.
Isolde agradecía el silencio.
Necesitaba ordenar sus pensamientos, y la presencia de Kael ya resultaba suficientemente complicada sin tener que soportar una conversación constante.
Pero el rey parecía tener otras ideas.
—¿Siempre cabalga tan rápido?
—¿Siempre hace tantas preguntas?
—Solo cuando alguien parece decidido a dejarme atrás.
—Quizá debería cabalgar más deprisa.
Kael soltó una risa breve.
—¿Está intentando deshacerse de mí?
—Todavía no he decidido si merece el esfuerzo.
Él se acercó un poco, manteniendo su caballo a la altura del de ella.
—Creí que las princesas estaban educadas para ser amables.
—Y yo creí que los reyes estaban educados para ser inteligentes. Parece que ambos hemos tenido una infancia decepcionante.
Kael negó con la cabeza, pero una sombra de diversión permaneció en su rostro.
Isolde volvió a mirar hacia el camino.
No entendía cómo aquel hombre podía irritarla tanto y, al mismo tiempo, conseguir que olvidara durante unos instantes todo lo que la atormentaba.
Era peligroso.
No porque fuera su enemigo.
Sino porque, cuando estaba con él, resultaba demasiado fácil distraerse de las cosas que realmente importaban.
Y ella no podía permitirse distracciones.
...⸻...
Al mediodía, la comitiva se detuvo junto a un arroyo para descansar.
Los soldados desmontaron.
Algunos se acercaron al agua y otros aprovecharon para alimentar a los caballos.
Rowan organizó la vigilancia mientras un criado preparaba comida sencilla.
Isolde se alejó unos pasos y se sentó sobre una roca plana, cerca de los árboles.
Sacó la carta de Lucien y volvió a leerla.
Las palabras seguían siendo las mismas.
No confíes en nadie hasta que hablemos.
—¿Alguna noticia alentadora?
Isolde levantó la cabeza.
Kael estaba a pocos pasos de ella, con dos copas de agua en las manos.
—¿Siempre aparece sin hacer ruido?
—¿Siempre se sobresalta cuando alguien se acerca?
—Solo cuando alguien tiene la desagradable costumbre de aparecer detrás de mí.
Kael le ofreció una de las copas.
Isolde la aceptó después de una breve vacilación.
—Gracias.
Él se sentó en una roca cercana, dejando entre ambos una distancia prudente.
—¿Qué le preocupa de esa carta?
—Todo.
—Eso no es demasiado específico.
Isolde dobló el papel.
—Lucien no suele escribir de esa manera. Es demasiado cuidadoso con las palabras. Si encontró documentos importantes, habría explicado algo más, aunque fuera una parte.
—¿Cree que intenta atraerla a una trampa?
—No lo sé.
—¿Confía en él?
Isolde miró el agua que corría entre las piedras.
—Cuando éramos niños, pasaba más tiempo con mis hermanos que con cualquier otra persona. Después de que mi madre murió, él venía a menudo al palacio. Conocía nuestras costumbres, nuestros secretos y nuestras discusiones.
Una sonrisa triste apareció en sus labios.
—Gabriel decía que Lucien tenía el talento de meterse en problemas y conseguir que otros lo sacaran de ellos.
Kael escuchó sin interrumpirla.
—Adrian, en cambio, decía que algún día terminaría metiéndose en un problema del que nadie podría rescatarlo.
La sonrisa de Isolde desapareció.
—No sé qué pensarían ahora de él.
Sus dedos buscaron el colgante.
Kael observó el gesto, pero esta vez no preguntó por la joya.
—No tiene que decidir si confía en él antes de verlo.
Isolde levantó los ojos.
—¿Eso es un consejo?
—Considérelo una observación.
—Qué manera tan complicada de dar un consejo.
—Y qué manera tan complicada de aceptar uno.
Ella soltó un suspiro.
—¿Nunca se cansa de tener razón?
—No.
—Al menos es sincero.
Kael bebió un poco de agua.
Después, su expresión se volvió más seria.
—Isolde, si lo que dice esa carta es cierto, puede que alguien esté intentando aprovecharse de la inestabilidad de Valenne. No sabemos quién ni por qué. Pero, si hay una conspiración, no podemos permitir que nos enfrente antes de descubrir qué está ocurriendo.
Ella lo miró con atención.
—¿Nos?
—Nuestros reinos están a punto de unirse mediante un matrimonio. Si alguien intenta desestabilizar uno, el otro también estará en peligro.
—Pensé que solo le preocupaba la alianza.
Kael sostuvo su mirada.
—Por ahora, es suficiente motivo.
Isolde no respondió.
No esperaba que admitiera otra cosa.
Ni siquiera estaba segura de querer escucharla.
Sin embargo, algo en la manera en que había dicho por ahora se quedó dando vueltas en su cabeza.
...⸻...
Reanudaron el viaje poco después.
Durante la tarde, el paisaje comenzó a cambiar.
Los caminos se ensancharon y aparecieron las primeras señales de las tierras de Valenne: puestos de vigilancia, pequeñas aldeas y estandartes con la corona de las tres estrellas.
Isolde sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.
Estaba cerca de casa.
Por primera vez en semanas, no tendría que despertar en una habitación desconocida ni escuchar a personas que hablaban de su futuro como si ella no estuviera presente.
Volvería a las tierras que conocía desde niña.
A los jardines donde había jugado con sus hermanos.
A los pasillos donde todavía podía imaginar la voz de su padre.
Pero, junto con el alivio, llegó también el miedo.
¿Qué encontraría allí?
Kael pareció notar el cambio en su expresión.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Esa respuesta suele significar que ocurre algo.
—Y su insistencia suele significar que desea meterse en asuntos ajenos.
—En ese caso, estamos progresando. Ya reconoce mis costumbres.
Isolde lo miró de reojo.
—No se sienta orgulloso.
Kael dejó escapar una risa.
Después, al notar que ella volvía a mirar hacia el horizonte, habló con una seriedad inesperada.
—Cuando lleguemos, no tendrá que demostrarle nada a nadie.
Isolde frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Que no necesita fingir que no está sufriendo para convencer a su consejo de que puede gobernar. Puede estar de duelo y seguir siendo una reina capaz.
Ella sintió que las palabras le golpeaban un lugar demasiado sensible.
Durante semanas había intentado mantener una expresión firme, incluso cuando estaba a solas.
Se había obligado a levantarse cada mañana, a responder con seguridad y a ocultar cualquier signo de debilidad.
No quería que nadie pensara que la muerte de su familia la había vuelto incapaz.
—No necesito que me diga cómo debo sentirme —respondió, más bruscamente de lo que pretendía.
Kael no se ofendió.
—No. Pero quizá necesitaba que alguien se lo recordara.
Isolde volvió la cabeza hacia el camino.
No sabía qué hacer con aquella respuesta.
Así que eligió lo más sencillo.
—Prefiero cuando es insoportable.
—Puedo volver a serlo, si eso la hace sentir más cómoda.
—Se lo agradecería.
Y, aunque ninguno lo admitió, el resto del trayecto fue un poco menos tenso.
⸻
Cuando las primeras torres del castillo de Valenne aparecieron en el horizonte, el sol comenzaba a ocultarse.
Isolde sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Reconoció las murallas, los estandartes y la torre oriental, desde donde su hermano Gabriel solía observar las llegadas de los viajeros.
Recordó cómo Adrian se quejaba de las guardias interminables y cómo su padre insistía en que algún día todos comprenderían la importancia de aquellas murallas.
Había regresado.
Pero no era la misma mujer que se había marchado.
Su familia ya no estaba.
Y el hombre que cabalgaba a su lado, el rey con quien se casaría en tres semanas, pronto formaría parte de su vida de una manera que todavía no alcanzaba a comprender.
La comitiva cruzó las puertas principales.
Los guardias se cuadraron al reconocerla.
Algunos inclinaron la cabeza con emoción; otros intercambiaron miradas inquietas al ver al rey de Draven junto a ella.
Isolde desmontó antes de que los mozos pudieran acercarse.
Un anciano mayordomo se abrió paso entre los sirvientes y se inclinó profundamente.
—Alteza. Bienvenida a casa.
Por primera vez en mucho tiempo, Isolde sintió que las lágrimas amenazaban con vencerla.
No lloró.
Solo asintió y apretó el colgante bajo la tela de su vestido.
—Gracias, Tomas.
El mayordomo levantó la mirada y sus ojos se humedecieron.
—Su padre habría estado orgulloso de verla regresar.
Isolde no pudo responder.
Kael, que permanecía a unos pasos de distancia, observó la escena en silencio.
No intentó acercarse ni ofrecer palabras que ella no había pedido.
Se limitó a esperar.
Cuando Isolde finalmente se volvió hacia él, su expresión había recuperado parte de su firmeza.
—Bienvenido a Valenne, majestad.
Kael inclinó la cabeza.
—Gracias, princesa.
Ella miró las murallas, después el castillo y finalmente a los hombres que esperaban en las escaleras.
—Mañana reuniré a mi consejo. Quiero saber qué está ocurriendo y quién está involucrado.
—Entonces mañana comenzaremos a buscar respuestas.
Isolde sostuvo su mirada.
—No olvide nuestro acuerdo. En Valenne, yo doy las órdenes.
Kael se acercó lo suficiente para hablar sin que los demás los escucharan.
—No lo he olvidado.
—Bien.
—Pero le aconsejo que duerma esta noche. Mañana necesitará toda su paciencia.
Isolde arqueó una ceja.
—¿Y usted cree que tengo poca?
—Creo que la ha gastado casi toda conmigo.
Ella no pudo evitar una pequeña sonrisa.
—Entonces procure no desperdiciar la que me queda.
Kael le ofreció el brazo para acompañarla hacia el castillo.
Isolde miró el gesto con desconfianza.
—¿Qué hace?
—Acompañándola. Es una costumbre bastante común entre las personas que llegan juntas a un lugar.
—Puedo caminar sola.
—No lo dudo.
Kael no retiró el brazo.
Isolde suspiró, aceptó el ofrecimiento y colocó la mano sobre él.
No era una muestra de afecto.
Solo una cortesía.
Al menos, eso decidió pensar mientras atravesaban las puertas del castillo.
Ninguno de los dos vio al hombre que los observaba desde una ventana del piso superior.
Lord Lucien de Valenne apartó la cortina y retrocedió hacia la oscuridad de la habitación.
La princesa había regresado.
Y no había vuelto sola.
Su mirada se detuvo en el rey de Draven.
—Esto complica las cosas —murmuró.
Sobre su escritorio descansaba un documento sellado con una marca que Isolde todavía no había visto.
Un documento que podía cambiar todo lo que creía saber sobre la muerte de su familia.
Lucien apagó la vela.
La conspiración acababa de recibir a sus dos mayores obstáculos.
Y él tendría que decidir cuánto estaba dispuesto a sacrificar para mantener su secreto.